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Viernes, 13 de junio de 2014

CULTURA › ALEJANDRO MALOWICKI Y EL LIBRO HISTORIA DEL CINE INFANTIL EN LA ARGENTINA

“Si las historias están bien contadas involucran valores”

Cineasta especializado en la temática, coordinó un relevamiento que da cuenta de la producción cinematográfica vinculada con los niños. Malowicki sostiene que recién en los últimos años “la infancia empezó a estar más presente desde todo punto de vista”.

 Por Oscar Ranzani

Los miembros de la Asociación de Productores de Cine para la Infancia (APCI) vienen estudiando desde hace seis años todo lo referente a los chicos que se exhibe en las pantallas, a través del Observatorio Nacional del Audiovisual para la Infancia y la Adolescencia, que depende de la entidad que preside Alejandro Malowicki, cineasta especializado en esos temas y en ese público. Entre las múltiples actividades que realizan, se dieron cuenta de que nunca se había estudiado la historia del cine de producción nacional para chicos. Decidieron entonces realizar un relevamiento bajo la coordinación de Malowicki, que quedó plasmado en el libro Historia del cine infantil en la Argentina, cuya impresión pudieron concretar a través de un subsidio del área de Fiscalización del Incaa. “Nosotros nos planteamos un trabajo de investigación humilde porque la entidad no tiene una formación de investigación. Somos directores y productores de cine que nos metimos a hacer un libro sin tener una disciplina fuerte en ese tema”, reconoce Malowicki.

La publicación está dividida en cuatro partes. Hay un diccionario con fichas técnicas y sinopsis de todos los films dirigidos al público infantil desde 1963 a 2012. La segunda parte tiene otro diccionario con el mismo tipo de información de películas dirigidas a todo público que abordan problemáticas de los niños, pero que no apuntan a ellos, desde 1948 a 2012. Este trabajo de relevamiento duró dos años. La tercera parte del libro tiene entrevistas realizadas por Malowicki y su equipo a profesionales del medio cinematográfico, pero no consultaron exclusivamente a los cineastas, sino que también tuvieron en cuenta a ilustradores y productores, entre otros trabajadores de la industria cinematográfica. “Por otro lado, para completar el libro invitamos a críticos, escritores y especialistas que pudieran publicar un artículo referido al audiovisual para la infancia”, explica el coordinador de la publicación.

Malowicki asegura que apuntan a que sea un libro de consulta para los historiadores, los críticos de cine, los investigadores y los estudiantes de cine para que tengan acceso a una memoria de lo que se ha hecho en materia de cine infantil. “Es importante saber cuántas y qué películas para la infancia se hicieron en cada año o qué películas abordan el tema y desde dónde. Para que alguien quiera averiguar esto tiene que hacer un trabajo que nunca va a ser completo, porque realmente la información está desperdigada. Entonces, nosotros conjugamos toda esa información en un libro”, agrega el ideólogo del proyecto.

–¿Cómo fueron los orígenes del cine infantil en la Argentina?

–Los orígenes están un poco desdibujados. Una de las razones por las cuales nosotros tomamos a las películas que incluían problemáticas infantiles, aunque no hubieran sido especialmente hechas para los chicos o para los jóvenes, fue porque había una época en que iba toda la familia al cine. Por eso, la primera película que ponemos en el diccionario es Pelota de trapo, que hoy la podría ver perfectamente el público infantil, agarrando el tema y adaptándola a nuestras condiciones actuales de vida. Entonces, ¿es ése el comienzo del cine infantil en la Argentina? Ese es el comienzo de la preocupación de los directores por la infancia. Y yo creo que es más interesante plantearse –como lo hicimos nosotros– cuándo los hombres del cine se preocuparon o les importó tomar a la infancia como protagonista de sus películas. Desde entonces empezaron a haber muchos largometrajes que no fueron específicamente pensados para los chicos, pero sí para las familias. Y en las familias están los chicos y esa era una época en la que el cine era verdaderamente un espectáculo familiar y popular. Entonces, un poco surge de ahí.

–¿Cómo nota la evolución que ha tenido el género desde entonces?

