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Sábado, 12 de noviembre de 2005

“MADAME BOVARY”, UN CLASICO INDESTRUCTIBLE

El Quijote con faldas sigue asombrando por su modernidad

Página/12 regala a sus lectores mañana y el próximo domingo, en dos tomos, la obra cumbre de Gustave Flaubert.

 Por LILIANA VIOLA

Madame Bovary es la adúltera más famosa del mundo de la ficción. Y no sólo eso, mantiene ese título desde hace más de un siglo. Desde la versión cinematográfica de Claude Chabrol hasta la puesta local que continúa en cartel en la calle Corrientes, la figura de Emma ha demostrado ser capaz de superar incluso los límites de la literatura. Con sólo decir su nombre, se acerca a los saltitos, se nos presenta con su pose afectada y romántica, con una novelita rosa a su costado y unos pasos más atrás, un marido. Ese es el bueno de Charles, aquel correcto viudo casado con ella en segundas nupcias, médico de provincia que no supo ver en los suspiros de su mujercita, la esperanza y también el cuerpo entregados a tantos caballeros. Desde el tímido y joven amante hasta el experto Rodolfo, todos la defraudaron. Ella, por su parte, en la búsqueda del sentimiento verdadero, desestimó ahorros, sentido maternal, compostura, la vida apacible. Aún hoy, cuando los parámetros morales han cambiado tanto y resulta un atropello juzgar la infidelidad, los devaneos de Madame Bovary, por castos o destructivos, siguen siendo escandalosos. Y en eso también reside la maestría de Flaubert (1821-1880). El dilema del lenguaje que siempre esconde las intenciones, y la inutilidad tan absoluta de la infracción, lograron pasar por alto los valores de una época y trajeron esta novela intacta hasta nuestros días. Sin dudas, Madame Bovary –el libro que Página/12 junto con Editorial Losada regala a sus lectores mañana y el próximo domingo, en dos tomos– es capaz de afrontar las exigencias de un espectador moderno. Su actualidad es la confirmación de que algo perfecto o por lo menos mágico, ha estado organizando todos sus hilos desde que Flaubert inició este experimento allá por 1850.

El Quijote con faldas
Claro que, a juzgar por la síntesis del argumento, se podría inferir que estamos sentados ante un melodrama. No es así, si bien la obra admite con gran hospitalidad a los lectores que sólo busquen eso. En todo caso, representa, como el Quijote lo hace para las novelas de caballerías, la negación de esas lecturas. El público francés de mediados del siglo XIX seguía embobado a pesar de que ya estaba Balzac instalado en el horizonte del realismo, por las novelas inverosímiles con héroes y heroínas. Emma Bovary es una gran lectora de aquellas páginas; avalada por un elenco de personajes tan vulgares como ella, dedica su existencia a cumplir al pie de la letra con la representación del sentimiento. Con las imágenes equivocadas. Si el personaje de Cervantes quería desenredar entuertos, ella quiere sentir, quemarse en su propia pasión, y se vale de las palabras, las metáforas, los huecos galanteos, para ser auténtica. Emma recurre y se enreda en la metáfora, en el discurso amoroso que no dice lo que siente sino lo que el otro quiere escuchar.
El lenguaje como trampa, ejercicio de una conquista que ni siquiera disfruta comiéndose a la presa. Esta práctica de la necedad y del vacío no es privativo del siglo XIX, o en todo es un paso más en un camino que llega hasta el siglo actual bajo el signo del amor líquido. “Flaubert descubrió la necedad –ha dicho Vladimir Nabokov–, me atrevo a decir que éste es el descubrimiento más importante de un siglo tan orgulloso de su razón científica. Pero lo más chocante, lo más escandaloso de su visión es que para él la necedad no desaparece ante la ciencia, la técnica, el progreso, la modernidad. Al contrario, con el progreso, ella progresa también.” Madame Bovary, libro al que Ortega y Gasset llamó “Quijote con faldas” y que Tolstoi homenajeó con su Ana Karenina, admite, como la historia del hidalgo, lecturas múltiples. Tantas lecturas que se puede afirmar sin exageración que todos sus párrafos han recibido ya, la disección de la crítica y la academia.Madame Bovary soy yo
Si la pobre Emma decidió en las últimas páginas de su historia pagar sus arrebatos con arsénico, Gustave Flaubert, por su parte, era llevado a juicio, acusado de haber escrito una novela pornográfica y ofensiva para la religión cristiana con un personaje que después de tanto pecado además se quita la vida. El juicio se produjo en 1857, un año después de su publicación en Francia. La novela que había aparecido en entregas en la Revue de Paris ofendió a la moral de la época y obligó a buscar un culpable. Finalmente el autor resultó absuelto aunque nunca se libró de la pregunta cortesana acerca de quién había sido su modelo en la vida real. La famosa respuesta “Madame Bovary soy yo” no sólo tuvo la contundencia de desalentar a los chismosos sino de sentar con una máxima su postura frente al trabajo literario. La idea argumental se disparó a partir de una noticia aparecida en un diario de la época, y el resto se le debe a la obsesión de Flaubert por retratar los pensamientos, las ficciones de una sociedad cuidándose de jamás deslizar juicio alguno.
Tal vez Madame Bovary sea Flaubert, pero él nunca se deja ver en sus páginas. Esbozó la línea argumental completa y luego dedicó todos sus nervios destruidos a construir cada escena. Confiaba en que el encuentro con la palabra exacta es la única manera de no faltar a la belleza. Simple en apariencia, la novela de Flaubert es un monumento al artificio, al esfuerzo por la construcción, por el efecto. Según Mario Vargas Llosa, entre otros, Madame Bovary puede considerarse la primera novela moderna por su inauguración de la técnica del monólogo interior y por las características antiheroicas de los personajes. Casi todos los escritores tomaron partido frente a esta novela, espejo frente al cual se reflejan o evaporan ficciones futuras. Las críticas dicen y se desdicen. Sigue quedando, después de todo, un único gesto que vale repetir. El ejercicio de avanzar, entrar en la intimidad de Emma, sea quien sea esa mujer, página por página.

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