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Martes, 16 de julio de 2013

CULTURA › ERNESTO SCHOO (1925-2013) FUE UN CRITICO DE GRAN REFINAMIENTO

Un puente entre la obra y el espectador

Escritor, crítico de cine y de teatro, traductor y guionista, Schoo murió ayer a los 87 años. Fue director del Teatro San Martín entre 1996 y 1998, obtuvo la Beca Guggenheim y recibió la Orden de las Artes y las Letras del gobierno francés.

 Por Silvina Friera

La esponja que lo absorbía todo, “un bicho de ciudad” que creció rodeado de libros y siempre cultivó enfáticamente una curiosidad ilimitada, una elegancia y un refinamiento que deleitaron a miles de lectores, un día redescubrió el campo. Los primeros quince años de su vida pasó las vacaciones en una estancia en Pergamino, fundada por su bisabuelo en 1856. “Todas las cosas importantes de la vida, el encuentro con la muerte, el encuentro con el sexo, con el amor, fueron en el campo –revelaba Ernesto Schoo en una entrevista con Página/12–. Ahí aparece la siesta, un momento particular en el que no nos dejaban salir porque era ‘la hora de las víboras’. Uno estaba metido en ese caserón de techos altísimos, paredes gruesas y una enorme biblioteca a mi disposición. Me acuerdo de que a la hora de la siesta escuchaba el canto de la paloma de monte, un canto tristísimo y melancólico. Muchos años después, en un poema de Silvina Ocampo, me encontré una línea que decía algo así como ‘torcazas cantando en el vestíbulo de la muerte’, y entonces entendí que lo que sentía en el campo a esa hora era un sentimiento de muerte: afuera estaban el sol, tal vez las víboras, y estaba esta tristeza agradable que me sigue resonando hace más de sesenta años.” Ahora, releídas estas palabras, emerge esa tristeza inevitable de la pérdida. El escritor, crítico de cine y de teatro, traductor y guionista, murió ayer a los 87 años.

“Al amparo ‘del todo vale’ posmoderno, ya no hay una preceptiva estricta que separe los géneros y las nuevas técnicas audiovisuales abren perspectivas inéditas. Dispongámonos a sorprendernos.” Así termina la última columna que publicó, el miércoles 12 de junio pasado, en la sección espectáculos del diario La Nación. El teatro fue el aire que respiró desde el hogar. Schoo nació el 12 de octubre de 1925 en una casa donde había muchos libros de teatro, clásicos españoles como Cervantes, Garcilaso, Pérez Galdós y Quevedo, entre otros. Sus padres eran muy teatreros y solían repetir versos que el niño, muy pronto, aprendió de memoria. Aunque ingresó a la Facultad de Derecho, se empezó a aburrir de una manera horrorosa. El mundo de las leyes no tenía nada que ver con la exquisita sensibilidad del joven Schoo. Luego probó con Filosofía y Letras, pero el trabajo que había conseguido en la Aduana conspiró contra la cursada de la carrera. Su cuna periodística empezó en La Gaceta de Tucumán, donde escribió en el suplemento de libros a partir de 1948. Este itinerario periodístico se prolongaría en diversos diarios y revistas como La Razón, Vea y Lea, Sur, Primera Plana, La Opinión, Convicción, Tiempo Argentino y Noticias, entre otros. Como jefe de la sección de arte en Primera Plana realizó la primera entrevista que se publicó en un medio argentino a Gabriel García Márquez.

Una artimaña de Manuel Mujica Lainez le permitió el acceso a La Nación. “Resulta que un buen día se va de viaje, él era el crítico de plástica del diario, y entonces le anuncia a la dirección que Ernesto Schoo lo reemplaza. Yo ni pertenecía al diario, pero La Nación dijo que sí”, recordaba Schoo, amigo de Manucho y guionista de la película De la misteriosa Buenos Aires (1981), tres episodios basados en el libro homónimo de Mujica Lainez. Del mismo autor adaptó para la televisión los relatos “El dominó amarillo” y “El coleccionista”. Tradujo obras de Henry James, Franz Kafka y al argentino Héctor Bianciotti, que escribía en francés. Entre los libros que publicó se destaca la colección de cuentos Coche negro, caballos blancos (Ediciones de la Flor, 1988), varias novelas como Función de Gala (1976), El baile de los guerreros (1979) –traducida al francés en 1987–, El placer desbocado (1988, Premio del Club de los XIII a la mejor novela del año) y Ciudad sin noche (1991); el ensayo Pasiones recobradas (1997, además de sus memorias de infancia, Cuadernos de la sombra (2001).

Schoo fue director artístico del Teatro San Martín entre 1996 y 1998, obtuvo la Beca Guggenheim, tres premios Konex, fue reconocido como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras por el gobierno francés y, en 2012, fue nombrado Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura porteña. Era miembro emérito de la Academia Nacional de Periodismo Argentino, miembro honorario de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina y miembro pleno de la Asociación de Cronistas del Espectáculo. El año pasado redactó una especie de código de ética, sin otro ánimo que el de condensar una experiencia de más de medio siglo. “El comentarista periodístico cumple una modesta función social y cultural: ser un puente entre la obra y el espectador –escribió a modo de lección y legado–. Con todas las limitaciones que la fugacidad periodística le impone y sin creerse que el mundo gira alrededor de su opinión. Que, como decía Platón, es meramente doxa, esto es, impresión al paso, y no episteme, o sea, conocimiento a fondo, reservado a la crítica académica.”

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Schoo siempre se distinguió no sólo por su erudición, sino también por su prosa cristalina.
Imagen: Arnaldo Pampillón
 
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