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Jueves, 29 de septiembre de 2016

TEATRO › ENTREVISTA A LOS ACTORES JULIETA ORTEGA Y JUAN GIL NAVARRO

“Reprimir los sentimientos tiene consecuencias terribles”

Nuevamente juntos después de haber hecho Graduados en TV, los actores acaban de estrenar en el Metropolitan, una obra que interpela a los espectadores sobre los alcances del instinto sexual en relación con el matrimonio y la amistad.

Se suele decir que el deseo es el motor de la vida. Que no es posible que haya una realización si anteriormente no hubo un fuerte anhelo que despertó las ganas de intentar hacer realidad lo que apenas era una idea aspiracional. El deseo sexual es paradigmático en ese sentido. ¿Qué pasa con la atracción física que provoca alguien en personas que juran fidelidad? ¿Qué ocurre cuando el deseo sexual es tan fuerte que atenta contra instituciones sagradas como la amistad o el matrimonio? ¿Hasta qué desconocidos lugares del alma y la moral de época puede conducir el dejarse llevar por los deseos que invaden a cualquier persona? Esos son algunos de los interrogantes que plantea Deseo, la obra protagonizada por Julieta Ortega, Moro Anghileri, Juan Gil Navarro y Alejandro Paker, que acaba de estrenarse en el Metropolitan, con funciones de jueves a domingo.

Si la vida es, en un punto, el tiempo que transcurre mientras los deseos luchan contra las posibilidades y el deber ser de cada momento, la obra dirigida por Alejandra Ciurlanti interpela a los espectadores acerca de hasta donde están dispuestos a llegar con tal de satisfacer sus anhelos. La trama de Deseo, que fue un éxito en España, transcurre durante un fin de semana, en la que el matrimonio compuesto por Ana (Ortega) y Manuel (Gil Navarro) reciben en su casa a una extraña mujer (Anghileri) y a un amigo que acaba de separarse (Paker). Lo que en principio era una excusa para relacionar a los invitados, rápidamente se convertirá en un intenso viaje emocional, en el que amar racionalmente o seguir los más básicos impulsos sexuales alterarán los vínculos y las conductas de cada uno de los integrantes.

“Es una comedia incómoda, una obra perturbadora, en el sentido de que te expone a pensarte como ser amante”, subraya Gil Navarro, bajo al atenta mirada de Ortega, durante la entrevista que dos de lso cuatro protagonistas le concedieron a Página/12. “Es una pieza en la que el espectador se va a reír, pero también va a reflexionar. La obra plantea un conflicto, que cada personaje resuelve como puede y siente. ¿Es correcto reprimir los sentimientos? ¿Está bien dejarse llevar simplemente por el deseo?”, se suma Ortega.

–¿Creen que es posible amar y, a su vez, tener un amante?

Julieta Ortega: –Lo hemos discutido muchas veces y mis compañeros me aseguraron que sí. Para mí, eso no es posible. El sueño del amor genuino lo tenemos todos, pero a muchos parecen que en la práctica no les es fácil sostenerlo. Estoy rodeada de muchos hombres, por mis hermanos y mis amigos. Parecería ser que es difícil sostener la fidelidad para el hombre, porque los hombres separan mucho más que la mujer el sexo del amor. Acostarte con una chica que conociste una noche y volver a tu casa y amar a tu mujer es una situación, para muchos, compatible. En mi cabeza, está la idea de que ese tipo dejó de amar a su mujer, aunque sea en la hora que estuvo con la otra. Y los hombres me dicen que no.

–Pero la fidelidad o infidelidad no es una cuestión de género.

J. O.: –Yo soy más antigua, pero es vedad que conozco a muchas mujeres que también te dicen que una cosa no quita la otra. También hay gente que tiene la teoría de que las cosas que suceden fuera del matrimonio son justamente la que terminan sosteniéndolo. Hay tantos amores como seres deseantes.

