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Sábado, 8 de noviembre de 2014

DANZA › ENTREVISTA AL RUSO DANIIL SIMKIN, PRIMER BAILARIN DEL AMERICAN BALLET

“La técnica importa, pero no es el fin”

Le dicen “el niño mimado de la danza”, pero le escapa a sus manierismos: Simkin bailará hoy Don Quijote en el Teatro Coliseo junto a Maria Kochetkova, del San Francisco Ballet.

 Por María Daniela Yaccar

En un momento, Daniil Simkin –bailarín ruso aclamado mundialmente– saca su celular último modelo. “Tiene que ver este video”, obliga. Es de 2013 y se hizo en dos horas. En el corto se lo ve a él, con su metro 65 de pura elasticidad, con sus 27 años que parecen bastante menos, abriéndose paso entre la gente, en plena calle, vestido con ropa de ballet. Parece que los que se lo topan –los que de repente lo ven volando en ese majestuoso y apretado traje blanco– no entienden nada. “Trato de hacer más transparente al ballet, más accesible para gente diferente, no para una elite. El humor hace las cosas más accesibles. Es una forma de meterse en el corazón de la gente”, dice Simkin a Página/12. El primer bailarín del American Ballet protagonizará Don Quijote en el Teatro Coliseo, junto a la moscovita y primera bailarina del San Francisco Ballet, Maria Kochetkova, el Ballet Argentino de La Plata (hoy y mañana a las 20.30 en Marcelo T. de Alvear 1125) y la Orquesta Académica de Buenos Aires. La coreografía es de Marius Petipa, sobre música de Ludwig Minkus. Carlos Calleja dirigirá la orquesta y Mario Silva, el cuerpo de bailarines.

Es simpático Simkin, a quien definen como “el niño mimado de la danza”. Muy blanco, muy rubio, ojos muy claros. Cada tanto larga una carcajada grave. Por ejemplo, cuando habla de una coreografía que le preparó su papá, el bailarín Dmitrij Simkin, inspirada en un videojuego famoso en Alemania (el joven Simkin nació en Siberia, se crió en Alemania y actualmente vive en Nueva York). “Participé de una competencia cuando era más chico. Necesitaba un solo de danza contemporánea. Había un montón de gente en esta competición que trataba de ser muy dramática: se ponía aburrido muy rápidamente. Mi padre apareció con esta música, la escuchó en algún lado, e hicimos un chicken dance (‘el baile del pollo’). La inspiración fue un videojuego gratuito en Alemania”, cuenta Simkin, acomodado en un sillón del hotel Hyatt, al lado de un gran ventanal.

Este espacio tan prolijo y sofisticado le queda bien. Su vestimenta delata que no es un argentino descendiente de los que bajaron de los barcos: taconea unas botas negras en esta habitación en la que hasta el sujetador de cortinas debe salir una fortuna. Es un salón contiguo al hall. “Me gusta mucho Buenos Aires. Tengo amigos acá, gente con quien cenar. Veo viejos amigos. Los conocí aquí, a otros en Punta del Este, algunos vienen a visitarme a Nueva York.” Como es de esperar, se la pasa de viaje. El mes próximo lo recibirá Italia (Florencia, Venecia, Génova), luego retornará a NY, después dará un show en Copenhague, pasará Navidad con sus padres en Frankfurt, regresará a Italia (tres shows en Turín), volverá a Copenhague, luego otra vez a NY...

Cuando tenía nueve años, su mamá, la bailarina Olga Aleksandrova, empezó a formarlo profesionalmente. El entrenamiento se repetía seis veces a la semana. La madre no quería educarlo de por vida, sino dos años, y después que su hijo pasara a otras manos. Pero no fue así. La transmisión de madre a hijo resultó. De modo que Simkin tiene una formación fuera de lo común, porque su gran maestra fue su mamá. “Necesito siempre su opinión, hablamos diariamente. Es mi tutora. Valoro mucho las opiniones de mis padres. Me dan una base. Me siento menos presionado cuando tengo que tomar decisiones, porque las tomamos juntos”, sostiene Simkin.

–¿Disfruta de esta vida de tanto viaje?

