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Viernes, 11 de diciembre de 2009

CULTURA › OPINION

El amargo sabor de la cizaña

 Por Jorge Coscia *

La Argentina enfrenta hoy, como tantas otras veces en su historia, una encrucijada en la que se define su suerte para las próximas décadas. Se enfrentan aquí diferentes modelos y perspectivas ideológicas que representan intereses contrapuestos.

De este y otros temas fui a hablar al programa de televisión Le doy mi palabra, gentilmente invitado por su conductor, Alfredo Leuco. Durante el programa, José Eliaschev, habitual columnista, no me habló. Casi ni me miró mientras yo discutía con sus compañeros. No me trató como a un invitado, ni siquiera como a un adversario. Cuando, al finalizar mi intervención, me levanté con la intención de saludarlo, se retiró de la mesa y, sin siquiera mediar palabra, salió del estudio. Curioso modo de hacer honor a los buenos modales y a las formas que diariamente le exige al Gobierno. En cambio, sus compañeros de programa sí tuvieron la delicadeza de intercambiar ideas y saludos conmigo.

Pero no fue la falta de caballerosidad de Eliaschev lo que me perturbó, sino la innoble, mezquina y mal intencionada versión que puso a circular sobre mi intervención de aquel día. Así se refirió a mis dichos: “El secretario de Cultura de la Nación desmereció de manera grosera a Uruguay, cuando al querer replicar mis elogios a la admirable madurez democrática del pequeño país murmuró con tóxico despecho que Uruguay ha sido siempre una colonia británica y un país que expulsó a 600.000 de sus ciudadanos por no poder darles de comer”. Y agregó, “Personajes como Coscia integran el gabinete ministerial de Cristina Kirchner, que dentro de pocas horas debe ir a Montevideo a entrevistarse con el presidente electo José Mujica”.

Para poner las cosas en su justo término, permítanme citar textualmente lo que dije: “Me parece muy bien tomar como ejemplo los mejores elementos que tenga el Uruguay, (pero) es difícil tomarlo (como modelo) para la Argentina, por la mera razón de que más o menos unos 600 mil uruguayos se han venido a la Argentina, como muchos pobres de América latina en los últimos 30 años, y han sido recibidos como latinoamericanos (...). El modelo uruguayo, ¿qué ha sido a partir de la (caída) del Imperio Británico? Entra en una decadencia que es la que explica el fenómeno de los tupamaros en el ‘63, que están discutiendo no un modelo formal político, sino de injusticia social profunda que empieza cuando (...) el Imperio Británico desaparece del escenario del Río de la Plata. Entonces, ¿qué ocurre?, en Uruguay es difícil discutir si (es posible un país) agrícola o industrial”.

En sintonía con la perspectiva histórica que quise ofrecer e intentando una reflexión más amplia sobre modelos de país, hice míos algunos de los argumentos de quien, a mi juicio, fuera el agudo pensador del Uruguay y la integración regional, el recientemente fallecido Alberto Methol Ferré. Fue el inolvidable Tucho quien nos explicó que el derrumbe de la hegemonía británica en el Río de la Plata puso en crisis el modo semicolonial en que Uruguay se había insertado en el mercado internacional, provocando la dramática expulsión de miles de uruguayos de su propia patria. “Ese Uruguay que se asentó sobre el frigorífico está cerrando su ciclo cuando los frigoríficos extranjeros se retiran. Esta retirada no es más que uno de los últimos estertores de nuestra inclusión en el Imperio Británico que estaba preparada por las nacionalizaciones de posguerra (...). Como era inevitable, ese cambio total de condiciones debía sentirse en todos los órdenes de la vida uruguaya. En la crisis de los partidos tradicionales, en la pequeña burguesía urbana, en los sindicatos.” (La crisis del Uruguay y el Imperio Británico, 1958.)

¿Acaso Methol Ferré merece también las diatribas de Eliaschev? Pero, en verdad, bastaría con comparar mis dichos textuales con lo escrito por el periodista para poner de manifiesto la mala intención que, además de difamarme, intentó tensionar las relaciones entre dos países hermanos, frente a la circunstancia del viaje presidencial.

Lo que sostuve sólo puede escandalizar a los nostálgicos de George Canning o Lord Ponsomby y no ofenderá, estoy seguro, a los actuales herederos de Artigas que desde el gobierno oriental honran su memoria. A mí en particular no me agraviaría que alguien sostuviera que males equivalentes también amenazan a la Argentina. Los efectos devastadores del modelo sojero agroexportador “liberado de los Kirchner” y las retenciones condenarían a miles de argentinos a un destino de desempleo y de pobreza, cuya única salida (y para pocos) sería Ezeiza.

Es de destacar la madurez democrática del Uruguay, pero hablando de toxicidad, es envenenado y de mala fe hacerlo siempre en detrimento de nuestra democracia y presentando a Argentina como la contracara defectuosa del país oriental.

La actitud de Eliaschev se encuadra en una lamentable tradición de vieja data que, con la intención de difamar a sus adversarios, no duda en desinformar y tergiversar, incluso a riesgo de lesionar la relación con países hermanos.

¿Habrá confundido Eliaschev el sincero “ni vencedores ni vencidos” de Pepe Mujica al celebrar su victoria, con el cínico del general Lonardi al derrocar a Perón en 1955?

Descarto esto, pero para confirmarlo propongo empezar por aceptar la mano de un entrevistado, respetando sus convicciones y argumentos, sin tergiversaciones que tengan el amargo sabor de la cizaña.

* Secretario de Cultura de la Nación.

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