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Domingo, 15 de diciembre de 2013

CULTURA › LA SEMANA DE CULTURA ARGENTINA EN VIETNAM

Cómo cruzar el mundo hacia una tierra hecha de contrastes

Lidia Borda con la Selección Nacional de Tango y la compañía Nuevo Arte Nativo de Koki y Pajarín Saavedra ofician de embajadores para un intercambio que comenzó en septiembre en Buenos Aires y que incluye una muestra sobre Eva Perón y un ciclo de cine.

 Por Eduardo Fabregat

Desde Ciudad Ho Chi Minh

Un río de cabezas, pero no aplastadas por el mismo pie: la amplia avenida Hai Ba Trung es un hervidero de motos que se entrecruzan con toda naturalidad, afectadas del síndrome del bocinazo corto, pero –a ojos argentinos, algo parecido a un milagro– capaces de circular sin conflicto aparente entre sí y los autos, que son minoría. El caos urbano del nuevo siglo en Ho Chi Minh contrasta con la majestuosidad de la Opera House, construida por los franceses en 1897 y escenario del puntapié inicial de la Semana de Cultura Argentina en Vietnam. Faltan pocas horas para la presentación de la Selección Nacional del Tango (con Lidia Borda en la voz cantante) y la Compañía Nuevo Arte Nativo de Koki y Pajarín Saavedra, y el lugar es un hervidero de preparativos que hacen convivir el típico bullicio argento con la formalidad oriental. No queda una sola entrada para la noche: el mejor comienzo para un cruce cultural que entusiasma a los funcionarios de ambos países.

En rigor, lo que se vive en estos días en Vietnam es la continuación de lo iniciado en septiembre en Buenos Aires, con la Semana de la Cultura Vietnamita en Buenos Aires. Es una iniciativa conjunta de la Secretaría de Cultura de la Nación y el Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo de la República Socialista de Vietnam, que celebra así los 40 años de las relaciones diplomáticas entre ambos países. Mónica Guariglio, directora nacional de Política Cultural y

Cooperación Internacional de la Secretaría de Cultura de la Nación, no oculta el entusiasmo por el producto de un trabajo de hormiga y a conciencia para poder realizar semejante vuelta al mundo para el cruce de culturas. “Estamos concretando una iniciativa política que se dio desde los gobiernos, que han incrementado en los últimos tiempos un intercambio comercial, pero que también contempla el acercamiento a través de la cultura”, dice la funcionaria a cargo de la delegación. “Es una relación Sur-Sur, de iguales, que busca identificarse en la diversidad cultural de cada país. En la visita del año pasado con el secretario Jorge Coscia se habló mucho de intercambio, de elencos, de propuestas artísticas, de cinematografía, pero es muy satisfactorio ver cuando las cosas no quedan en una letra muerta, en promesas de acuerdos. Y el lenguaje no ha sido una barrera, para nada. Hay un notable interés mutuo en motorizarlo y hubo un esfuerzo muy grande de los dos países.” El recordatorio del 40º aniversario, para Guariglio, encierra también símbolos interesantes: “Son 40 años de un momento muy especial, 1973 es el año de la recuperación de las relaciones no sólo con Vietnam sino también con Cuba, el año de la primavera camporista, el año de la visita de Salvador Allende a la Argentina... no siento que sea exactamente como ‘un círculo que se cierra’, pero sí nos resulta interesante que esto se produzca en el marco de un país que prioriza otras cosas, más cercanas a las ideas de aquel 1973”.

La cuestión cultural también sirve para disparar algunas reflexiones no exentas de paradojas. Las calles de la ex Saigón lucen engalanadas por una iconografía navideña netamente occidental, puntuada por carteles de conocidas franquicias gastronómicas. El visitante no puede evitar cierto contraste entre las ideas que se expresan en el museo dedicado al líder Ho Chi Minh y lo que advierte en la calle. En un solo vistazo uno puede ver a un pescador en el río Saigón baldeando su lanchita con un casco estadounidense y, en la costanera, un motorista con un barbijo que luce las barras y estrellas. La noche anterior al debut, la delegación argentina es invitada a un agasajo a bordo de un crucero por el río: tras las delicias de la cocina vietnamita, el espectáculo a bordo es sin embargo un muestrario de canciones y coreografías ajenas a lo local, villancicos y momentos de pop occidental que producen cierta extrañeza. En un movimiento espontáneo pero eficaz, a los postres Koki y Pajarín toman el lugar, guitarrean, sacan a las chicas de su compañía a bailar y producen una especie de motín folklórico a bordo. Cuando terminan hay una ovación interminable y un desfile de orientales pidiendo fotos.

“Es difícil abarcar a esta gente, pero está muy bueno poder venir a investigar, a marcar un inicio, tratar de conocer su parte artística. Yo lo veo como un comienzo”, dice Pajarín, instalado en un salón al aire libre del hotel Rex Saigón. Acaba de terminar un almuerzo en el que sí pudo verse aquello ausente la noche anterior: un grupo de músicos a cargo de instrumentos tan sorprendentes como el dan bau (con el aspecto de una máquina de coser, una única cuerda con una palanca metálica para tensarla y un sonido que recuerda al theremin), una suerte de zampoña horizontal que suena con el aire de palmadas frente a los tubos o una marimba hecha de piedras perfectamente afinadas. “Es lo que nos hubiera gustado ver en ese barco para turistas... es llamativo que la cultura occidental, norteamericana, marque mucho acá, entonces es interesante pelear un poco eso”, dice Saavedra.

