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Viernes, 12 de abril de 2013

HISTORIETA  › TORTAS FRITAS DE POLENTA, SOBRE LA GUERRA DE MALVINAS, MAÑANA EN LA FIERRO

Cuando la historieta cierra etapas

El dibujante Adolfo Bayúgar entrevistó durante dos años al ex combatiente Ariel Martinelli y el resultado es un relato íntimo, una crónica personal, apelando a la voz de quien recuerda y, al mismo tiempo, libera su propia vida.

 Por Lautaro Ortiz

Durante dos años, un dibujante de historietas y un ex combatiente de la guerra de Malvinas se juntaron en mesas de café de Mar del Plata. En ese tiempo, uno solo usó los dedos para presionar el “rec” del grabador mientras el otro volvía a tropezar con voces, imágenes y paisajes que había preferido callar hacía mucho tiempo. Es que sobre esas mesas de café uno se había decidido a abrir puertas para limpiarse del pasado y el otro quería escuchar para ponerse a contar el pasado de una manera distinta. Adolfo Bayúgar se llama el dibujante-biógrafo y Ariel Martinelli el guionista-testigo. Ambos crearon lo que se dio en llamar Tortas fritas de polenta, una historia autoconclusiva de 70 páginas “tan contundente como la mejor y más poderosa de las crónicas que hemos leído y/o visto sobre el conflicto que sigue siendo una herida abierta”, tal como señala Juan Sasturain, director de la revista Fierro que mañana sale junto a Página/12.

Si hace 29 años, en aquella primera etapa de la Fierro, el Loco Barreiro –junto a un puñado de grandes dibujantes– abordó el tema de la guerra de Malvinas en un gesto de reconstrucción histórica, hoy la nueva Fierro presenta un relato íntimo, una crónica personal, apelando a la voz de quien recuerda y, al mismo tiempo, libera su propia vida. Son las palabras de un hombre que, como tantos, debió enfrentar el miedo, el hambre y la muerte mientras los que estaban en el poder abrían la boca del infierno. Al modo del Maus de Art Spiegelman, Bayúgar escucha y hace escuchar a Martinelli avanzar por el antes, durante y el después de la guerra, a través con un dibujo contenido, que no sólo acompaña sino que ayuda a que la voz del que relata no se quiebre. Ese es Bayúgar, nacido en Tres Arroyos en 1972 y ya conocido por los lectores de Fierro (en 2008 fue uno de los ganadores del concurso Hora Fierro con una versión de “La Madre de Charlie”, de Oesterheld).

–¿Cómo fue el encuentro con Ariel Martinelli, ex combatiente de Malvinas? Según se cuenta en la introducción, mantuvo entrevistas con otros ex combatientes que, por distintos motivos, no aceptaron contar su historia para ser llevada a la historieta...

–A Martinelli lo conocí en el año ’93 o ’94, en la casa de un amigo en común, cuando yo vivía en Mar del Plata. Ya tenía la idea de hacer una historieta sobre el tema Malvinas, y cuando supe que era un veterano de guerra y planteé la posibilidad, mi amigo me dijo: “¡No toques el tema de la guerra! Nunca habló y no te va a contar nada”. A los pocos años, ya viviendo en Tres Arroyos, comencé a buscar a personas que hayan pasado por esa experiencia. Algunos no me contestaron, otros se mostraron más interesados, pero finalmente no se dio. Hasta que en el invierno de 2010, decidido y obsesionado, llamé a mi amigo y le pedí que intercediera con Ariel, para que me permitiera hacerle unas preguntas. Al final, Martinelli vio mis dibujos en Internet y accedió. “Ya es tiempo de contar... pasaron treinta años”, me dijo.

–Durante los dos años de trabajo, ¿qué dificultades tuvo que enfrentar para construir este relato íntimo, casi confesional?

