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Lunes, 6 de febrero de 2012

CULTURA › MAñANA SE CUMPLEN DOSCIENTOS AñOS DEL NACIMIENTO DE CHARLES DICKENS

El gran cronista del alma inglesa

Desde David Copperfield hasta Oliver Twist, pasando por Los papeles de Pickwick, entre muchas otras obras, reflejan las grandezas y miserias producidas por la sociedad victoriana del siglo XIX. Dickens es objeto, en estos días, de múltiples homenajes.

 Por Silvina Friera

Cuanto más se cierran los ojos, tanto mejor se ve. Se puede volver a la obra de Charles Dickens, en el bicentenario de su nacimiento, como quien recorre de memoria, sin tropezarse, el cuarto propio de la infancia con sus manchas de humedad. Hay una anécdota de incierta veracidad, pero irresistible, como si la hubiera escrito para la posteridad el padre de David Copperfield. En 1870, al enterarse de la noticia de la muerte del escritor, una niña en Londres preguntó: “¿El señor Dickens ha muerto? Entonces, ¿Papá Noel va a morir también?” El cronista por excelencia del alma inglesa –ese “ojo militar”, como lo llamó Henry James por sus dotes de gran observador– ocupa un lugar entre las causas de orden moral que han ahorrado a Inglaterra una revolución. La desmesura del rol asignado –-importa poco si se exagera– podría reformularse preguntando si no habrá sido, después de William Shakespeare, la cristalización de lo más “revolucionario” que concibió la almidonada sociedad victoriana del siglo XIX. Pocos escritores han tenido tanta influencia sobre su país. Pocos han edificado un sólido palacio, que refleja las grandezas y miserias humanas con tanto desparpajo como alevosía. En los arrabales de Londres, en alguna sala teatral, esta misma noche de invierno, no faltará el imitador de los personajes dickensianos que cumpla las exigencias de un público que le pedirá –una vez más– a los inmortales Pickwick, Sam Weller, Fagin, Gamp o la pequeña y adorable Nell.

El primer hijo varón de John y Elisabeth Barrow Dickens nació en Landport (hoy parte de Portsmouth) el 7 de febrero de 1812. Una premonición del desastre que se avecinaba para la familia fue el desfalco de más cinco mil libras que cometió John, germen de sistemáticos derroches que obligarían al clan Dickens a sucesivas mudanzas: de Londres a Chatman, en el condado de Kent; otra vez a Londres y a la tristemente famosa cárcel de Marshalsea. El padre de Dickens, más pronto que tarde, se hundiría en un océano de deudas. El desfile de acreedores que se llevaban los últimos muebles del hogar debe haber quedado impregnado para siempre en la retina de ese niño que entonces tenía diez años. John fue detenido y llevado a la prisión de Marshalsea. De niño a precoz jefe de hogar. Procurar ganarse la vida, trabajar en una fábrica y ser humillado, respirar y ahogarse a cada paso en la injusticia, fue una carga pesada que conjuraría magistralmente en la que es tomada como su mejor obra, David Copperfield, elogiada por Tolstoi y considerada por Dickens como su “hijo dilecto”. Nunca borró del disco rígido de su memoria el desamparo y la desdicha de esos años. “Ninguna de mis obras alcanza a expresar la secreta agonía de mi alma cuando me vi entre esa gente tan distinta de los compañeros de mis primeros años felices y sentí que mis esperanzas de llegar a ser un hombre culto y distinguido se venían abajo”, reconoció el escritor, mucho tiempo después, cuando ya había sido acariciado por el éxito y era –es– el inglés más leído de todos los tiempos.

