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Jueves, 29 de septiembre de 2016

MUSICA › KENT NAGANO DIRIGE HOY Y MAñANA A LA FILARMóNICA DE HAMBURGO

La tradición y el sonido de una orquesta

Trabajó junto a Frank Zappa y Olivier Messiaen. Considera la música “una aventura” y ha grabado en disco y estrenado muchas nuevas obras. Pero también es capaz de rendirse ante una orquesta heredera de Brahms y Richard Strauss.

Mucha de la música que se ha estrenado o se ha grabado por primera vez en disco en los últimos treinta y cinco años le debe el honor a Kent Nagano. Desde la ópera L’Amour Loin, de la compositora finlandesa Kaija Saariaho hasta el Dr Faustus de Ferruccio Busoni o la obra sinfónica de Frank Zappa, que lo eligió como conductor para sus registros con la Sinfónica de Londres, en 1982, los horizontes de este director de orquesta nacido en Berkeley, California, siempre estuvieron en continua expansión. Formado en sociología, además de música, colaborador cercano de Olivier Messiaen en sus últimos años y actual conductor de la Opera y de la Filarmónica de Hamburgo y de la Orquesta de Montreal -donde sucede a Zubin Mehta y a Charles Dutoit- sigue pensando la música como “una aventura”. Y, también, como un “diálogo permanente con la historia y las tradiciones”.

En diálogo con Página/12, y en las vísperas de los conciertos de hoy y mañana en el Teatro Colón, para el Mozarteum Argentino, donde estará al frente de la Orquesta Filarmónica Estatal de Hamburgo, menciona repetidamente la tradición. Y es que dirigir la orquesta de la vieja ciudad hanseática, tal vez la más cosmopolita de Alemania desde la Edad Media -y la más reacia al nazismo en los años más oscuros- lo hace casi inevitable. “Es la orquesta donde se han estrenado sinfonías de Johannes Brahms y a la que han dirigido personalidades como Piotr Tchaikovsky, Richard Strauss, Gustav Mahler, Sergei Prokofiev o Igor Stravinsky. Y que tiene aún el sello de Eugen Jochum. Las obras con las que llegamos a Buenos Aires son obras muy clásicas, pero pensamos que en esta ciudad tal vez no han tenido la posibilidad de escucharlas con el sonido de Hamburgo. Hay algo que se transmite de unos músicos a otros porwque forma parte, también, de lo que los maestros van enseñando a sus alumnos. El sonido de una orquesta se conserva. Nuestro Mahler o nuestro Richard Strauss están entroncados con los que los mismos compositores escucharon. Cambian los integrantes e, incluso, las maneras en que están construidos los instrumentos o las cuerdas de los violines, pero la orquesta es la misma”.

En su concierto de hoy, la Filarmónica de Hamburgo tendrá como solista al notable cellista Gautier Capuçon, en Don Quijote de Richard Strauss, y el programa se completará con la Sinfonía Nº 1 de Brahms. Mañana, con la participación de la soprano Mihoko Fujimura, interpretará Preludio y Muerte de amor de Isolda, el arreglo que el propio Richard Wagner realizó a partir del Preludio y del momento final de Isolda, en el tercer acto de su ópera Tristán e Isolda, y, del mismo compositor, los Wesendonck lieder WWV 91, además de la Sinfonía Nº 6 de Anton Bruckner. Las presentaciones forman parte de una gira sudamericana que comenzó el pasado 22 de septiembre en el Teatro Solís de Montevideo, que los llevó también a Santiago de Chile y San Pablo y que finalizará la semana próxima en el Teatro Mayor de Bogotá, con una versión completa de Tristán e Isolda junto a los cantantes Robert Dean Smith, Mikkail Petrenko, Ricarda Merbeth, Werner van Mechelen, Peter Galliard y Lioba Braun. En esa misma ciudad, en el Auditorio León de Greiff, Nagano dirigirá su orquesta junto a la Filarmónica el Coro de la Opera de Bogotá en Carmina Burana, de Carl Orff.

“Creo que las obras viven ya en las orquestas y, desde ya, son los intérpretes quienes las hacen sonar. Los directores somos algo así como los médiums que logramos que eso se plasme de una manera determinada. No inventamos la música ni la podemos crear desde la nada. Hacemos que surja”. Con la Orquesta de Montreal grabó, para Sony, dos discos extraordinarios dedicados a las canciones orquestales de Mahler junto a uno de los barítonos más perfectos de la historia, Christian Gerhaher. Y ahora, con un nuevo contrato para Decca, acaba de registrar El aguilucho, un extraño drama lírico escrito a cuatro manos por Arthur Honegger y Jacques Ibert y un disco bautizado Danse macabre, donde explora, obviamente, la relación de la música sinfónica y los rituales de la muerte: “El final del siglo XIX y los coimienzos del XX estuvieron ligados a grandes avances tecnológicos y un resurgimiento simultáneo en relación con el espiritualismo popular y en ese sentido hay una conexión con el presente. Este entusiasmo cíclico con lo sobrenatural y las maneras muchas veces ocultas en que la consciencia popular alimenta la creación artística persisten más allá de cuçan avanzada y racional sea la sociedad. Eso trasciende nacionalidad, época y cultura.” A partir de esa idea Nagano dibuja un mapa fascinante, donde conviven El aprendiz de brujo de Paul Dukas, “Haloween” de Charles Ives, “La bruja del mediodía” de Antonin Dvorak, “Noche en el Monte Calvo”, de Modest Mussorgsky con orquestación de Nikolai Rimsky-Korsakov, “Tamara”, de Mily Balakirev, y la obra que da título al disco, de Camille Saint-Saëns. “La música habla de la música. No tiene argumento”, dice. “Pero también, de manera inevitable, habla de las sociedades que la producen”.

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“La música, inevitablemente, habla de las sociedades que la producen”, dice Kent Nagano.
 
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