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Viernes, 27 de junio de 2008

DANIEL “PIPI” PIAZZOLLA Y ESCALANDRUM, HOY EN LA TRASTIENDA

“Presentar un disco es una fiesta”

El músico habla de Visiones, el opus cinco del grupo que, a pesar de las múltiples actividades de sus integrantes, ya tiene nueve años de vida: “Este disco es producto de la presión de tocar, del escenario, de la performance”.

 Por Santiago Giordano

Un nuevo disco, en cualquier circunstancia y no solamente por corrección, encierra motivos para la celebración. Sobre todo si se trata de jazz hecho en la Argentina, y más aún si el registro en cuestión se suma a otros de una misma formación, alcanzando una cifra poco frecuente fuera de los circuitos pudientes de la producción y distribución musical. Escalandrum, el sexteto liderado por el baterista Daniel “Pipi” Piazzolla, acaba de publicar Visiones, su quinto disco, y lo presentará hoy a las 21 en La Trastienda (Balcarce 460). Más allá de cifras y satisfacciones, posiblemente el dato artísticamente relevante sea que el nuevo registro es un eslabón más en un trayecto inquieto, la punta de una exploración cuyo recorrido, en resumidas cuentas, comenzó hace nueve años con el latin jazz y hoy se acerca a cierta abstracción con sabor argentino.

Junto a Piazzolla, Nicolás Guerschberg (piano), Mariano Sívori (contrabajo), Gustavo Musso (saxos alto y soprano), Damián Fogiel (saxo tenor) y Martín Pantyrer (clarinete bajo y saxo barítono) definen una búsqueda que encuentra uno de sus pilares en hacer composiciones propias, a partir de las que es posible definir e incorporarse a un universo expresivo común.

“El primer disco (Bar Los Amigos, 2000) fue de latin jazz. No estaba mal, fue un trabajo bien hecho, estaba bien tocado y tenía música original, salvo un par de covers”, recuerda Piazzolla en diálogo con PáginaI12. “El segundo (Estados alterados, 2002) marcó un cambio hacia lo acústico y definió la actual formación, con contrabajo y clarinete bajo. Ese disco fue un poco el producto de la crisis de 2001, que nos impulsó a buscar una identidad propia, a mirar más hacia adentro. Nos liberamos en cierta manera de la etiqueta de latin jazz y tratamos de abordar algo que tuviera que ver con nosotros. Entonces recurrimos a ritmos argentinos, pero los exponíamos cruditos, sin demasiada elaboración.”

“Fue a partir del cuarto disco (Misterioso, 2006) que logramos un estilo más nuestro”, continúa el músico. “Ya habíamos destilado la música argentina y entonces podíamos lograr la abstracción necesaria para que se escuche una chacarera sin que nadie la esté tocando concretamente. Llegamos a esa síntesis después de muchos años de tocar juntos. A partir de ahí, Visiones salió mucho más agresivo, más concreto, más focalizado en la improvisación. Sin descuidar las composiciones y los arreglos, hemos invertido los porcentajes del disco anterior, cada uno se expone más como instrumentista. Lo grabamos después de una gira por Colombia, República Dominicana y un mes en Europa y es producto de la presión de tocar: es producto del escenario, de la performance.”

Escuchar que en un mismo discurso se articulan términos como “improvisación”, “chacarera” o “jazz latino” induce a remover en las posibilidades de un “jazz argentino”. Piazzolla tiene ideas claras al respecto. “Cuando me fui a estudiar a Los Angeles, aguanté un año”, explica. “No aguantaba estar afuera, me volví y empecé a laburar acá, a hacer música acá. Si eso es un camino para tener un jazz propio y que se acerque a la sensibilidad del público, más allá de las elites del jazz en general, me parece genial. Y si el jazz que se hace en la Argentina tiene buena respuesta acá es porque hay un público que se siente identificado, atraído por eso. Yo defiendo esa idea, y creo que un jazz argentino es posible.” “Además, se supone que un jazz argentino debería entrar en la etiqueta de jazz latino”, agrega Piazzolla, desafiando el lado caprichoso de los rótulos.

Desde este cruce se mueven las composiciones de Nicolás Guerschberg y Damián Fogiel que el sexteto presentará esta noche, con invitados como el saxofonista Pablo Rodríguez y los trompetistas Juan Cruz de Urquiza y Richard Nant. “Son amigos y van a venir a zapar”, anticipa Piazzolla. “Para nosotros, presentar un disco es una fiesta; con lo que cuesta grabar, queríamos compartirlo con músicos que de una manera u otra están cerca nuestro.”

Si la música es el arte de combinar horarios, lugares y agendas ajenas, a los méritos artísticos de los músicos de Escalandrum se suma el de cumplir nueve años de actividad continua, aun cuando todos sus integrantes, más o menos, tienen sus propios proyectos o participan en otros. Piazzolla, por ejemplo, toca con Nant en el grupo Argentos y está además en el cuarteto de Juan Cruz de Urquiza, entre otras cosas. “Se trata de combinar las fechas, pero tenemos la camiseta puesta y para cada uno de nosotros Escalandrum es una prioridad”, asegura Piazzolla.

“Ese espíritu de tener varios frentes abiertos me entusiasma, yo me crié así. Nací en una familia de tango, empecé con la música clásica, en la adolescencia escuchaba tecno y rock, después cuando agarré la batería me enganché con el jazz. Cuando me fui a Estados Unidos, como hablaba poco inglés me metí en el mundo latino y ahí empecé a tocar ritmos latinos. Llegué acá y tocaba tango con mi viejo, tenía una banda de funky, estaba en un grupo peruano de salsa, también con el trío de Daniel Maza, con Lito Vitale, hasta que me dediqué a tocar la música que más me gusta y me volqué de lleno al jazz.”

Llega el segundo café y Pipi Piazzolla sigue conversando. Cuenta que empezó casi en broma, armando ritmos con una batería electrónica que tenía su papá y que después de escuchar un recital de rock se hizo una en su casa, con carpetas y guías telefónicas; habla del sobre con 1400 dólares que un día su abuelo Astor le regaló para que se comprara su primer instrumento; recuerda cuando flasheó escuchando a Tony Williams en un disco del quinteto de Miles Davis; dice que está acostumbrado al peso musical de su apellido. También tiene otra teoría: que posiblemente todo sea producto de que cuando era chico y lo llevaban a la cancha a ver a River, en vez de seguir el partido se fascinaba mirando los bombos, los platos y los tamboriles de la barra en las tribunas; entonces su mayor aspiración era tocar con ellos. Una prueba de que las raíces del jazz argentino están en todos lados.

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“Si el jazz hecho en la Argentina tiene buena respuesta es porque hay un público que se siente identificado.”
Imagen: Leandro Teysseira
 
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