El muchacho que disfrutaba de las lecturas de Robinson Crusoe y Don Quijote tuvo un puñado de trabajos aburridos y mal pagos hasta que un periódico lo contrató como redactor parlamentario. El rumbo de ese joven que había empezado a tomar clases de arte dramático, animado por el afán de ser actor, cambió. Pronto sería reconocido como el cronista londinense “más concienzudo”. A fines de 1833, apareció un ensayo en Monthly Magazine titulado “Una cena en Poplar Walk”; después varias sabrosas viñetas del Londres de la época se publicarían en diversos medios gráficos bajo el seudónimo de Boz. En la Londres de Dickens abundan los truhanes y ladrones, tal como los puede imaginar un niño inquieto y solitario que deambula en una noche brumosa. Pero no todo hombre que ha visto mucho, con ojos de niño, convierte en materia literaria los “hechos observados”. Sólo unos pocos acceden a ese Olimpo. Quien ha sufrido la pobreza, puede optar por dos estrategias de supervivencia: olvidar lo padecido o recordar y preservar hacia los pobres una simpatía inoxidable. Pero no es suficiente este capital simbólico previo. También es necesario un anhelo de revancha contra los hombres duros que conjugan todos los tiempos verbales de la explotación, contra los hipócritas de doble moral religiosa, que expían sus culpas con una caridad que en el fondo aborrecen; contra los maestros de escuela que maltratan a sus alumnos, contra la miseria.

Cuando empezó Los papeles de Pickwick (1836-1837) –entregas mensuales con dibujos de Robert Seymour, el título que Chesterton más veces menciona entre sus artículos–, Dickens no tenía la menor idea de cómo proseguiría. Y menos aún, cómo la terminaría. No había planes; concebía los personajes, los echaba a rodar y marchaba tras ellos. El primer episodio no fue un éxito inmediato; pero poco a poco un público reducido descubría cuán divertidos eran Pickwick, sus amigos, y el genial comediante Jingle. La vuelta de tuerca la encontró en el momento en que al escritor le cayó la ficha: a su Don Quijote made in London le faltaba un Sancho Panza a imagen y semejanza. Entonces, sólo entonces, se hizo la luz. Y apareció Sam Weller, el criado. Samuel Pickwick, fundador y presidente del Club Pickwick, cuyos miembros sedientos de aventuras viajan por la campiña inglesa, muta de bufón cuasi ridículo a comerciante “serio”, irresistiblemente simpático por su bondad y a causa de un sentimentalismo afectuoso, a medida que avanza la novela. Antes del número veinte, Inglaterra entera se entusiasmó tanto con Pickwick que aplicó este nombre a toda suerte de objetos, desde abrigos a cigarrillos. La popularidad de Dickens, paso a paso, trascendería la frontera de Gran Bretaña.

Los pedidos llovían: todos los editores deseaban tener la gallina de los huevos de oro. Dickens arrancó con Oliver Twist (1837-1839), la historia de un niño huérfano educado en una horrible Bastilla de indigentes por brutales maestros. Esta vez, lejos de narrar aventuras extraordinarias enlazadas desmañadamente como en Pickwick, gestó un relato continuo donde los chicos del orfanato se mueren de hambre y sus ropas “parecían flotar sobre sus cuerpos encogidos”. Uno de esos niños será el elegido para pedir más comida: Oliver. Una seguidilla de peripecias lo conducirán a Londres; con su inocencia intacta, pese a los porrazos por ganarse un lugar en el mundo, sin saberlo, Oliver queda inmerso en el medio de una banda de delincuentes comandada por el pérfido Fagin. Brillante y emotiva, esta novela no exenta de un tinte melodramático instaló al escritor en la gloria definitiva. Personajes y autor estarían en las bocas de todos. El crítico Leigh Hunt exclamaba: “¡Qué cabeza tan asombrosa para encontrarla en un salón! Posee la vida y el alma de cincuenta seres humanos”.

Como un adicto que sufre la abstinencia con horribles espasmos, Dickens no pudo dejar de escribir para la inmensa muchedumbre de lectores que sentían como él. En La tienda de antigüedades (1840-1841), la figura central es una niña, Nell, rodeada de tipos crápulas y terroríficos. La intención original era concluir este melodrama con el típico happy end dickensiano, que tanto le reprocharían adversarios y detractores. Entre 1840 y 1890, un avezado tribunal crítico lo condenó por la débil psicología de sus personajes, por la ausencia de un plan de escritura y por cierta extravagancia en sus intrigas. “¡Qué poco amor por el arte! –se quejó Gustave Flaubert–. Ni una sola vez habla de él.” El escritor francés, además, calificó a Dickens de “ignorante como un cántaro; una inmensa bondad de segundo orden”. El biógrafo y mejor amigo de Dickens, John Forster, le sugirió que sería menos banal hacer que la heroína muriera joven aún. Escuchó el consejo y lo cumplió al pie de la letra. Pero retrasó, todo lo que pudo, ese desgarrador punto final. “Esta muerte –le escribió a Forster– proyecta sobre mí la más horrible de las sombras; apenas puedo continuar escribiendo. Hasta transcurrido mucho tiempo no me será posible sosegarme. Nadie sentirá la muerte de Nell tanto como yo. Es una cosa tan penosa para mí, que, realmente, no puedo expresar mi pesar. Todas las viejas heridas sangran de nuevo cuando pienso cómo deberé escribir eso. ¡Sólo Dios sabe lo que me costará!”

