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Viernes, 28 de agosto de 2009

DANZA › EL MUNDIAL DE BAILE Y LAS IMPROBABLES PAREJAS QUE UNE EL TANGO

Milonga más allá de las fronteras

Los separan océanos, ríos o cordilleras, pero los junta el tango. Un colombiano con una francesa, un argentino con una italiana y un paraguayo con una argentina son algunos de los que participan en el certamen que cierra mañana en el Luna Park.

 Por Carlos Bevilacqua

Alguien definió al tango como un abrazo que se baila. Y en este caso, el abrazo trasciende las nacionalidades.

Nacieron en diferentes países, en algunos casos se criaron escuchando diferentes idiomas y con la inmensidad del Océano Atlántico de por medio. Sin embargo, el tango logró unirlos en parejas que llevan la pasión por milonguear como principal bandera. Tanto, que se animaron a medir destrezas en el VII Campeonato Mundial de Baile de Tango, competencia cumbre de esta disciplina que por estos días se disputa en Buenos Aires.

Diego Amado es un colombiano de 28 años que estudiaba psicología en Bogotá cuando quiso aprender a bailar salsa. Pero en la clase también enseñaban tango y esa danza pronto se transformó en su única pasión. Cierta facilidad le generó posibilidades de trabajo ideales para mitigar la crisis económica de su familia. Aun así, sus padres se oponían al tango, insistiendo con la cantilena del título universitario. Su historia se parece mucho a la de Sarah Roblot, una francesa de 25 años que descubrió el tango al acompañar a una amiga que necesitaba alguien para anotarse en una clase. “Siempre hice los deberes: ir a la escuela, tener buenas notas, ser buena hija. El tango es algo diferente, lo único realmente mío”, explica esta flamante periodista. Los caminos de ambos se cruzaron en la ciudad de Sarah, Marsella, adonde Diego fue a trabajar como profesor de baile una vez que optó por profesionalizar su berretín. “Además de amor a primera vista, hubo mucha química al bailar”, evoca ella respecto del inicio de la relación que todavía continúa. El había llegado a ser finalista del Mundial en 2007 con otra pareja. “Luego nos separamos y yo me sumergí en el mundo de las milongas porteñas, donde más evolucioné como bailarín”, asegura. Ella, en cambio, nunca se había subido a un escenario: “Y sí, me puse nerviosa, pero me ayudó mucho bailar con alguien que te cuida tanto como Diego”.

A otra Sara, criada del otro lado de los Alpes, le pasó algo parecido. “Soy de Varese, Italia. Allí empecé a practicar bailes de salón a los siete años, pero como en casa se decía que había que tener una profesión, me autoconvencí de estudiar química, pero no pude terminar la carrera porque me sentía como ahogada”, cuenta, a los 33 años. Fue por eso que decidió seguir su vocación, primero con la salsa y, luego de un accidente automovilístico que le redujo la movilidad de un brazo, a través de la danza típica porteña. “No quería saber nada con todo lo anterior y sentía que el tango escuchaba mi melancolía.” Fue en Buenos Aires, tratando de mamar el tango en su fuente de origen, que Sara Parnigoni conoció a Damián Mario, un argentino criado en Isidro Casanova en una familia tanguera. “Por sugerencia de mi viejo, a los 12 años fui a una clase de tango que daban en el patio de doña Rosa, una vecina del barrio. No quería ir, pero después empecé a tomarle el gusto y con los años surgieron laburitos.” Hoy, a los 25, compone con Sara uno de los binomios favoritos para la final de mañana en el Luna Park, luego de haber ganado juntos el Metropolitano de Tango Salón en mayo último. No son novios, pero se quieren como hermanos, según cuentan.

En un nivel más modesto, pero con similar entusiasmo, el paraguayo Nelson Núñez y la argentina Mariana Tolaba participaron por tercera vez del Mundial. El hecho de no haber podido pasar nunca de las rondas clasificatorias no los desanima. “Hay quienes se amargan por no poder clasificar, nosotros estamos contentos y orgullosos. Ya llegaremos a la final en algún momento”, calcula ella. Nelson y Mariana se conocieron hace siete años, en una clase de (otra vez) salsa y rock, pero a los pocos meses ya formaban una pareja de tango que pronto fue también sentimental. Hoy viven parcialmente de ese hobby, al dar clases y organizar una milonga en la localidad bonaerense de Escobar, donde residen. Ella sigue trabajando en una fábrica de caños para la construcción, pero él vendió su almacén para dedicarse exclusivamente a la danza. “Ella estaba estudiando ingeniería de sistemas y dejó la facultad por el tango”, cuenta él. Y ella dice, con tono de infidencia: “Cuando tenía el negocio iba a atender a los clientes bailando”.

Todos adictos severos, cada uno presenta sus síntomas. Diego va a bailar unas cuatro noches por semana a las milongas marsellesas. “Cada semana nos fijamos en Internet si hay algún video nuevo de la bailarina Geraldine Rojas”, cuenta Sarah. “Para nosotros se transformó en una obsesión de 24 horas”, confiesa Damián. Como poseído por una deidad arrabalera, Nelson se levanta haciendo firuletes para fijar técnicas o figuras de reciente adquisición. Y los compañeros de trabajo de Mariana denuncian ser “torturados” por los compases de Pugliese que ella encuentra tan encantadores cada vez que los elige como música funcional para las tareas oficinescas.

Y si el tango borra fronteras, los entrevistados son capaces de agregar evidencias. “Los bailarines de Colombia y Venezuela, por ejemplo, tenemos entre nosotros la mejor onda en un momento de gran tensión entre ambos estados”, alega Diego. “Aunque tengamos diferentes colores de piel, somos todos iguales ante la magia del tango, una música a la que si le abrís una puerta, seguro que algo te toca”, argumenta Sara. “El clima que se genera en camarines es maravilloso. Con los rusos o los japoneses no nos podemos entender de palabra, pero a través de señas terminamos advirtiéndonos si el piso está resbaladizo o trabado”, ejemplifica Nelson. “La conexión que establecés bailando es la más fecunda –concluye Damián–. El lenguaje del tango es universal.”

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