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Lunes, 13 de agosto de 2012

CULTURA › ENTREVISTA CON EL CRITICO LITERARIO DARDO SCAVINO

“Para mí no hay una oposición entre relato y discurso”

En su libro Rebeldes y confabulados, analiza la gramática de las narraciones políticas de Yrigoyen a Menem. Scavino sostiene que hay una única gramática que se sucede en el tiempo, pero aclara que “no significa que todas las políticas sean equivalentes”.

 Por Silvina Friera

¿Por qué los hombres luchan por su servidumbre como si se tratara de su libertad? La formulación de esta pregunta fundamental de la filosofía política –atribuida a Spinoza y a Wilhelm Reich por Deleuze y Guattari– se desliza por el tobogán de un género que el crítico literario Dardo Scavino glosa como si fuera impulsado por una curiosidad atávica. Las narraciones políticas –el género en cuestión– constituyen al pueblo cuando cuentan su propia historia bajo la forma de una gesta popular. El peregrino desafío consiste en reconstruir la gramática de los relatos políticos del siglo XX en la Argentina, desde Hipólito Yrigoyen hasta Carlos Menem. En Rebeldes y confabulados (Eterna Cadencia), se anticipa desde el prólogo, no debería sorprender que narraciones con contenidos dispares y totalmente incongruentes como la yrigoyenista, anarquista, nacionalista, peronista, desarrollista, montonera, erpiana, alfonsinista y menemista obedezcan a una única gramática. “Desplazando las fronteras entre enemigos y amigos, cada narración política anuncia que los adversarios son los defensores del sistema contra el que se sublevan los aliados, y extiende esta misma división a un enfrentamiento entre dos dimensiones inconciliables, aunque difíciles de discernir: la mayoría y el pueblo, la canalla y la ciudadanía, los custodios del pasado y los iniciadores del futuro, quienes transitan las huellas ayer abiertas por las vanguardias y quienes las abandonan hoy abriendo nuevas alternativas”, postula Scavino en el primer capítulo. “Denuncia, exhortación y promesa serían los tres momentos de cualquier narración política sin importar qué sistema denuncie, a qué sujetos exhorte y qué triunfo les prometa.”

No hay política sin rebelión contra un poder o un orden establecido. Pero Yrigoyen, Leopoldo Lugones, Ernesto Palacio, Juan Domingo Perón, Eva Duarte, Arturo Frondizi, Mario Roberto Santucho, Raúl Alfonsín y Menem no lucharon contra la misma situación, contra la misma opresión o contra el mismo régimen. Que una única gramática sea el aglutinador de estos relatos se aclara antes de que un par de desconfiados sacudan la cabeza, “no significa que todas las políticas sean equivalentes”. Scavino plantea a Página/12 que en ese ejercicio de desmontar relatos políticos –tal como una oración puede dividirse en sujeto y predicado, más allá del contenido o de las intenciones del narrador– “está haciendo algo semejante a lo que haría un lingüista o un mitólogo”.

–En varios capítulos del libro analiza los desplazamientos que se produjeron en las narraciones del peronismo. Afirma, por ejemplo, que en 1943 Perón es uno de los representantes “más lúcidos y estrictos del fascismo en la Argentina”. Pero advierte que eso no implica que el peronismo haya sido una variante del fascismo sino que sostuvo posiciones fascistas hasta el ’45. ¿Cómo fue trabajando estas arenas discursivas tan movedizas?

