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Viernes, 25 de septiembre de 2009

CULTURA › HOMENAJE A OSVALDO SORIANO EN EL CENTRO CULTURAL DE LA COOPERACION

Apuntes sobre un clásico entrañable

Osvaldo Bayer y Guillermo Saccomanno participaron de una charla en la que se contaron anécdotas y se rescató la vigencia literaria del Gordo. Lo compararon con Arlt: “Ambos supieron traducir eso que está en el aire y pocos pueden interpretar en términos de ficción”.

 Por Silvina Friera

Más allá de un puñado de malentendidos, a esta altura del partido Osvaldo Soriano es un clásico que ingresó, con la fuerza de sus personajes, víctimas, inocentes y anónimos antihéroes, por la ventana del canon literario argentino. Aunque algunos críticos persistan en la cruzada de menoscabar su obra y su figura, el pacto que el Gordo estableció con sus lectores, desde la publicación de su primer libro, Triste, solitario y final, en 1973, es inquebrantable. Guillermo Saccomanno y Osvaldo Bayer convocan una vez más al espíritu del autor de No habrá más penas ni olvido. La sala del Centro Cultural de la Cooperación debería colgar el cartelito “no hay más localidades”. Los impuntuales apenas alcanzan a ocupar las últimas sillas que quedan; algunos tienen que escuchar de pie. Sus fieles lectores cabecean asintiendo o se ríen cuando se recuerdan las anécdotas desopilantes protagonizadas por el Gordo. La mejor de todas, sin dudas, es aquella que narra que trabajó como contador de patos en el Lago de Bruselas, una de las ciudades en las que se refugió durante su exilio. Bayer la cuenta aún azorado por el efecto que le generó el relato de Soriano.

A fines de los setenta, Soriano visitó a Bayer en la ciudad de Essen (Alemania). El autor de La Patagonia rebelde quiso saber cómo se las arreglaba, si había conseguido trabajo. Soriano le comentó que trabajaba como contador de patos y de cisnes en el Lago de Bruselas. “Pero es un gran problema, porque tengo que ir todas las noches, a eso de las cuatro de la madrugada, a contar los patos. Si falta alguno, inmediatamente lo reponen. Pero acá nunca pasa nada, nunca roban; así que todas las madrugadas cuento 400 patos y 200 cisnes –repasa Bayer mientras el público no puede evitar las carcajadas–. Y yo pensé que me iban a echar, ¡para qué me necesitan si nunca falta ningún pato! Entonces hice un pacto latinoamericano con un peruano, le dije que todas las madrugadas se robara cuatro o cinco patos. Y así, todos los días, se robaba cuatro o cinco patos.” Bayer confiesa que ante esa historia él optó por hacerse el tonto y le dijo: ‘¡Qué hermoso empleo que tenés!’. Cuando el director Eduardo Montes Bradley decidió filmar un documental sobre Soriano, lo entrevistó a Bayer. El cineasta, entusiasmado por la historia, dijo que inmediatamente viajaría a Bruselas para averiguar si efectivamente Soriano había trabajado de contador de patos. “Yo le dije que no lo hiciera, que dejara que todo quedara en el misterio –aclara Bayer–. Andá y filmá el Lago de Bruselas, y los patos y los cisnes. Pero nada más. Y Soriano quedó como contador de patos.”

Bayer confirma la genialidad y el sentido del humor de Soriano. “Siempre hacía alguna travesura”, revela. En una de las tantas visitas a las distintas ciudades alemanas en las que vivió el historiador y columnista de Página/12, Soriano le dijo que el paisaje y la región que acababa de ver le habían inspirado un proyecto de novela: un detective argentino que llega al Rin como turista y se ve envuelto en un crimen. Bayer le contestó: “Estás jodido, aquí no hay crímenes”. Y le leyó las noticias policiales: robo de vino y champaña, robo de perfume, robo de enano de jardín por valor de 99 marcos. El Gordo escuchaba embelesado los delitos minúsculos que rayaban el absurdo. Con el pie en el acelerador de su imaginación le comentó a Bayer cómo el detective argentino descubriría los robos, y cómo en el caso del enano de jardín haría escaparse a los ladrones y todo terminaría en una especie de maratón natatorio por el Rin. “Arlt fue el genio que nos describió tal cual la Buenos Aires de la Década Infame; Soriano nos dejó las estampas vivas de esa Argentina traumática de los sesenta y setenta. Trató de dejar una estampa del peronismo. Un tema que lo volvía loco, cien veces discutimos tratando de encontrar una plataforma común que nos llevara a una comprensión de ese fenómeno exclusivamente argentino. No pudimos nunca”, reconoce Bayer. “Cuando en la facultad los estudiantes me preguntaban por un libro que definiera al peronismo yo les contestaba: lean No habrá más penas ni olvido. Por la verdadera literatura puede comenzar a entenderse la historia profunda.”

