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Viernes, 18 de marzo de 2011

RADIO › BASTA DE TODO CUMPLE DIEZ AÑOS EN EL AIRE DE METRO

Una charla entre amigos que se transmite por radio

El ciclo conducido por Matías Martin, Gabriel Schultz y Cabito es el más escuchado de la radiofonía argentina, gracias a una fórmula imbatible: logra hacer del trabajo un lugar placentero, del que los oyentes también se sienten parte.

 Por Emanuel Respighi

Hay programas de radio que atraen por el nivel de información que manejan. Otros, porque la línea editorial del conductor tiene muchos puntos en común con la de uno. También están aquellos que funcionan como una buena compañía para escuchar de fondo, mientras se realizan labores de cualquier tipo. Y hay programas que se destacan por abordar temáticas afines a los intereses de quienes lo escuchan. Suelen ser muchos los ciclos que se sintonizan por la música que transmiten. En fin, hay programas de radio para todos los gustos y estados de ánimo. Pero sólo Basta de todo es capaz de provocar en los oyentes la extraña sensación de ser parte activa de esa mesa chica en la que Matías Martin, Gabriel Schultz y Cabito se encuentran cada tarde para transportar a los cientos de miles de escuchas al estudio 1 de Radio Metro. Si Seinfeld fue el programa sobre la nada que acaparó fans en todo el globo, Basta de todo es la versión radial de aquella creación única de Jerry Seinfeld y Larry David: un ciclo sobre una nada en la que todo puede caber. Bien puede pensarse, entonces, a Basta de todo –que hoy celebra sus diez años al aire– como el ciclo de la empatía infinita.

A lo largo de esta década al aire (ver aparte), Basta de todo construyó un espacio radiofónico soñado por estudiantes y consagrados del medio: lograr hacer del trabajo un lugar placentero. Tanto para quienes lo hacen como para la tribu de oyentes que todas las tardes, de 14 a 18, están del otro lado para “charlar” –imaginariamente, por mail o teléfono, lo mismo da– con ese grupo de amigos que les otorgaron la magia del éter. Sin otra pauta que la libertad para hablar sobre lo que surja al aire desde el lugar del sentido común, más que de la verdad o la bajada de línea, el programa se convirtió en un clásico del siglo XXI. Si la Metro fue la emisora que renovó el lenguaje y la estética radiofónica del nuevo milenio, Basta de todo fue –es– la síntesis perfecta de ese espíritu cool institucional palermitano, con la pertenencia barrial necesaria para acaparar un público amplio y variado socioeconómica y culturalmente. No por nada es el programa más escuchado de la radiofonía nacional en términos de rating, con una media que en el trimestre agosto-septiembre-octubre de 2010 alcanzó los 3,45 puntos según Ibope.

Con motivo de los diez años al aire, que hoy festejarán con un programa especial (ver aparte), Página/12 pasó toda una tarde con el equipo que actualmente hace Basta de todo, desde el momento en que se encuentran sus integrantes para producir el envío hasta que se despiden del aire. Una crónica en la que se corrobora que “la charla espontánea entre amigos” es, más que un estilo prefabricado, una verdad puesta al aire en la que participan en un “controlado caos” conductores, productores, operadores, oyentes y toda persona –conocida o no– que pase por el estudio. Tal vez ahí radica la clave del programa: es una suerte de radio abierta a amigos o a todo aquel que traiga buena onda. Es que en el espíritu Basta..., el aspecto humano se prioriza por sobre cualquier otro. El talento de quienes hacen el programa, sumado a la amistad y el respeto que se profesan, crean el contexto ideal para que aquellos que están del otro lado se sientan partícipes.

La lógica de que es más fácil hacer un buen programa a partir de un sólido grupo humano en Basta de todo se comprueba ampliamente. La falta de celos y de envidia entre sus integrantes, la homogeneidad de un grupo en el que todos trabajan para hacer un buen programa de radio y no para el lucimiento personal, permiten una horizontalidad en el funcionamiento interno que se plasma al aire. Basta ver la manera en que las seis patas del programa interactúan adentro como afuera del aire, tirándose ideas y ayudándose mutuamente, para comprender que los roles que cada uno tiene –el operador, el productor, el conductor, los coconductores– sólo tienen un sentido organizativo que en la práctica se flexibiliza al máximo. Todos participan del aire, todos trabajan en la producción. Aquí no hay órdenes; o, si las hay, nadie las toma como tal.