–En cuanto a cantidad de películas, es realmente muy limitada. No tenemos mucha cantidad. Estamos hablando de que había años enteros en que no se hacían films para los chicos, incluso años seguidos. Y, de repente, había años en los que se hacían dos películas. En realidad, el género infantil en la Argentina se empezó a desarrollar en los últimos tiempos, con una intencionalidad y una fuerza interesantes. Antes era una cosa muy esporádica.

–¿A qué atribuye el cambio?

–Creo que tiene que ver con los cambios políticos que hubo en la Argentina, donde la infancia empezó a estar más presente desde todo punto de vista. Dejó de ser ignorada en su totalidad. Y durante muchos años fue maltratada. Cuando digo infancia hablo también de la adolescencia. Entonces, los cambios políticos fundamentalmente trajeron otros cambios: en lo que se refiere a la educación, a las políticas audiovisuales. Y también la función del Incaa. El Instituto generó concursos para que se hicieran guiones para las infancias, también se logró que hubiera dos personas especialistas en temas de infancia en los comités de películas infantiles, en los Espacios Incaa empezaron a organizarse ciclos de cine infantil en distintas partes del país.

–¿Cómo observa en las historias, según cada época, la manera de transmitir valores a la infancia?

–Nuestros valores como cultura estaban muy bien representados en el cine del ’40 y del ’50 en cuanto a las películas que tomaban en cuenta a la infancia, porque por otro lado así era casi todo el cine nacional. Nuestra cultura estaba muy presente. Claro que cuando empieza el paradigma de la distribución norteamericana en los años ’80 esto comienza a tergiversarse. Hoy tenemos una influencia cultural muy fuerte en los medios audiovisuales, fundamentalmente en el cine, que tiene que ver con el paradigma del cine infantil norteamericano. Entonces, evidentemente, nuestro cine infantil tiene que lograr no solamente interesar al espectador, sino además lograr que el espectador interprete un lenguaje diferente que no es el lenguaje del cine norteamericano. Esa es una doble lucha. Es un desafío que nosotros tenemos porque, en realidad, tenemos que desa-fiarnos a nosotros mismos y en nuestros propios territorios.

–¿Usted cree que las películas infantiles argentinas siguen, entonces, los parámetros del tipo de producción estadounidense?

–No, lo que yo creo es que el cine argentino infantil no tiene todavía experiencia suficiente. No hay concretamente una experiencia en guiones, con lo cual tenemos dificultades en ese aspecto. Hemos filmado poco para niños, hemos escrito poco para niños. Y hay una cosa gravísima: salvo la carrera de Diseño e Imagen de Sonido de la UBA y la de la Enerc, el resto de las carreras de otras escuelas de cine no incluyen la materia de cine infantil en su currícula. Por lo tanto, el estudiante, que es el que realmente va a generar una producción, no tiene la menor idea de lo que significa el cine infantil ni en el mundo ni en la Argentina. Eso es gravísimo y es la causa fundamental por la cual no tenemos una buena producción de cine infantil.

–Volviendo a los contenidos, ¿cuáles son los conflictos principales que se desprenden de las historias catalogadas?

–Son bastante variados, en general. Para chicos muy pequeños se trabajan historias que tienen que ver con los valores. No son películas donde se trabaje la cultura propia local, salvo excepciones, como Cuentos de la selva, que ha tomado temas de Quiroga, o Martín Fierro, que se ha hecho en dibujo animado para chicos más grandes. También en mi película Las aventuras de Nahuel hemos tomado las leyendas de las culturas que han poblado nuestro territorio. Pero así como hay películas que han tomado problemáticas propias de nuestras culturas, también hay otras que se han hecho tomando valores universales mirados desde un director argentino.

–¿En qué lugar ubica a Metegol?

–Es una película netamente argentina muy bien hecha. Obviamente, es una excepción desde el punto de vista de la producción, porque nosotros no podemos llegar a tener un desarrollo de producción acorde como para hacer varios Metegol. Es afortunadamente propia de una productora que ha logrado con muy buenos resultados una gran película. Y es un largometraje infantil que ha logrado también algo muy importante: que los adultos se identifiquen junto con los chicos frente a la pantalla.

–¿Cómo analiza el rol que tuvo el cine para todo público incluyendo a la audiencia infantil durante la etapa de la dictadura?