Antes de publicar Cuentos de navidad (1843), con el avaro y mezquino Scrooge como protagonista principal, Dickens decidió visitar Estados Unidos, donde acumulaba un vasto número de admiradores. A pesar de la cálida bienvenida, el escritor consiguió rápidamente que la prensa norteamericana lo cascoteara duro y tupido por haber protestado públicamente en pro de los derechos de autor y contra la esclavitud. Hacia fines de 1845 se cumpliría, por otros medios, el viejo anhelo de ser actor, cuando empezó a ofrecer lecturas públicas de sus obras. Seguirán años de febril actividad –desde fines de los ’40 y la década del ’50–, entre viajes, la dirección de una revista semanal, Household Words, lecturas y escrituras. En el epílogo de David Copperfield (1849-1850), todos los personajes son milagrosamente consolados de sus penas y curados de sus defectos en Australia. La pequeña Emily, que tan grandes desdichas ha pasado, se ocupa del corral; es paciente y amada por todos, jóvenes y viejos. Gummidge, que en Inglaterra regañaba e invocaba a su difunto esposo, se ha vuelto dulce y de buen humor. Micawber pagó todas sus deudas y se ha convertido en un rico gentleman, magistrado de su distrito.

La pequeña Dorrit (1855 a 1857), donde evoca los años en Marshalsea, no está entre los libros más ponderados de Dickens. Sólo Bernard Shaw arriesgó que la obra es “más sediciosa que El capital”. Esta sátira a la burocracia inglesa resulta implacable en los capítulos consagrados al Ministerio de las Circunlocuciones. Los Moluscos, en estas páginas, son los burócratas. “Hay grandes y poderosos Moluscos, tales como Lord Decimus Tenace Molusco, que representa a los Moluscos en la Alta Cámara. Hay pequeños Moluscos, en los Comunes, que por medio de ‘¡Oh!’ y ‘¡Ah!’ tienen la misión de representar a la opinión pública, y por fin un gran banco de Moluscos en el Ministerio de las Circunlocuciones. Los Moluscos están bien pagados y trabajan todos para que se les pague aún mejor y se desvelan para obtener la creación de puestos nuevos donde puedan incrustarse sus parientes y sus aliados. Casan a sus hijas y hermanas con hombres políticos, que se encuentran adheridos en el banco de los Moluscos, los cuales dan origen a pequeños Moluscos; los Moluscos varones, a su vez, se casan con chicas bien dotadas para la solidez, autoridad y gloria de los Moluscos venideros.” Grandes Esperanzas (1860-1861), en cambio, despliega al por mayor al “verdadero” Dickens, a través de las vicisitudes del huérfano Pip. Nuestro amigo en común (1864-1865) es rico en escenas que habrían sido suficientes para azuzar la leyenda de un novelista mediano; contiene, especialmente, una pintura notable de los nuevos ricos de entonces y de una cierta forma de esnobismo.

El gran acusador del establishment inglés vivió nada más que 58 años; murió el 9 de junio de 1870. En excepcionales circunstancias la fugacidad y la eternidad se cruzan. El tiempo se libera de las ataduras de lo mensurable y no hay derecho ni revés. Ni principio ni fin. Si Papá Noel no ha muerto, se podría parafrasear junto con la niña inglesa que tampoco Dickens ha muerto.

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Charles Dickens es el inglés más leído de todos los tiempos.
 
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