Juan Gil Navarro: –La obra plantea la puja entre el amor y el deseo. Será porque estoy trabajando cosas en mi terapia que me hacen pensar que la vida está en el medio de los dos extremos sobre la fidelidad y la infidelidad. Sin meterme en política, pero es inevitable. El mundo está polarizado y nuestra sociedad está mucho más polarizada que en otros momentos, y a mí me parece que la vida puede estar en el medio. Se pueden tomar cosas buenas de uno y otro gobierno. Uno no puede tener siempre puesto el chaleco antibalas, porque las ideas y los sentimientos están. Reprimir los sentimientos tiene consecuencias terribles.

J. O.: –Pero no reprimir todo lo que uno siente tiene también consecuencias terribles.

J. G. N.: –Lo bueno es que nosotros tenemos la posibilidad de jugar con esa tensión que forma parte del ser humano. Los actores somos sacerdotes de las emociones humanas, en ese punto. Por eso a veces generamos tanto cariño de la gente, en un rango casi de “semi Dios”, en el sentido de que tenemos la posibilidad de hacer a través de distintos personajes lo que los otros no pueden. Te enamoras de dos a la vez, matas a uno, estás con la más linda, te dejás llevar por las pulsiones humanas, salís del closet... Los actores le ponemos nuestro cuerpo a situaciones que tal vez la gente quisiera hacer y no puede. Esta bueno que la gente se vaya del teatro con preguntas.

–La obra se ubica en un lugar interesante, en el que no juzga las conductas de los personajes, sino que simplemente las expone.

J. O.: –Nuestra versión juzga menos que la original. La versión española era más moralista. En nuestra adaptación, la directora trabajó con el texto para no tomar partido desde la puesta, sino que fuera el público el que sacara sus conclusiones o trabajara las preguntas que hace la obra. Estamos hablando de un tema tan universal como complejo. Siempre pensé que el tema de los amantes era una problemática burguesa. Después, cambié de idea. Me di cuenta que no era así.

–¿Por qué creía que era un problema “burgués”?

J. O.: –Siempre me pareció que tener un amante era una posibilidad de las clases altas, muy de country. Era una idea. Una vez Tato Pavlovsky, con quien hacía terapia de grupo, hablando sobre el mundo del rugby de alta alcurnia me dijo que en ese ámbito las infidelidades pasan por debajo de la mesa, se acuestan entre los vecinos y todos hacen como que no saben o como que no quieren saber, porque en cierta élite los divorcios son muy caros y entonces prefieren engañarse como si nada. En cambio, en las clases bajas pueden pasar las mismas cosas, pero cuando la mujer se entera de cierta infidelidad, lo corre con un palo al marido para rompérselo en la cabeza. Por eso me gusta más, decía Tato, esta última gente. En las altas clases puede haber más hipocresía. Mi idea sobre que se trataba de una problemática burguesa tal vez tenía que ver con el vértigo que me generaba pensar que cuando estaba casada mi marido me podía engañar.

–Deseo propone que la atracción sexual por alguien, aun habiendo amor en la pareja, es un hecho concretamente humano.

J. O.: –El instinto sexual forma parte de nuestro ser. La cuestión está en llevar a cabo el deseo o no hacerlo. Eso de que cada pareja es un mundo es cierto. Hay distintos pactos entre los integrantes. A veces hablados y otras veces implícitos. Lo doloroso, en todo caso, es el engaño. La mentira es lo que no se soporta. Yo estuve casada durante siete años. En ese momento no me preguntaba si me engañaban porque pensé que no pasaba. Ahora puedo creer que probablemente pasaba. Pero no me separé por eso. Al final del recorrido de una pareja, con quién te acostaste es lo de menos.

J. G. N.: –El problema es que esta sociedad necesita siempre que haya un tercero o una tercera. Siempre hay otros quilombos.

–Tampoco debe ser fácil aceptar que alguien simplemente se desenamoró de uno.

J. G. N.: –Es que cuando surgen esos quilombos, uno debe mirarse a sí mismo y preguntarse sobre lo que descuidó, qué dejó de ver en uno. De hecho, en la obra hay un momento en el que mi personaje señala que la ex mujer de nuestro amigo, que la engañaba, ni siquiera lo había notado distante a su esposo. Que si no lo hubiera visto en el lavadero con otra mujer, probablemente hubieran seguido juntos. Entonces, había que ver quién descuido más el amor en esa relación.

