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Viernes, 10 de mayo de 2013

RADIO › ALEJANDRO DOLINA Y LOS VEINTE AñOS DE LA VENGANZA SERá TERRIBLE

“Tuve suerte con el público, pero nunca logré un éxito”

Flamante ganador del Premio del Lector de la Feria del Libro, por su primera novela, titulada Cartas marcadas, Dolina repasa su trayectoria radial y reflexiona sobre su programa: “Definitivamente, esto que hacemos no es radio”.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Todo comenzó como un desafío personal: Adolfo Castelo se había planeado convencer a Alejandro Dolina de aceptar la exótica propuesta de AM El Mundo. Ambos se habían hecho amigos en 1974 a través de Plin caja, un programa producido por Castelo que significó el debut radial de Dolina (y del Sordo Gancé, una de sus creaciones fundamentales, todavía vigente). El medio volvió a unirlos los sábados a la mañana de 1977 en Claves para bajar de la cama, con un staff que incluía a Fernando Salas y Federico Bedrune, espadas fundamentales en el cambio del paradigma de un humor radiofónico que buscaba aflojarse el rígido corset del libreto irrestricto a través del flirteo con la improvisación, el sarcasmo, la utilización de personajes delirantes y la ridiculización de situaciones cotidianas. “Un humor que al oyente le hace decir: ‘¡Mirá lo que dice este tipo, qué hijo de puta!’”, graficó Castelo alguna vez.

La propuesta en cuestión que le habían hecho en aquel 1985 no variaba del formato ya transitado, exceptuando un detalle: el horario. “Nos ofrecieron la medianoche, que era una franja de exilio y desolación: cuando se perdían las esperanzas en un programa lo confinaban a esa hora, que era peor que no existir. No tenía fe ni en el horario ni en el programa; con mucha suerte, nos escucharían nuestros familiares, si es que antes no se quedaban dormidos”, recuerda Dolina. Para convencerlo, Castelo le propuso probar un mes para ver qué sucedía. “Y tuvo razón –reconoce–. No se levantó una gran polvareda, pero al menos recogimos alguna luz de respuesta y fuimos encontrando una forma adecuada de discurso, de relato y de forma artística. Entonces me quedé. Y aquí estamos, todavía.”

Hasta ese entonces, Dolina había trabajado como redactor publicitario en la Editorial Atlántida (“Recuerdos de papel que se volaron al primer viento”, cuenta sin contar) y venía de un tránsito intenso por la gráfica a través de las revistas Satiricón y Humor, donde, se sabe, insinuó los textos que más adelante compondrían las Crónicas del Angel Gris. Aun no había iniciado su camino en la literatura y la radio era tan sólo un escenario de experiencias breves y sinsabores: sólo acumulaba proyectos rechazados, tal como le sucedería luego en televisión.

La sociedad con Castelo y la novedad que proponía el programa Demasiado tarde para lágrimas le aseguraron una continuidad laboral que no alcanzaría con ninguna de sus otras expresiones artísticas (entre las que también debemos señalar la música y el teatro). Sombras chinescas por radio (¡!), partidas de dados en vivo, la presencia de un hombre bala rebotando en el estudio, los tangos del maestro Gancé, conversaciones de matriz filosófica y relatos mitológicos eran elementos que configuraban un formato inédito en un horario marginal. Y que despertaron una curiosidad irresoluble a través del oído: allí comenzaron a aparecer unos primeros curiosos, luego otros, y la demanda dejó de caber en los modestos estudios de Radio El Mundo. Primero los viernes (y así, sucesivamente, hasta completar toda la semana) la presencia de un público numeroso otorgó, con sus risas aprobatorias y sus silencios reverenciales, otra espesura a un código que aún en 2013 sigue refrendando a la vieja radio de antes, esa que hacía alucinar a Dolina en la Baigorrita de su niñez o en el Caseros de su juventud.

Después de cuatro temporadas, Demasiado tarde... inició un curso errante por el dial. AM Rivadavia, Radio Nacional y la extinta FM Viva (aquí, ya como El ombligo del mundo) fueron los destinos inciertos hasta que 1993 los encontró en FM Tango bajo el nombre de La venganza será terrible. Aunque Dolina asegure que nada se modificó entre tanto cambio de emisora y de frecuencia, lo cierto es que La venganza... estableció, hace exactos veinte años, una instancia de perdurabilidad que se consolidaría en 1994 con el paso a Continental, estación en la que permanecería durante 16 temporadas casi consecutivas (interrumpidas por un breve paso por AM Del Plata, su radio actual). Allí, además, profundizaría el carácter radioteatral del programa con el legendario ciclo de audiciones en el Café Tortoni y sus multitudinarias giras por teatros del interior del país. Una marca propia de La venganza...