La previa

- Martes, 12.30. Cada jornada, media hora después del mediodía, la maquinaria de Basta de todo se pone en marcha. El primero en llegar a la emisora es Juan Ferrari, uno de los productores del ciclo. Minutos después, Waty Frignani, el otro productor, aterriza para meterse dentro de la oficina de producción. Allí comienza a armar los juegos del día y la pauta que, pese a los desvíos que surgen al aire, casi siempre se cumple. El último del trío que arma el programa es Schultz, que por llegar en tercer lugar tiene que conformarse con ir a parar a la computadora conectada a Internet de la “discoteca” de la emisora. Mucho problema, de todas maneras, no se hace: fanático de Kiss, el rock más duro y el heavy metal, Schultz evita así escuchar la música indie (“son banditas de dos temas”) que suena en la oficina.

Regla Nº 1 del grupo: el primero en llegar musicaliza la preproducción. “Si el que primerea es Waty, la oficina suele cargarse de música típica de Aspen, de los ’80”, cuenta Ferrari. “Y si es Gabi, solemos escuchar gente enojada. Yo prefiero indie, algo tranqui. ¡Es increíble que a pesar de esa polifonía musical hagamos siempre el mismo programa! ¡Y en Metro!”, bromea. O no. De fondo, se escucha que alguien intenta cantar el tema “Loca”, de Shakira. “Soy loca con mi tigre/loca, loca,loca”, repite una y otra vez. “Ahí llegó Cabito”, avisan los productores, al unísono, justo en el momento en que aparece el humorista en la oficina. “¿Cómo anda, Cabito?”, le preguntan. “Bien, peor es vivir con mi suegra”, dispara por primera vez un chiste que repetirá en varias oportunidades a lo largo de la tarde.

- 13.25. La regla Nº 2 entra en acción: todos lo que hacen Basta... –conductores, productores, operadores, editores e, incluso, la persona que trae la comida del restaurante diferente que toca cada día– comparten el almuerzo previo al aire en la cocina/quincho de la radio. Una mesa larga oficia de espacio para que toda la muchachada charle sobre temas que van desde cuestiones personales hasta la ley de medios, pasando por la música, el fútbol, chismes y cuestiones organizativas concernientes a la fiesta por el aniversario del programa, entre otros. Hay algo que caracteriza al grupo: no hay tema, por más personal o indiferente que sea, que no genere al menos algún comentario gracioso o descalificador de alguno de los interlocutores. La polémica está siempre a mano.

Nacho Sosa, el operador que reemplaza a Javier Bravo, cuenta que cumplió 30 años. Todos lo felicitan. “Un poco de felicidad, Nachito: todavía falta mucho para que te mueras”, lo pincha Matías Martin. Así, entre chicanas, bromas, eructos, reproches y retruques en más de un sentido, el equipo se llena la panza antes de entrar al estudio. La cobertura para este cronista no es sencilla: utilizando las reglas de cuando el programa está al aire, todos merecerían “tarjeta roja directa” por las barrabasadas que dicen. Cualquier similitud con un asado entre amigos no es pura coincidencia. En medio de ese “recreo gastronómico” de cada día, Waty da muestra de su sangre tana. “Buen provecho, chicos”, dice, antes de pararse. Todos agradecen. Como una familia.

El durante

- 14.00. Mientras suena una de las tantas cortinas del programa, cada uno se acomoda en su lugar, notebook en mano. Las gaseosas light grandes se entrecruzan en la mesa a la que Martin se sienta en el medio. La apertura de Basta... es un viaje de ida de tiempo estipulado pero de destino impredecible. El tip del día trata sobre las preferencias de cada integrante a la hora de ver algo en cámara lenta. El deporte pica en punta entre las respuestas de productores y conductores, al igual que las persecuciones del reino animal. Ahí se produce el primer “desvío” de la pauta: Cabito esboza la teoría de que si una chita corre durante más de un minuto a velocidad máxima (alrededor de 120 km por hora) “le agarra una embolia cerebral”. El silencio de sus compañeros parece sentenciar la teoría por poco científica. “Llamá a Juan Romero”, le grita Ferrari a Waty, que se comunica con excesiva amabilidad con el veterinario que hace años condujo SOS Vida en Canal 7, para invitarlo a evacuar la trascendental duda y finalizar la discusión al aire. El profesional niega la afirmación de Cabito porque explica que por un mecanismo de defensa el animal nunca llegaría a ese límite. Apenas escucha eso, Martin festeja tomándose no muy delicadamente sus genitales. El otro programa, el que no se ve, empieza a jugar su partida.