–Quería su relato subjetivo, que Martinelli no se distrajera contándome cosas que había escuchado de otros, o la parte diplomática de la historia, o la parte táctica. Sólo quería que me contara las situaciones que él vivió, sus pensamientos, sus intimidades, sus miedos. No necesitaba un relato histórico de la guerra que todos ya sabemos. Tardamos dos años por varias circunstancias: no podía ir a verlo a Mar del Plata todos los fines de semana y él quería hablar el tema personalmente. Yo quería que Ariel entendiera que básicamente se trataba de su biografía. Me relató sin problemas, cronológicamente, lo relacionado con este período y hasta el comienzo del primer bombardeo en Malvinas, pero cuando quiso seguir con la historia, se complicó y empezó a mezclar situaciones. La verdad es que me volví loco después para armar ese “rompecabezas”. La parte más complicada fue, sin dudas, el recuerdo durante la batalla. Ahí sí hubo mucha confusión, recuerdos entrelazados, muy desordenados, tal vez producto de una amnesia emocional debido a lo dramático de la situación. Ese fue el mayor desafío: él tratando de recordar y yo intentando “cerrar” la historia. Porque para ese momento ya tenía dibujados varios capítulos iniciales y el final, pero veía que faltaba mucha información de ese período. Hasta que un día decidí terminar la historieta con la información que tenía; comprendí que Ariel ya no me podía contar nada más. Siento que hubo situaciones que se guardó, seguramente por respeto a sus compañeros muertos, porque nunca me dio nombres de los chicos fallecidos. No lo culpo, sino que, por el contrario, intento comprenderlo.

–¿Por qué cree que después de tanto silencio, Martinelli pudo hablar? ¿Cuáles cree que son los motivos para que se decidiera a contar lo que vivió en Malvinas?

–Ariel aceptó contar su experiencia, confesando que era momento de “cerrar” etapas, que al pasar tantos años, era también una manera de desahogarse y poder relatar lo que seguramente hasta hacía tiempo le dolía y lo perturbaba. De hecho, me comentó que en alguna oportunidad recibió a un periodista de un diario y, cuando se sentaron y se prendió el grabador, no pudo decir una palabra. Al encarar el proyecto le pedí sinceridad, le dije que era una oportunidad de desahogarse después de tantos años de silencio. Por suerte di con una persona que puso entrega y confianza en el entrevistador y, cuando me contó algunas cosas, algunas muy íntimas o pensamientos muy personales, él siempre se hizo cargo y me dio el permiso para retratarlas. No tuvo temor de contar lo que quería contar, no hubo miedo, en esta época el temor no está presente para decir lo que se vivió en Malvinas. Martinelli cree que la historieta es el primer paso para definitivamente dar por terminada esa etapa, no sin antes volver a las islas, teniendo el honor de que me invitase a acompañarlo junto a su hijo.

–Más allá del trabajo casi periodístico que hizo, hubo una decisión gráfica de cómo presentar la historia. ¿Cuánto tuvo que ver la lectura de Spiegelman?

–El libro Maus me voló la cabeza. Me lo recomendó Miguel Rep, en una serie de charlas que dio en Mar del Plata a mediados de los ’90. Por supuesto, hubo otras lecturas, mucha información de Internet, revistas, etc. Pero tampoco me quería “contaminar” mucho con otros relatos de otros combatientes, porque tal vez eso me hubiera influido en cómo encarar el vínculo con Martinelli. En cuanto al estilo gráfico, hubo un par de decisiones que tuve que tomar. No soy tan dúctil ni manejo muchos estilos a lo Félix Saborido, pero me di cuenta de que esta historia tenía que ser en blanco y negro o, en realidad, más sobre negro que blanco. Es una historia oscura. Enseguida pensé en el viejo Breccia, quién si no. Obviamente, con mi estilo, pero tratando de copiar una de sus técnicas, entintar y luego “redibujar” con témpera blanca. Como no soy buen dibujante, tengo más limitaciones que recursos, entonces esa técnica me viene bien para “manchar” más que dibujar trazos. Por supuesto que hay páginas que me gustan más que otras, pero generalmente está aceptable. Soy de la idea del balance entre guión/dibujo, y en caso de “desbalance”, priorizo el guión. O sea, mejor un buen guión y un dibujante mediocre, que al revés.

–¿Cuánto del relato de Martinelli quedó afuera? ¿Cuál fue su intervención en la corrección de textos y cuáles sus sugerencias?

–Ariel no participó más que en las entrevistas; después me tomé (y él me dio) la libertad de ordenar la historia a mi criterio, aunque igual le iba mostrando el resultado final. Cuando ya no pude organizar cronológicamente el relato, decidí acomodarlo temáticamente: hambre, bombardeos, frío, higiene, etcétera. Poco y nada de lo conversado quedó fuera de la historieta. Si yo pudiera editar lo grabado, podría leerse la historia escuchando la “voz en off” de Ariel, lo que da una idea de lo meticuloso que fui al querer respetar al máximo lo que me relató. Yo quería que el lector sintiera que Ariel narraba la historia a su lado.

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“Quería que el lector sintiera que Ariel narraba la historia a su lado”, afirma Bayúgar.
Imagen: Dafne Gentinetta
 
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