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Domingo, 15 de diciembre de 2013

TELEVISION › PRESENTACION DE PATRIMONIO Y NACION

La forma de la patria grande

El programa de la TV Pública arrancará el domingo 22 su segunda temporada. Alberto Petrina, su conductor, sostiene que “la historia de la arquitectura no puede separarse de la historia política”. La serie hará foco en el patrimonio de países latinoamericanos.

 Por Facundo Gari

¿Qué hay detrás de la acreditación de grandes obras ancestrales a marcianos? “La idea de que unos indios sucios no pueden haber sido capaces de levantar semejantes majestuosidades, de que por sí solos no pueden haber elaborado tales conocimientos, sino que tuvo que haber bajado una nave espacial a enseñárselos”, revela Alberto Petrina, conductor de la serie televisiva Patrimonio y Nación, cuya segunda temporada arrancará el domingo 22 a las 16 por la Televisión Pública. La relectura de la hipótesis gringa de unos extraterrestres ingenieros en América latina grafica un principio que el conductor –director nacional de Patrimonio y Museos, y titular de la cátedra Historia de la Arquitectura y el Arte de la UBA– le cincela a la pantalla: cada ladrillo tiene ideología. “¿Cuánta gente sabe que los kilómetros de construcción que Perón y Eva realizaron en nueve años equivalen a lo hecho desde el gobierno de Roca hasta 1946? La historia de la arquitectura no puede separarse de la historia política. Hay intereses que borran determinadas historias y, cuando borran las políticas, lo mismo les ocurre a las arquitectónicas, y viceversa”, desanda.

Veinte capítulos hacen a esta segunda vuelta de Patrimonio y Nación, concebida en la factoría del Centro de Producción e Investigación Audiovisual (Cepia) de la Secretaría de Cultura nacional. Tras haber recorrido el año pasado las provincias argentinas y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (emisiones incorporadas a la programación de vuelo de Aerolíneas Argentinas), el ciclo se dedica ahora al patrimonio arquitectónico y artístico de Brasil, Perú, Bolivia, Uruguay, Paraguay y Venezuela. “La Patria Grande”, congrega Petrina, que se perfila como “un hombre de pensamiento nacional, popular y americano”. Los primeros trece episodios documentan los períodos precolombino, colonial, republicano, moderno y contemporáneo de ciudades de esos pagos (el estreno será con Brasilia, y luego vendrán Tiwanaku, Montevideo y Caracas); y los otros siete elaboran cruces conceptuales, en busca del común denominador de la arquitectura sudamericana. “En muchos de estos sitios, colonias de potencias imperiales y la Iglesia, la mano de obra indígena encontró resquicios para volcar sus propias imágenes. Por eso el Barroco latinoamericano es distinto al de Roma, Sevilla o Munich”, advierte el arquitecto.

También es distinta la impronta sociocultural que tienen ese Barroco y la arquitectura en general en el guión de la serie. La postura queda enmarcada en el subtítulo “Memorias del futuro”, un oxímoron que saca a lo patrimonial de la imagen pasiva de los museos positivistas y la introduce en el magma activo de los pueblos. “Ese es el enfoque. Y hablo de un “nosotros” porque es un trabajo colectivo, con Juan Chiesa en la dirección técnica y Fermín Labaqui, en la de cámara”, atribuye. Continúa: “No hubiéramos aceptado hacer un programa para hablar de arquitectura desde una perspectiva meramente estética, para dedicarles veinte minutos a las delicias de un capitel o de un vitral. No hubiera sido de interés general ni útil para un canal público. Patrimonio y Nación no es un posgrado, sino una comunicación pública masiva: lo pueden mirar un profesor universitario y una persona sin el primario completo, y la meta es que los dos se queden con algo”.

Durante la presentación de este recorrido latinoamericano con foco arquitectónico, ocurrida el miércoles pasado en el flamante Museo Casa Ricardo Rojas, el secretario de Cultura, Jorge Coscia, ponderó el “gran salto de soberanía cultural” que significa “narrar la propia historia, sin que el relato venga de afuera”. El además cineasta prosiguió: “Durante décadas, el mundo anglosajón fue el encargado de contarnos nuestra historia, muchas veces de manera distorsionada. Los chicos argentinos sabían del Desierto de Kalahari, pero nada de la Quebrada de Humahuaca. Todavía no se mensura el daño que produjo que generaciones de chicos hayan consumido programas infantiles de realidades extrañas y con una enorme carga de violencia. A través de canales, productoras de contenido y proyectos tanto estatales como privados, eso está cambiando radicalmente”. Periodistas y funcionarios observaron en el Rojas un adelanto de veinte minutos de la serie, prueba de la belleza de los paisajes (algunos, poco vistos en televisión, como el Palacio da Alvorada brasileño) y de la técnica de su captura: nada que envidiarle a ningún programa de viajes de la TV privada. Aunque, a diferencia de la mayoría, Patrimonio y Nación tiene al volante a un tipo que sabe de lo habla, testimonios de especialistas del palo y aproximaciones a los habitantes de las naciones vecinas sin esa pose discriminatoria de visita al zoológico. “La mirada extranjerizante sobre nuestros pueblos está desapareciendo en el mundo político y es un deber acabar también con ese discurso desde el contenido cultural. Por eso, quienes hablan frente a las ruinas de Sacsayhuaman son Luis Lumbreras, el arqueólogo americanista más importante de la historia de Perú, y una tejedora, que lo hace en quichua. Cuidamos reflejar la complejidad profunda de cada país”, explicó Petrina.

Coscia enmarcó doblemente la serie: primero, en el volumen de producción y promoción realizada desde el Cepia (en dos años, lleva más de 500 horas de contenidos para TV digital); después, en una “auténtica revolución digital” impulsada por el gobierno nacional. “Estamos en un nivel de liderazgo, ligado a la cultura comunicacional y a su accesibilidad, a la reducción de las brechas en estos campos. Esta es una política de Estado que entiende la producción de contenidos educativos y culturales, digitales y tecnológicos como una responsabilidad pública. Si dejamos la educación, la cultura y la ciencia en manos privadas, como propone el proyecto neoliberal, quedan sujetas a las reglas perversas del mercado, del rating”, distinguió. Finalmente, consideró dos problemáticas ligadas para la producción audiovisual pública. “Hay que vencer el acostumbramiento, el hábito al consumo de banalidad sobre banalidad, porque los programas se repiten unos a otros. Y hay que dar a conocer la propuesta al público: la omisión mediática es una censura y es más peligrosa que la mentira, porque ésta puede ser discutida.”

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Alberto Petrina busca escaparle al relato esteticista del museo.
 
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