15.30. Lejos de lo que puede pensarse, la tanda comercial y los temas musicales no funcionan como recreos ni como cortes abruptos. Las discusiones, comentarios y bromas que se escuchan al aire tienen su continuidad fuera de micrófono. Con una mayor permisibilidad en el filtro, claro, pero con la misma lógica que en el “On”. Es que en Basta... lo que se dice al aire no se diferencia demasiado de lo que se habla y opina sin oyentes de por medio. La distancia que separa al “On” del “Off” responde más a la forma que al contenido. He aquí una nueva clave: la empatía con los oyentes no tiene que ver con una identidad generacional (¿cuántos programas hechos con gente de alrededor de 40 años hay en la FM?), sino más bien con la transparencia que sus conductores logran transmitir a través de la radio. A riesgo, asumido, de decir cualquier cosa.

Si bien el espíritu lúdico nunca se pierde, también es cierto que, desde que comienza el programa hasta que finaliza, cada uno de los integrantes está trabajando en algo referido al aire. Aunque no lo parezca por su clima relajado, en Basta... no hay tiempo para el ocio –entendido como el no hacer nada– en ningún momento. En una tanda, mientras Waty propone alguna nota, Juan escucha y selecciona llamados telefónicos, el operador prepara efectos en la computadora, Schultz chequea alguna información y Martin investiga en Internet la vida y obra de Eusebio Poncela, el actor con el que al finalizar el programa grabará la sección “Sin auriculares” para el día siguiente. En ningún momento hay lugar para el descanso (apenas para fumar algún cigarrillo o ir al baño). El programa tiene una intensidad de trabajo que probablemente no aparente al oído del oyente, porque se entremezcla a cada rato con comentarios y bromas de todo tipo. “¿Les parece un buen golpe una manzana adentro de una bolsa?”, pregunta Cabito, a raíz de la extraña aparición en el estudio de la fruta en cuestión.

- 16.23. La llegada de la “Doctora Amor”, la sección sobre parejas a cargo de la guionista de TV Esther Feldman, cambia abruptamente el clima del estudio. Donde antes había movimiento y señas de todo tipo, tanto de un lado del vidrio como del otro, ahora sobra la atención. El tema de “La pareja y el trabajo compartido” se escucha con un interés inusual. Los oyentes participan y el “tole tole” se arma rápidamente. Eso sí: cuando toma la voz la doc, se la escucha con inusual respeto. Pero de repente la mirada de los conductores y productores cambia de destino: el comienzo del partido entre el Bayern Munich y el Inter por la Champions League puede más. “¡Qué lindo! Empieza el fútbol y yo pierdo todo interés”, se queja al aire Feldman. “Me siento como en casa”, dirá después. El fútbol se mete en el aire con sonidos guturales, ante un gol o una falta brusca. Regla Nº 3: la transmisión del fútbol es, siempre, prioridad en el ciclo.

- 17.17. Es tiempo del juego del día. El “Decilo, decilo” pone a prueba a algunos oyentes con preguntas sobre actualidad o sobre cualquier cosa que a Waty se le ocurra (“¿cuántos dedos suman una pata de vaca, una de un tero y otra de un canario?”). La complicidad tácita con el público hace que la charla con los oyentes esté siempre al límite de la gastada: los que llaman saben a lo que se exponen y nadie se queja. El juego permite uno de los momentos cúlmines del programa: hace su presentación musical Waty, que entra al estudio para cantar con un inglés fonético algún clásico del rock y el pop que los oyentes deben descubrir. Ese segmento, que nació como un divertimento, superó los límites del programa; el año pasado el productor fue invitado a cantar por Soledad Pastorutti en un recital que la artista dio ante más de cinco mil personas. “Este programa logra cualquier cosa”, le dirá Waty después, emocionado al recordar la anécdota, a Página/12.

- 17.58. Llega el final, y Sebastián Wainraich y Julieta Pink, los conductores de Metro y medio, se suman para la transición entre un programa y otro. La charla, que transcurre entre el terremoto en Japón, la muerte y los sueños, se da mientras la enigmática manzana adentro de la bolsa vuela por los aires de mano en mano. “Si se me cae la manzanita la muerdo con la bolsita”, es el juego/prenda inventado por Cabito al que nadie puede negarse a participar. Todos juegan, todos se divierten. “Pelotudeamos afuera del aire como cuando hacemos el programa”, dirá Martin después. Nadie sería capaz de negar la afirmación: más que un programa de radio, Basta de todo es una charla entre amigos transmitida por radio. Así da gusto trabajar. Así da gusto cultivar la amistad. Así da gusto encender la radio y dejarse llevar por un ciclo que cumple una década levantando el ánimo de propios y extraños conocidos.

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La clave del programa radica en que es una suerte de radio abierta a amigos o a todo aquel que traiga buena onda.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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