–Trato de concentrarme en momentos que considero privilegiados. Aparece un fenómeno que muchas veces consideramos que existió siempre –pero que en realidad es nuevo–: la alianza entre los liberales y los fascistas, una alianza que se concreta básicamente con Onganía, al cual le dedico un capítulo importante. Desde el fascismo de los años ’20 hasta el ’43, esa alianza era imposible. En el ’46, los liberales se aliaron con los conservadores, incluso con los comunistas y socialistas, en contra de Perón. Después de la Revolución Cubana, en el contexto de la Guerra Fría, los nacionalistas consideraron que una alianza con Estados Unidos, el enemigo imperialista, era importante frente al comunismo. Y de ahí viene el error de alguien como (Jorge) Abelardo Ramos, que apoyó en una primera instancia el golpe de Estado de Onganía, pensando que era un militar nacionalista como (Gamal Abdel) Nasser. No es el único: Perón y Puiggrós creyeron lo mismo. Rápidamente la mayoría se dio cuenta de que no era el caso. Uno de los pocos lúcidos en ese aspecto fue (John William) Cooke. Se pensaba que Onganía era una especie de figura a lo Nasser, pero lo que no se pudo ver entonces es que el nacionalismo había cambiado completamente de significación. En el contexto de la Guerra Fría, se produjo una alianza con Estados Unidos, con los sectores liberales. Esa alianza fascista–liberal, que en otro momento hubiera sido imposible, se va a prolongar hasta la dictadura, salvo el paréntesis del gobierno de Perón-Isabel. Respecto del trabajo discursivo, en este libro lo que hago es algo parecido a lo que haría un psicoanalista.

–¿A qué se refiere?

–A partir del discurso, trato de reconstruir lo que Freud llamaría “el fantasma fundamental”. Muchos dicen que ahora se habla demasiado de relato y que hay que hablar de discurso; pero para mí no hay una oposición entre relato y discurso. El discurso es lo que nos permite acceder a un relato. Como el psicoanálisis. Lo primero que hace un psicoanalista es reconstruir cuál es “el mito individual del neurótico”, como lo llamaba Lacan.

–Que no haya un capítulo dedicado a la última dictadura sorprende. Aunque hay relato, ¿no hay política?

–Hay política; los militares tuvieron un relato que no difiere demasiado del de la Guerra Fría y la doctrina de seguridad nacional. El propio Proceso de Reorganización Nacional planteaba que al país había que cambiarlo. A pesar de que se puede tildar a esos militares de conservadores, ya no hablaban de Revolución Argentina o Revolución Libertadora, como sus antecesores. Había un carácter revolucionario desde su perspectiva, que evidentemente no es la mía. Los militares, lamentablemente, transformaron el país, en el peor sentido.

–En varias oportunidades recurre a las memorias políticas de Alfonsín. En Rebeldes y confabulados está muy trabajada la recuperación de la democracia porque, según su planteo, se dio una alianza entre sectores que no se había conseguido hasta entonces. El enemigo, el odio a la dictadura, era un aglutinador muy potente en los primeros años. Aquí pone en juego su experiencia afectiva como testigo de ese período, ¿no?

–Sí, completamente. El alfonsinismo fue ese relato donde la democracia se identificaba con la plenitud del pueblo frente a la dictadura; ese fenómeno providencial y milagroso de que el solo respeto hacia las instituciones democráticas iba a suscitar y a producir, por sí mismo, una serie de cambios beneficiosos para la sociedad, como el famoso con “la democracia se come, se educa, se cura”. Recuerdo que el 10 de diciembre del ’83, cuando asumió Alfonsín y muy simbólicamente dio su discurso desde el Cabildo, fue como una “nueva revolución”. Ese día estaba ahí, en la Plaza, y había militantes del MAS, de la UCD y hasta de Montoneros. Pero este momento entró en crisis en el ’87 con los levantamientos militares de (Aldo) Rico. Cuando Alfonsín salió y dijo que esos militares eran “héroes de Malvinas”, nos corrió un hielo por la espalda; era un relato que se caía a pedazos. La Plaza se vació como se vació en el ’74 cuando Perón insultó a los Montoneros. Ese fue el fin del alfonsinismo.

–En el libro retoma algunos textos de Santucho, especialmente porque tenía un concepto de “campo popular” que en ciertas ocasiones incluía a la burguesía nacional y en otras la excluía. Pero, además, otro problema es que a ese “campo popular” sólo ingresa el que tiene conciencia de clase.

–No basta la sola pertenencia al proletariado. Santucho es muy claro, como lo eran Mao y Lenin. El campo popular es una conciencia de clase; por eso alguien que no es socialmente un proletario forma parte del campo popular. Es fundamental la lectura de Santucho porque diferencia lo que era el frente antiimperialista y el frente antifascista; ahí, en función de cuál es el enemigo, el perímetro del campo popular varía: entra o no la burguesía nacional o los sectores democráticos burgueses, como se decía en esa época. Todos estos grandes teóricos de la política, desde Maquiavelo hasta Mao, en definitiva estaban pensando las reglas del relato político, sin decirlo explícitamente.