–Era un cine que se estrenaba en vacaciones de invierno. Eran las películas “para la familia”. Hubo films que realmente eran paradigmáticos: por ejemplo, los de Carlitos Balá, donde se enaltecían las actividades de los militares. También algunas películas de Palito Ortega. O sea, tomaban actores muy populares pero que, en realidad, trabajaban temáticas donde estaban presentes los disvalores del Proceso militar. Esto era muy fuerte durante los años de la dictadura.

–¿Cómo observa la manera de dirigirse a los chicos que tienen actualmente los profesionales adultos del medio?

–La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual fue importante en ese sentido porque toma muy en cuenta a la infancia. Por primera vez se decide que un niño no es un menor: un niño es un niño. “Menor” es un término totalmente penal. Y se usan las palabras “niños” y “niñas”. Esto también llega a todos los directores de cine, a todos los que estamos en los medios audiovisuales. Por ejemplo, esto llega para que uno entienda la importancia que tiene un niño en la vida cotidiana. Entonces, la infancia ya no es ausente, ya no es abandonada por el director de cine, pero lo que sí es cierto y que tiene que ver nuevamente con el tema de la educación del cine, es que no se conocen a lo mejor las problemáticas que atraviesa la infancia. Y no hablo sólo de las problemáticas sociales, que no hace falta ser un director de cine para conocerlas, sino de las relacionadas con la manera en que el niño puede percibir una película: cuáles son las cosas que más le importan, qué es lo que más le llega, inclusive al inconsciente, cuáles son los temas que le preocupan ver reflejados en las películas, cómo hace un niño para identificarse con una historia. En general, los directores desconocen eso porque es algo que se tiene que estudiar, no es algo natural. Los que hacen buen cine para niños en el mundo lo saben muy bien. Nosotros tenemos esa falencia.

–Con la incorporación de las nuevas tecnologías, ¿la audiencia infantil cambió su manera de recibir los contenidos audiovisuales?

–Es un tema que estamos evaluando constantemente. De por sí, el cine no es la pantalla más vista por los chicos, es la menos vista, a pesar de que pueden ver cine por video en un televisor. Hoy, el chico está más en contacto con otras pantallas: las digitales, las de los celulares, las de los smartphones, las de las tablets, etcétera. Y esto es transversal. No es solamente para los chicos que tienen medios económicos. Hay chicos muy humildes que tienen su pantalla y juegan. El tema de los juegos y de las pantallas digitales está atravesando el hábito de cómo el niño se encuentra con los contenidos. Ahí tenemos otro problema muy grave: los contenidos que reciben los niños a través de las pantallas digitales, en su mayoría no son producidos por nuestra cultura. Nosotros no estamos produciendo contenidos para las pantallas a las que acceden los chicos. Podemos decir que tenemos una pantalla maravillosa que es Pakapaka. Correcto. Es una señal muy importante, pero no alcanza. Debemos tener la decisión de llegar a todas las pantallas con todos los contenidos y no sólo con los que representan una mirada concreta.

–¿El cine infantil debe tener también un mensaje para los adultos?

–Primero que nada habría que discernir sobre el tema del mensaje. Hay un prejuicio que señala que el cine para niños tiene que ser educativo y llevar mensaje. No, primero que nada, el cine para niños debe ser entretenido para que el niño lo pueda ver. Tiene que haber una historia muy bien contada, como en las buenas películas para adultos y para chicos. Si las historias están bien contadas involucran valores. Y ya no hace falta nada más. La idea es que yo pueda contar bien una historia y rescate de ésta los valores que yo, como autor, pretendo comunicar. Pero no como una moraleja o como una fábula, sino como autor. Cuando yo hago una película para adultos, ¿me tengo que preocupar por eso? No. Tengo que tratar de que el espectador se entretenga, ya sea emocionándose, que llore, que se conmueva, pero que fundamentalmente se entretenga, porque si no, no va al cine. ¿Y por qué no tengo que pensarla igual cuando hago una película para chicos? Es exactamente lo mismo, con la única diferencia de que mi espectador no es igual porque no es adulto como yo. Entonces, tengo que conocer mucho a mi espectador.

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“Nosotros no estamos produciendo contenidos para las pantallas a las que acceden los chicos”, plantea Malowicki.
Imagen: Pablo Piovano
 
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