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Miércoles, 11 de noviembre de 2015

CULTURA › A LOS 78 AÑOS, MURIO EL FILOSOFO FRANCES ANDRE GLUCKSMANN

La despedida de un pesimista notable

“Me gusta bastante decepcionar a la gente que me puso una etiqueta que no elegí”, dijo para responder a las críticas que recibió por su apoyo al derechista Nicolas Sarkozy. Fraguado al calor del Mayo francés, Glucksmann terminó envuelto en múltiples polémicas.

 Por Silvina Friera

La metamorfosis ideológica de un pesimista francés ha sido condensada en un paradójico itinerario: “Viejo progresista, nuevo reaccionario”. El caso de André Glucksmann –que murió el lunes por la noche en París, a los 78 años– es más complejo que la etiqueta maniquea “héroe” o “villano”. Su irrupción en la vida política y social francesa, como muchos jóvenes militantes de izquierda, fue durante las jornadas del Mayo de 1968. Estos jóvenes treintañeros ya no tenían como faro a la Unión Soviética, a diferencia de algunos de sus “padres” intelectuales como JeanPaul Sartre, Raymond Aron o Michel Foucault, más cercanos al Partido Comunista Francés. El cuestionamiento al legado totalitario soviético comenzaba a separar las aguas de la intelectualidad francesa. El entusiasta muchacho de voluminosa melena que fue Glucksmann aprendió de su combativa madre que “protestar es eficaz”. Aunque perteneció a la Gauche Prolétarienne, un grupo revolucionario maoísta defensor de la llamada Revolución Cultural China, pronto cundió el desencanto con el marxismo por los campos de concentración en la URSS. “Nací en una familia de austríacos comunistas. Yo lo fui también al principio. Pero se aprende de los errores. Y yo aprendí bastante deprisa. Así que sí, soy un converso”, dijo el controvertido filósofo en una entrevista en 2010, cuando se iniciaba otro arrepentimiento: su apoyo explícito por Nicolas Sarkozy por respaldar la invasión a Irak. A pesar de esta deriva política que ha despertado tantos resquemores como perplejidades, hay un hilo conductor en su compromiso contra los totalitarismos, en defensa de los derechos humanos –especialmente minorías como chechenios y kosovares–, y su activa participación en movimientos anticolonialistas.

Glucksmann observaba el mundo a la luz de su reconocido pesimismo. Un intelectual debía ser siempre “un profeta del desastre”, un visionario “capaz de vaticinar, en la propia semilla, la flor venenosa”. El filósofo francés nació el 19 de junio de 1937 en Boulogne Billancourt, una ciudad limítrofe con París, en el seno de una familia de judíos austríacos comunistas. Cuando Glucksmann tenía 4 años, la familia logró escapar de un vagón de tren que debía conducirles a un campo de concentración. Su madre se puso a gritar a los demás detenidos lo que les esperaba, hasta que los agentes la apartaron y sacaron del vagón. “Ese día aprendí la primera lección de mi existencia: que la insolencia y la verdad sirven para algo”, reconoció al recordar ese acontecimiento decisivo. Pasó el resto de la guerra en la clandestinidad, haciendo de monaguillo en una escuela de monjas, mientras su madre se implicaba en la resistencia. Asociado al movimiento conocido como el de los “nuevos filósofos” junto a Bernard-Henri Lévy, rompió con el marxismo al publicar el ensayo La cocinera y el devorador de hombres (1975), donde establecía un polémico paralelismo entre nazismo y comunismo y explicaba que “el marxismo no produce sólo paradojas científicas sino también campos de concentración”.

En 1977, junto a Aron y a Sartre, encabezó la iniciativa para ayudar a los refugiados de Vietnam en Francia. Glucksmann defendió la intervención de la OTAN contra la Serbia de Slobodan Milosevic en 1999, en apoyo de la minoría kosovar. También estuvo a favor de la intervención de la Alianza Atlántica en Libia, contra el régimen del dictador Muammar Khadafi, y siempre simpatizó con la causa chechena frente a Moscú. “Yo estoy a favor del desembarco de los americanos en Europa en 1944, al que debo mi vida. Sigo fiel a esa idea, fundadora de la ONU, que es el derecho a intervenir contra el totalitarismo más allá de las fronteras”, planteaba el filósofo.

El autor de Una rabieta infantil (Taurus), su libro más autobiográfico, Occidente contra Occidente (Taurus), Los dos caminos de la filosofía, Sócrates y Heidegger: ideas para un tiempo trágico (Tusquets) y El discurso del odio (Taurus), entre otros títulos, siempre fue un crítico feroz del nihilismo y un filósofo demasiado transgresor o heterodoxo, según como se lo quiera calificar. Su mayor provocación fue votar a Nicolas Sarkozy en las elecciones presidenciales de 2007. “Me gusta bastante decepcionar a la gente que me ha puesto una etiqueta que no he elegido. No soy incondicionalmente de izquierda. Soy como la mayoría de los franceses: elijo”, declaraba entonces para justificar su opción por un representante de la derecha. Después, cuando el entonces presidente francés se aproximó a Vladimir Putin, Glucksmann, muy crítico del autoritarismo del presidente ruso, decidió alejarse de Sarkozy. “Penetrado por la tragedia de la historia tanto como por su deber de intelectual, no se resignó a la fatalidad de guerras y masacres. Siempre estuvo en alerta y a la escucha del sufrimiento de los pueblos”, expresó el presidente francés, Françoise Hollande, en un comunicado a modo de homenaje a un pensador atravesado por las esquirlas de la conversión y el arrepentimiento.

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“No soy incondicionalmente de izquierda. Soy como la mayoría de los franceses: elijo.”
 
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