–En el capítulo sobre el menemismo, “El ñoqui de Carlos Menem”, se puede leer entre líneas un cuestionamiento a la mirada sustentada en lo moral. ¿Está de acuerdo con esta lectura?

–Sí. Este tipo de relatos tiene un momento pre-político; circulan en la sociedad bajo la forma de una leyenda urbana: “Yo tengo un tío que tiene un amigo que tiene un sobrino que es ñoqui”. Esa circulación empezó a fines de los ’80; antes nadie mencionaba la palabra “ñoqui”. Este relato pre-político se politizó con Menem. Desde las formas, lo comparo con lo que pasó con Hitler, porque el antisemitismo en Alemania existía; aunque era difuso, el relato antisemita circulaba. El menemismo terminó siendo víctima de su propio relato, porque se recuerda al menemismo por la corrupción. Elisa Carrió surgió porque politizó la moralina anticorrupción; la convirtió en un discurso político que funcionó a fines del menemismo, y que ya perdió su fuerza.

–¿Por qué no ensayó un análisis del relato kirchnerista?

–Creo que necesito un poco más de distancia. Pero vale la pena leer los discursos porque hay un fenómeno muy curioso. En los discursos de asunción presidencial de Néstor y Cristina prácticamente no aparecen mencionados los trabajadores, la clase obrera, ese grupo que era la columna vertebral del movimiento peronista. En el discurso de Néstor de 2003, los trabajadores están incluidos bajo la misma categoría de los jubilados y de los niños como grupos vulnerables que fueron afectados por el neoliberalismo. Me llamó mucho la atención porque, tanto para la izquierda como para el peronismo, la clase trabajadora es la vanguardia combativa; no es vista como grupo vulnerable, aunque sea víctima del capitalismo. La clase trabajadora ocupa un lugar muy diferente. ¿Quién es en el kirchnerismo ese grupo que representa a la totalidad de la sociedad? “Nuestra generación”, la generación del ‘70, que aparece tanto en el discurso de Néstor como el de Cristina. Este gobierno es la continuación de un proceso que se inició en aquellos tiempos y que fue interrumpido por la dictadura militar. Este es un gobierno en donde la condena a la dictadura sigue siendo un elemento determinante políticamente, y donde el valor de la democracia es representativo. Uno de los grandes temas que habría que tratar hoy es que el valor de la democracia está en conflicto en Europa. Ya muy poca gente cree en la democracia; lo dice (Jacques) Rancière en un libro que consagra al tema, El odio de la democracia. Se criticó a la Unión Soviética por haber sustituido la democracia por una dictadura de los comisarios políticos; pero hoy en día los que gobiernan Europa son los comisarios. La Comisión Europea está constituida por comisarios que no son elegidos por el pueblo. El Parlamento Europeo no tiene ningún poder, no puede ni siquiera dictar leyes. Lo único que puede hacer es aprobar o no las leyes que proponen estos comisarios. Menos democrático que esto... En Europa hay una desconfianza profunda hacia la democracia, una ruptura entre la clase política y la sociedad civil, una ausencia de representatividad.

–A propósito de los desplazamientos discursivos al interior del peronismo, ¿qué reflexión le merece el giro de un discurso privatizador durante el menemismo a la nacionalización de YPF con el kirchnerismo?

–El kirchnerismo reconfiguró completamente el enemigo. Lo que era el aliado de Menem, ese capital extranjero que iba a hacer crecer el país, se convirtió en el enemigo. El kirchnerismo en ese aspecto vuelve al modelo del peronismo tradicional. Lo que cambia es el grupo hegemónico, que ya no es el trabajador sino “nuestra generación”. El enfrentamiento de Cristina con (Hugo) Moyano es muy novedoso dentro del peronismo. No sé cómo va evolucionar, pero es muy interesante.

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Radicado en Francia, actualmente Scavino enseña literatura latinoamericana en la Universidad de Versalles.
Imagen: Sandra Cartasso
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