J. O.: –El amor es una construcción. Una vez vi un documental sobre George Harrison, donde la entrevistan a su mujer y le preguntan cómo hicieron para estar tantos años juntos. Y ella le responde que nunca quisieron separarse los dos en el mismo momento. Cuando uno quería el otro no, y viceversa. Había sido una decisión quedarse juntos. La relación es una construcción, el sexo es una construcción de a dos. Cuando dejás de armar ese juego, el amor se muere, todo conspira para que las parejas duren poco.

J. G. N.: –Hay un chiste que dice que el amor es como el submarino: puede flotar y flotar por mucho tiempo, pero estaba hecho para hundirse. (risas)

En Deseo, Ortega y Navarro vuelven a trabajar juntos tras Graduados, la tira de Telefe en la que compartieron elenco. Cuando la ficción terminó, fue tal el éxito que había cosechado que mucho se habló sobre su posible continuidad en una segunda temporada, una película e, incluso, como obra teatral. Ninguna prosperó. “Obviamente, los productores no estaban muy contentos porque era una oportunidad artística y comercial muy interesante. Pero creo que fue una gran decisión. La más fácil es explotar un éxito hasta que no de más. No es fácil bajarse de un éxito”, señala Ortega.

J. G. N.: –Soy culo inquieto. Puedo estar comprometido con un mismo proyecto un año, pero más tiempo es nocivo, me aburro. Me ha pasado de continuar en proyectos por “conveniencia” y no disfrutarlos. Si bien actuar es un trabajo, elegí ser actor para disfrutar de lo que hago. Y si tengo la posibilidad de hacerlo, ¿qué necesidad tengo de extender los tiempos naturales de los proyectos? No quiero ir a trabajar puteando. Viví esa sensación un par de veces, no en el teatro. Y no quiero que me vuelva a pasar más. No quiero regalarle la guita a mi psicólogo.

–¿Es el “aburrimiento” la principal amenaza del actor?

J. O.: –El aburrimiento es un problema para ejercitar la expresividad, pero no tengo dudas que el principal problema del actor es el ego, la vanidad. La locura interna que se desgasta cuando te empieza a ir muy bien te puedo sacar de foco. No lo digo por mí, que nunca me pasó (ríe). Todos los que estamos en este medio hemos visto a colegas que se volvieron locos, literalmente. Y después, a los dos años, cuando la fama ya los maltrató, vuelven a ser personas “normales” y encantadoras. Muchos actores se volvieron locos por el éxito.

J. G. N.: –La madre de todos los males es distraerte de lo que tenés que hacer, que no es otra cosa que agarrar tu instrumento, estar afinado, tocar la partitura, ver qué es lo que está haciendo el otro, porque el trabajo actoral es como el de una orquesta. Y en ese camino poder divertirte mientras tocás. El éxito distrae.

J. O.: –La televisión crea más monstruos que el teatro. He visto en TV colegas con asistentes, pidiendo cosas, encerradas en su motor home, como si estuviéramos en Hollywood. Todas cosas que uno no necesita ni valen la pena.

J. G. N.: –A veces la culpa no es del chancho... Los productores deben bajarle el copete al que se confunde.

J. O.: –No es tan fácil, te pueden o atar una grabación.

J. G. N.: –Seguro. Diego Capusotto, o alguno de sus perosnajes, dice que la tolerancia es el mejor abono para los hijos de puta. Y creo que en el medio artístico es necesario a veces ubicar a quienes se confunden con la fama o el éxito. Si no corta de cuajo, se convierte en un problema. En el teatro no pasa tanto. También es cierto que el oficio pasó a ser otra cosa. Antes, los chicos querían ser actores o futbolistas, pero no querían ser famosos. Hoy, somos todos lo mismo: famosos. El oficio se salva volviendo a lo básico.

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Ortega y Gil Navarro protagonizan, de jueves a domingo, una pieza que viene de ser un éxito en España.
 
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