–Disfruto, porque NY no es una ciudad fácil para vivir. Me siento privilegiado de poder estar ahí, pero también de poder irme. Es muy intensa. Hacés mucho, estás muy ocupado, con muchos proyectos, conocés gente diferente... terminás exhausto. Estoy contento cuando me voy, pero después lo extraño, porque soy adicto a su productividad. Así que también estoy contento cuando regreso. Vivo allí desde hace seis años. Estoy muy ocupado y disfruto de eso, de no tener que pensar en un sentido global; pienso en un sentido micro. Si no, me empiezo a hacer muchas preguntas. Disfruto de estar ocupado, viviendo el momento.

–Usted es, en sí, un mix: nació en Rusia, vivió en Alemania, vive en NY.

–Los rusos dicen que soy alemán, los alemanes dicen que soy ruso, vivo en América... ¡hablo todos los idiomas con acento! Pero no es un acento claro: la gente no entiende si soy de Rusia o Alemania, es confuso. Nunca tuve una identidad particular. Por eso me siento a gusto en NY: la gente es muy abierta. Y todos hablan con acento.

–Algo que llama la atención de su estilo es que la técnica está, pero también las emociones, y eso no es tan fácil de encontrar en su ámbito. ¿Cuán importante es la técnica y cuánto lo que se busca transmitir?

–Es importante tener cierto nivel de técnica para poder relajarse. Sólo cuando podés relajarte podés enfocarte en la actuación, estar en el momento, contar la historia y entretener a los espectadores. Cuando te olvidás de lo que tenés que hacer o pensás “tengo que hacer esto o lo otro”, la audiencia siente tu preocupación. La técnica te da la posibilidad de poner la atención en otra cosa. Es importante tenerla, pero no es el final. Es sólo el comienzo, después tenés que agregar otros aspectos de tu baile para la pintura completa.

–¿Qué le interesa transmitir a través del baile? ¿Qué emociones, qué pensamientos?

–Quiero que la gente disfrute, obviamente. Bailar, para mí, es una manera de vivir. Un buen artista es alguien que da. Empecé a bailar cuando tenía cinco años y siempre disfruté la relación con el público y el estar en el escenario. Mis padres son bailarines, éste era el camino más fácil, porque crecí en el escenario y bailando. El público es una sola criatura. Porque está oscuro ahí afuera, no ves a cada persona. Pero hay un sentimiento común. Cada show es diferente porque la audiencia es diferente. Necesitás una buena técnica para reaccionar acorde a cómo reacciona la audiencia. Hay una simbiosis entre performer y público. Cada vez que bailo lo hago como si fuera la última vez.

–¿Qué comunica hoy la danza respecto del cuerpo contemporáneo?

–El lenguaje del cuerpo es primitivo, básico. Los animales se comunican con el cuerpo, es la primera forma de comunicación. El ballet es una forma refinada del movimiento del cuerpo. La manera más primitiva de tocar a la gente, evocar ciertas emociones que no se podrían evocar de otra manera.

–¿Qué le gusta hacer más allá de bailar?

–La gente piensa que estamos sólo enfocados en la danza, ¡pero tenemos que tener una vida! Para expresar algo en el escenario tenés que tener experiencias. Algo de qué hablar cuando estás en el escenario. Amo el arte visual, las películas, hago fotografías. No puedo ser extremadamente activo en mi tiempo libre porque mi trabajo demanda mucha actividad física. No puedo esquiar, pero amo ir a museos, ver pinturas, fotos, películas, leer. Paso de la ficción a la no ficción, estoy leyendo El nombre del viento, de género fantástico, y antes leí sobre hábitos, un libro de psicología. Amo el diseño, todo lo que implique un compromiso entre forma y función.

–¿Qué puede decir sobre Don Quijote?

–Lo disfruto porque me queda bien, se ajusta a mi situación de vida. Lo hice muchas veces, así que estoy no diría relajado, pero sí cómodo. No estoy pensando en el paso que viene o en lo que tengo que hacer. Es un ballet accesible para el público que no lo ha visto. Basilio, mi personaje, quiere estar con Kitri, pero hay una tensión ligada a lo económico, porque él no gana mucho dinero y el padre no está contento con eso. Pero sabés que al final todo irá bien, hay un final feliz.

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“El ballet es una forma refinada del movimiento del cuerpo, la manera más primitiva de tocar a la gente.”
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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