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Martes, 5 de junio de 2012

CULTURA › LA PRIMERA FERIA DEL LIBRO PUNK DESBORDó EL SALóN PUEYRREDóN

Otro costado de una cultura viva

El local de Palermo se vio colmado el domingo por autores, lectores, artistas y curiosos que querían compartir esa parte del movimiento que quedó relegada por la música y la parafernalia. Hubo charlas, muestras de fotos y, claro, sonó punk rabioso en los parlantes.

 Por María Zentner

Cuando a algún famoso diseñador de modas se le ocurrió ponerle tachas a una prenda de su colección otoño-invierno y luego alguna estrella hollywoodense fue fotografiada en alguna importante entrega de premios de la industria vistiendo esa prenda, a las revistas y suplementos de tendencias y moda se les dio por pontificar que había vuelto el punk y dedicaron sendas notas sobre crestas, camperas de cuero y medias de red rotas. Estas, a su vez, luego se vieron replicadas en las secciones de sociedad de los diarios de la misma manera que últimamente se llenan páginas y páginas con crónicas referidas a “tribus urbanas”, como los hipsters y los freeganos. La Primera Feria del Libro Punk que tuvo lugar el domingo en el Salón Pueyrredón (Santa Fe 4560) vino a demostrar que lo del punk lejos está de haber sido (o ser) una moda, que se trata de una cultura que supo mantenerse y mutar a través de los años y, por sobre todas las cosas, que todavía está vigente aquello de “punk not dead”.

El evento fue la excusa perfecta para que aficionados, autores, lectores, músicos y curiosos se encontraran, se vieran las caras y compartieran un costado de la cultura punk que quedó algo relegado detrás de la música y la parafernalia estética que identificaron históricamente al movimiento. La feria “del autor al punkrocker” ofreció más de quince títulos de literatura punk argentina, casi todos editados de forma independiente, entre ellos el emblemático Punk, la muerte joven, de Juan Carlos Kreimer; El último punk, de Sebastián Duarte; De todo lo que vi recuerdo la mitad, de Mariano Ludueña; Demoliendo la Casa Rosada, de varios autores, o la recopilación de los Fanzines Fanzinerosos, de Boom Boom Kid. Además, hubo muestras fotográficas y charlas con personalidades de la escena punk literaria. Quienes se acercaron tuvieron la oportunidad de adquirir los ejemplares a precios accesibles –un promedio de 60 pesos– de manos de sus propios autores, que orgullosos atendían los “stands” (en realidad, una mesa larga que atravesaba dos tercios de la longitud total del local), y veían azorados cómo los libros se les iban agotando.

El Salón Pueyrredón estuvo colmado desde su apertura, a las 18. Patricia Pietrafesa, coordinadora de la feria e histórica integrante de la movida punk argentina a partir de bandas como She Devils, Kumbia Queers o Cadáveres, miraba a su alrededor con una expresión que mezclaba el asombro y la satisfacción, mientras el público hormigueaba entre los libros, cerveza en mano, en un ambiente que se parecía más al de un festipunk que al de un encuentro literario: “Tratamos de difundir lo que hacemos. De la misma manera que antes hacíamos ferias de fanzines, hoy movemos los libros, y creamos un espacio que es realmente necesario y que esperamos poder seguir generando mientras dure el entusiasmo”. Pietrafesa reconoció que la asistencia superó ampliamente las expectativas que tenían: “No pensamos que se iba a llenar así. No nos alcanzó la plata para los flyers, así que la difusión la hicimos sólo a través de Internet y de algunas radios que ayudaron. Es muy grosso ver a esta cantidad de gente. Estamos impresionados”.

Sebastián Duarte, autor de El último punk, una biografía de Ricky Espinosa, cantante de Flema –de quien, justamente, acaban de cumplirse diez años de su muerte–, se mostraba igualmente feliz y sorprendido por la respuesta que tuvo la propuesta. A las 20.30 ya no le quedaban libros por vender: “Está buenísimo que tantos se hayan acercado, porque ésta es una oportunidad que tenemos de mostrar el movimiento en su totalidad. Muchas veces se lo confunde con tocar cuatro notas y pararse los pelos, pero va mucho más allá: es cultura, libros, teatro. Acá podemos darle lugar a ese lado un poco oculto que tiene”.

Aunque un punk rock furioso sonó a todo volumen durante toda la velada, fue una decisión de los organizadores no incluir bandas en la agenda del evento, porque entendían que la música en vivo distraería la atención de lo que la feria realmente se proponía. “El mundo está pagando las consecuencias de no haber escuchado un poco más de punk”, arrojó, un poco en broma, bastante en serio, el periodista y editor Juan Carlos Kreimer desde el escenario, haciendo referencia a la situación económica mundial. La charla se llamaba “Punk, la muerte joven y sus lectores” y consistió en un espacio en el que el autor de esta suerte de “biblia del punk” se refirió a la movida londinense de finales de los ’70 y el diálogo con un grupo de periodistas, músicos y escritores a quienes, de alguna manera, el libro los había transformado.

El punk como elemento transgresor, revolucionario, renovador y contracultural, como receptáculo de aquello que el sistema rechaza, como contenedor y modificador de la marginalidad, como inspirador del “hacelo vos mismo”, y la diferencia en la forma en que estos conceptos fueron absorbidos, masticados, rumiados y escupidos por los punks argentinos para dar lugar a una cultura punk vernácula que todavía late por estas latitudes. Todas estas ideas flotaban por el aire el domingo en el Salón Pueyrredón. Una cosa quedó clara: no sólo de crestas vive el punk.

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