Dos décadas de continuidad inalterable confirman un formato exitoso, aunque Alejandro Dolina discrepe con ambas expresiones. “Tuve suerte con el público, pero nunca logré éxito en términos económicos. No nos pagan mucho dinero, al menos no el que la gente piensa, y eso se debe a que nunca conseguí la admiración de los agentes mediáticos ni de las empresas”, asegura. Acerca del formato, se extiende un poco más: “Eso no es muy difícil ni importante; puede aparecer en media hora. ¿Qué importa si estoy acompañado de un tipo o tres o si primero hay un bloque humorístico y luego aparezco tocando el piano? Hacer un programa no es eso, sino encontrar una forma de hacer fluir ideas, y también de encontrar ideas para hacerlas fluir. Lo que fue difícil, y aún hoy encontramos, perdemos y recobramos, es discurrir un discurso alumbrado por algunas ideas que todos los días copiamos de otros y que, muy de tarde en tarde, se nos ocurren a nosotros mismos. Hay ideas propias y otras tantas que juntamos por ahí, en los libros más que en los diarios. La oficina de producción la tiene uno adentro, y el trabajo consiste en leer, aprender... y tratar de aprender a pensar”.

–¿El programa tiene lenguajes más propios de la música y del teatro que de la radio misma?

–Es verdad. El código radial parece ser un tipo que nos dice si hace frío o calor, otro que nos cuenta cómo está el tránsito, más adelante viene el de la Oral Deportiva o el del noticiero. Buscar la conexión con eso que se llama “realidad”, para ponerle un nombre pretencioso. Acá, en cambio, estamos en un teatro, hablando cuál era el régimen en el Tártaro, o el Averno de los griegos, tocamos música, improvisamos. Definitivamente, esto que hacemos no es radio.

–¿Cuál cree que fue la clave para lograr un público cautivo al cabo de tanto tiempo?

–Uno se hace la ilusión de que el público siempre es el mismo, ya que desde el punto de vista de la edad hay una mayoría de jóvenes. Pero, claro, se produce una situación metabólica: entran por un lado y salen por el otro. Cumplen 20 años y te empiezan a escuchar, hasta que llegan a los 35 años y dejan de hacerlo. El programa tiene una clientela propia, pero es cierto también que hay radios que facilitan el acceso de estos clientes y de otros que no lo son, tal como hace uno con los kioscos que están mejor ubicados. En cambio, hay radios que no sólo no abren las puertas a nuevos clientes, sino que también se las cierran a los antiguos, que por vivir en determinado barrio no pueden escuchar la radio. En todo caso, creo que el secreto de su longevidad estuvo en no morirse. Y en no abandonarlo: lo hubiese dejado si me iba bien en otras cosas o si, supongamos, alguien me contrataba para hacer películas en Hollywood.

–Su paso por Radio 10 fue breve y lo expuso a dar muchas explicaciones. ¿Se arrepiente de aquella experiencia?

–Fue excelente y nunca me trataron tan bien. No tuve tanta suerte, en cambio, en la radio donde supuestamente estaban las personas que pensaban como yo. Allí estuve incluso menos que en la 10 y tuve que irme en búsqueda de mejores oportunidades. Nadie me bajó línea y nunca me guardé nada, la muestra está en los contenidos. ¿Dónde hay que trabajar, entonces, si es necesario que nuestros empleadores sean la Madre Teresa de Calcuta? Sin embargo, apareció gente que se creyó en la necesidad de exigírmelo. Yo me quedé quieto, no he dicho mucho. Y nadie dijo nada. Evidentemente, mis amigos no están en este medio. No me sentí defendido por nadie, ni siquiera por personas que yo después defendí. Aunque tampoco tendría sentido: eso de andar firmando solicitadas no le sirve a nadie, el ejercicio de la profesión no es llorar. La experiencia me sirvió para reconocer que hay miserables en cualquier campo de opinión y, dicho sea de paso, volvería a repetirla ciento diez mil veces.

–¿Asume su trabajo con conciencia política?

–Sucede de forma natural. Uno tiene una forma de ver el mundo que, si es veraz y sincera, aparece. Lo que huele mal es sujetar esa forma y hacerle coincidir con un camino económico más provechoso. Yo apoyo este proyecto del modo más amplio e intenso, casi a libro cerrado. Y lo hago con razones, porque apoyo sus políticas de inclusión, su manera de hacer crecer el mercado interno y el modo en el que se mejora la vida de la gente. Esas son políticas y no conductas éticas individuales que dan como resultado esta situación, porque no es así como funciona. Puede haber dentro de este espacio personas tan miserables como las hay del otro lado, aunque no tantas, eso es cierto. Por eso, siento gratitud cuando se apoya el proyecto con excelencia, inteligencia y argumentos nobles. Y siento mucho miedo cuando veo que las mismas cosas en las que yo creo se defienden con ineptitud. Para decirlo como una metáfora: cuando un cantor peronista desafina, yo empiezo a desconfiar hasta de las Veinte Verdades.

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“El secreto de la longevidad del programa estuvo en no morirse. Y en no abandonarlo”, dice Dolina.
Imagen: Pablo Piovano
 
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