Si en el barco ya había quedado claro que el dúo tiene con qué presentar pelea, la velada en la bellísima Casa de la Opera ofrece un marco que multiplica aquella ovación. Con los percusionistas y bailarines Javier Franichevich y David Fabricio Avalos, y el cuerpo de baile que integran Cecilia Cavallero, Bárbara Ibarra, Macarena Masegosa y Tamara Perayre, Koki y Pajarín imantan a los vietnamitas. Como suele suceder con culturas tan diferentes, las reacciones cobran especial intensidad cuando el baile gana en espectacularidad: el teatro se viene abajo en los cuadros en los que todo el equipo combina el zapateo con golpes rítmicos en el cuerpo o en los pasajes en que los hermanos santiagueños se torean en un taconeo a dúo o dibujan en el aire con las boleadoras. Pero no hay nada for export en la propuesta de Flechas en la tribu, e incluso hay lugar para un intenso recitado que hace Pajarín de Atahualpa Yupanqui, que el público celebra aunque no entienda ni jota.

Las galas en la Ciudad Ho Chi Minh van más allá de lo artístico e incluyen una muestra que, según Guariglio, fue el único pedido puntual del ministerio vietnamita. Antes del espectáculo de tango y folklore, los funcionarios de ambos países realizaron la ceremonia de inauguración de la exposición fotográfica Evita: pasión y obra, en la misma Casa de la Opera. Los grandes paneles situados en el foyer del teatro dan cuenta de la acción social de Eva Duarte de Perón, en un tributo que tendrá su segunda parte en Hanoi, complementada con un seminario más focalizado sobre su figura como política y la presentación de la traducción al vietnamita de La razón de mi vida. Gabriel Miremont, responsable de la puesta, tuvo que correr hasta el último minuto para que todo estuviera listo: la muestra iba a montarse originalmente en la calle frente a la Opera... pero la iconografía navideña ganó la pulseada, continuando la paradoja del choque de culturas.

Con o sin papanoeles, en la noche del sábado el teatro luce a pleno, rebosante de mujeres con ropa típica y un arsenal de arreglos florales dignos de una exposición en Escobar, listas para agasajar a los invitados. Cuando todo el equipo de Nuevo Arte Nativo se retira entre bambalinas cargado de orquídeas, el escenario se convierte en reino del 2x4. Es el turno de la Selección Nacional de Tango: comandados por el director y pianista Cristian Zárate, los bandoneonistas Ramiro Boedo y Alejandro Zárate, los violinistas Humberto Ridolfi y Javier Weintraub, el contrabajista Daniel Falasca y las parejas de bailarines de Iván Romero (campeón mundial de tango escenario 2004) y Silvana Núñez, y Adriel Bournissen y Soledad Mallo, toman la escena con un clásico de clásicos (“El choclo”), para un set que no se quedará en ese rubro, sino que también visitará los terrenos de Piazzolla. La Selección tiene todos boletos ganadores: suena como los dioses, toca de memoria y tiene bailarines que conocen muy bien cómo lustrar un escenario, produciendo exclamaciones fascinadas entre los hipnotizados vietnamitas y aplausos cerrados al fin de cada número. Y cuenta, claro, con una cantora de los kilates de Lidia Borda, que se luce con momentos como “Yuyo verde”, “Vida mía” y “Fruta amarga”, y termina tan emocionada con la noche redonda que, al agradecer y presentar a los músicos (con metódica traducción simultánea)..., olvida mencionar a la misma cantante.

“Cristian me dijo que me anotara también mi nombre para no olvidarme y le dije ‘no, cómo me voy a olvidar...’”, comenta Borda entre risas, cuando la fiesta pública ya terminó y la delegación completa comparte la cena en la terraza semivacía, donde siguen llegando bocinazos cortos desde la calle cinco pisos más abajo. Los empleados del hotel, acostumbrados a servir la cena no mucho más allá de las 19, no terminan de entender esa costumbre argentina de comer a semejantes horas. Pica la sopa de anguila, pica el pescado frito, pica el pescado grillado con chile, pica la sopa de hojas de mostaza y hasta pican las semillas de loto en almíbar, pero no cabe más que acostumbrarse. Y de todos modos la sensación general es de faena bien realizada, merecido premio al esfuerzo de cruzar al otro lado del mundo. Lo siguiente –muestra cinematográfica incluida– será Hanoi, al norte del país, sede del gobierno y zona cargada de significados en un país llamado Vietnam, donde es inevitable buscar asociaciones con la historia y sorprenderse con ciertas facetas del presente. Para los artistas argentinos, acostumbrados a saltar barreras a fuerza de expresiones contundentes, bien vale la pena vivir la aventura y tender un puente que, al cabo, es puro presente.

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Lidia Borda, la Selección y las dos parejas de bailarines, ovacionados en la Casa de la Opera de Ciudad Ho Chi Minh.
 
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