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Lunes, 1 de noviembre de 2010

DANZA › COKI Y PAJARIN SAAVEDRA PRESENTAN A RAIZ DEL BAILE

El que toca también baila

El espectáculo que los hermanos, al frente de la Compañía Nuevo Arte Nativo, presentan en El Cubo es como un cordón umbilical de ritmos que une la Mesopotamia con el Noroeste, en una polirritmia bien llevada que hechiza en colores.

 Por Cristian Vitale

Vino de por medio, Koki y Pajarín Saavedra disfrutan del chiste. Acaban de tocar y bailar en el debut de un ciclo que continuará este viernes y proseguirá los primeros tres viernes de noviembre en El Cubo (Zelaya 3051), y gambetean una semiverdad instalada en el imaginario folklórico. Para ellos quiere decir poco y nada eso de que el Payo Solá, salteño todoterreno del género, le haya dicho a Hugo Alarcón, poeta y comprovinciano, que el que toca nunca baila; y que Alarcón, rápido de reflejos, lo haya transformado en una de las zambas carperas más difundidas del rubro (“El que toca nunca baila”, claro). En la Compañía Nuevo Arte Nativo, que los hermanos Saavedra fundaron hace casi veinte años en Buenos Aires, excepto Federico Pecchia –guitarrista atornillado al piso– y alguna bailarina, la mayoría toca y baila. “Por suerte no hay un dicho al revés”, embiste Pajarín, cerrando filas con una modalidad que reconoce sus raíces en Santiago del Estero. “Es cierto, es algo original como expresión y la zamba tiene su lógica... Pero nosotros seguimos la línea de los Hermanos Avalos, por tomar la referencia más importante, y ellos nos enseñaron que uno se le puede animar al bombo, a la guitarra, al canto, pero también al baile, ¿por qué no?”

Terreno marcado, entonces. Lo que ocurre en el teatrito de Abasto es una nueva versión del espectáculo A raíz del baile, que involucra a los mismos protagonistas en dos –o más– acciones. La mayoría, entre los 13 que completan la compañía, danza, zapatea, percute, revolea boleadoras y toca. Da una idea de completud, diversidad y eclecticismo. Baila y toca vidalas, zambas, chamamés, carnavalitos y huaynos: un cordón umbilical de ritmos que une a la Mesopotamia con el NOA; el monte con los altos picos de la puna y una polirritmia bien llevada que hechiza en colores. “Ojo, no me considero un guitarrista...”, dice Koki. “Toco un poco, sí, pero, y lo digo sin ninguna animosidad, nos sentimos como peces en el agua con la percusión y, sobre todo, en el baile. El músico tiene que tener el derecho a la danza.” El set de una hora y media recorre y mixtura composiciones propias (“Cosa extraña”, “Luna mía” o la poesía en homenaje a Santiago del Estero escrita por Atahualpa Yupanqui que Koki transformó en vidala) con versiones de Horacio Banegas (“La Saavedrita”), Dino Saluzzi (“La parecida”) y la presencia de un invitado –Liliana Herrero, en este caso– que se despacha con dos piezas maestras del Cuchi Leguizamón: “Me voy quedando” y “Juan del Monte”. “Ahora viene Paola Bernal, y en la próxima Peteco”, informa Koki.

–¿Cómo empezaron, bailando o tocando?

Pajarín Saavedra: –Los primeros regalos de Reyes que tuvimos fueron una guitarra y un bombo. Pero ya en esa época, de muy chicos, nos mandaban a comprar pan o frutas y, en vez de pagar, zapateábamos. Era como un trueque.

Koki Saavedra: –Sí, y Pajarín ya bailaba en la escuela. El sabía algunas cosas, pero yo revoleaba las patas nomás (risas). Incluso hacía alarde de él ante mis compañeros... Me quedaba abajo del escenario y les decía “van a ver ahora”. Bailar es como nuestro vértice por una cuestión sanguínea. No quiere decir que ser “hijo de” (de Carlos Saavedra) te asegure algo, no es una cuestión de portación de apellido. Si no tenés condiciones, olvidate. Incluso, mi papá era un tipo con mucha sapiencia, pero muy poco pedagógico con nosotros. Era rústico y riguroso.

El primero en ver la veta fue Pajarín. Formado en la escuela de su padre, personaje clave de las danzas nativas, y luego de circular por las peñas porteñas de principios de los ’70, emigró a Francia en 1973. Allí creó, junto a su tío Juan, la compañía Los Indianos, que lo llevó a recorrer escenarios de Europa, Estados Unidos, Medio Oriente y Africa. Eso hasta 1991, cuando el retorno parcial determinó la creación de Nuevo Arte Nativo, una especie de continuación de la compañía creada por Andrés Chazarreta allá por las primeras décadas del siglo XX. “La verdad es que había que crecer sí o sí, algo que en la Argentina de entonces era complicado, porque no estaba tan arraigado el hecho técnico. Eso es lo que nos dio Francia, una estructura seria, armada”, dice Pajarín.

–Y veinte años de trabajo. ¿Hubo alguna razón que les impidió volver antes?

P. S.: –Sí. Los años de la dictadura hicieron que no pudiéramos volver. Si bien no éramos exiliados políticos, teníamos una posición tomada en contra de lo que estaba pasando, y era imposible. Fue como un sueño truncado y creo que tuvo mucho que ver con la decisión de quedarnos en el país cuando volvimos en el ’91.

K. S.: –Teníamos contratos firmados en Francia, los vuelos pagos y un futuro asegurado, pero cancelamos todo y nos quedamos. Era un momento clave porque, además del reencuentro familiar con nuestro padre Carlos y el tío Juan, en esa época Santiago estallaba de músicos que harían historia: Jacinto Piedra, Peteco Carabajal y Juan Saavedra terminaban con Santiagueños y arrancaban como solistas. Aparecía Horacio Banegas, y Raly Barrionuevo estaba dando las primeras señales. Fue un punto de inflexión muy importante para la música de Santiago, y para nosotros personalmente.

–¿Enseguida formaron la compañía?

K. S.: –Sí, fue todo muy rápido. Me acuerdo que discutíamos con mi viejo por el nombre. El insistía con ponerle Nueva Compañía de Arte Nativo y no al revés, porque la inversión de palabras le parecía soberbia, pretenciosa. Se lo cambiamos recién cuando vinimos a Buenos Aires, a fines del ’92.

P. S.: –Y nos vinimos porque, pese a que en Santiago pasaba de todo, la provincia te pone un límite que te impide seguir desarrollándote... La siesta está bien, el árbol y el mate también, pero hay que partir. Entonces, convocamos bailarines-músicos, arrancamos, y duró.

–¿Hasta cuándo? ¿Cuál es la vida útil en un bailarín de folklore?

K. S.: –Bueno, yo me saqué el sombrero ante Julio Bocca cuando dijo “a los 40 dejo de bailar” y lo hizo. Muchos lo dicen y después no lo cumplen, pero él dio un gran ejemplo.

P. S.: –Aunque él es un clásico y hay una gran diferencia dada por las técnicas de cada danza, ¿no? El baile clásico no es lo mismo que el folklore, las coreografías requieren una aptitud que te pone un margen muy concreto, en cambio la técnica del folklore es diferente: yo lo vi a mi viejo bailar perfecto a los 70 años. Y yo tengo 57, y Koki 55: todavía nos queda un tirón.

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Los primeros regalos de Reyes que recuerdan Coki y Pajarín son una guitarra y un bombo.
Imagen: Pablo Piovano
 
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