Saccomanno cita el comienzo de Una sombra ya pronto serás, publicada apenas irrumpía el menemismo. “Nunca me había pasado de andar sin un peso en el bolsillo. No podía comprar nada y no me quedaba nada por vender.” El autor de La lengua del malón sostiene que en esta emblemática novela de Soriano se afirma un relato visionario del país arrasado de fin y comienzo del siglo. “A menudo se lo compara a Soriano con Arlt. Los dos provienen de una escritura desprestigiada, la periodística. Los dos, a su manera, se hicieron escritores al margen de escuelas y capillas. Los dos supieron traducir eso que está en el aire y pocos pueden interpretar en términos de ficción. Los dos, en sus textos, captan la angustia, la desesperación y los estremecimientos de ‘un edificio social que se derrumba’, como diría Arlt”, compara Saccomanno. “Los personajes de Arlt son conmovedores en su presente y también en términos de porvenir. En el contexto en que fueron escritos operan como diagnóstico de la realidad. Considerados desde este otro presente, son anticipatorios. Aquel astrólogo golpista de Los siete locos se corporizará, décadas después, en la realidad, en el célebre brujo que gobernó el país con el terrorismo de Estado. Soriano, escribiendo por esos tiempos, plantea una realidad que perdura. Esos dos bandos de un pueblo que se amasija dando la vida por el mismo líder ¿no se prolongan acaso en nuestros días en la interna feroz del peronismo?”

Una mezcla de tristeza con incomodidad lo atraviesa a Saccomanno cuando tiene que escribir o hablar del Gordo. “No sólo era un amigo. También era un escritor que admiraba y con el que otros escritores, como Juan Forn o Rodrigo Fresán, estamos en deuda”, admite. “Cada vez que uno escribe sobre Soriano se vuelve a repetir esa escena de ataques y defensas que, en vida de Soriano, generaban discusiones tremendas. Esa discusión entre quienes creemos la literatura como el arte solidario de contar historias y esos otros que, desde un supuesto aparato crítico, sostienen que ésta es una estrategia populista, no se cerró.” Saccomanno opina que la perduración de esta polémica, que comprende los riesgos del realismo, los alcances y limitaciones de lo pop, el borde y cruce de géneros, entre otros temas, se debe a que el Gordo es un clásico y, como tal, sus textos se mantienen. “Un clásico es un texto visionario comprometido con las contradicciones de su presente histórico que, no obstante, dispara más allá, alcanzando otras generaciones, otros espacios”, define el escritor.

Saccomanno precisa que la prueba más dura de la validez de un texto no está a menudo ni en lo que opinó la crítica en el momento de su publicación ni en las cifras de ventas de ese entonces. “La prueba está en otra parte: en las reediciones de bolsillo y en las mesas de saldos –explica el reciente ganador de premio Dashiell Hammett de novela negra con 77–. Sin apuro, sin estridencias, un clásico es aquel que siempre está esperando un lector para decirle algo que parece lo mismo, pero no lo es. Sin embargo, con lucidez, Soriano no apostaba a lo clásico, la eternidad, el bronce de los suplementos, sino a la más extrema contemporaneidad. Por eso sus narraciones siguen contando.” La chapa de clásico de la obra de Soriano parece romper las fronteras nacionales. Saccomanno lee algunos comentarios, fragmentos de críticas y reseñas sobre la obra del Gordo. “Soriano era capaz de describir un partido de fútbol con la belleza y vividez de un poema de Allen Ginsberg”, dijo Salman Rushdie.

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Guillermo Saccomanno y Osvaldo Bayer, en un encuentro a sala llena.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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