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Martes, 13 de diciembre de 2005

“EL LUGAR DEL HECHO”, UN ENCUENTRO DE ESCRITORES EN EL VIEJO HOTEL DE OSTENDE QUE DEJO VARIOS “BOCADILLOS”

“Esto fue como una especie de regresión adolescente”

Reunidos en el imponente hotel junto al mar, Juan Forn, Sergio Bizzio, Pedro Molina Temboury, Marina Mariasch, Fabián Casas, Mariana Enriquez, Hebe Uhart, Cecilia Pavón y Fogwill reflexionaron sobre el arte de escribir y buscaron “producir algo”. El director Mariano Llinás registró todo para producir un documental del encuentro.

 Por Silvina Friera
Desde Ostende

“¡Uy, no... más de cuatro escritores juntos... se van a sacar los ojos!” Eso le dijeron a la poeta Cecilia Pavón cuando anunció a un puñado de amigos que se iba una semana al Viejo Hotel Ostende, a un encuentro de escritores titulado “El lugar del hecho”, sin más consignas que pensar un cuento, una crónica o un poema en prosa, desarrollarlo y escribirlo. Pero los famosos egos literarios, tan grandes como los médanos que alguna vez sepultaron al hotel en el que se alojó Antoine de Saint-Exupéry (ver aparte), se quedaron en la puerta de entrada o se fueron por ahí con los fantasmas que dicen que frecuentan el lugar. Lo cierto es que el “experimento” –algunos incluso usaron la definición “reality show literario”, por la cámara del director Mariano Llinás que registró las conversaciones, los almuerzos, cenas y sobremesas hasta la madrugada– funcionó. Nadie se sacó los ojos, “nos divertimos como locos”, según Mariana Enriquez, y esos locos lindos “tuvimos una especie de regresión adolescente”, comparó Hebe Uhart. Fogwill cantaba por los pasillos, hacía de DJ pasando música con su computadora portátil y de vez en cuando miraba hacia la pileta donde estaba su hija y le decía: “Pilar, no te ahogues”.

Las mil y una noches
La mayoría de los escritores que fueron llegando a Ostende –Juan Forn, Sergio Bizzio, el español Pedro Molina Temboury, Marina Mariasch, Fabián Casas, Mariana Enriquez, Hebe Uhart, Cecilia Pavón y Fogwill– no se conocían personalmente. En algunos casos habían leído algo del otro, pero ahora el desafío era convivir una semana. Del otro lado del umbral los esperaban Abraham Salpeter, dueño del hotel, su hija Roxana y Juan Pablo Correa, director de la revista Negra, ideólogos de este encuentro que cruzó generaciones y estéticas difíciles de conciliar. Pero Ostende generó un clima de banquete culinario-literario donde se impuso la sociabilidad de lo cotidiano: desayunar, almorzar y cenar juntos, charlar de bueyes perdidos, de novios inolvidables como el de Hebe –que era borracho y había que comprarle trajes en “Casa Muñoz”– o el de Mariana, un nómade australiano que anda en bicicleta por el mundo, o las 800 a 2500 pulsaciones por minuto del colibrí (la cifra más baja la dio Fogwill, la más alta Pedro), un pájaro al que le gusta pasearse por las flores del jardín del hotel, o “el bocadillo de Delfor” (por el actor Delfor Medina), como bautizó Fabián a las sabias palabras que le dijo el actor sobre el asedio a las mujeres: “Con un buen bocadillo puede caer hasta la princesa de Mónaco”. Un novio, un pájaro, un consejo o un recuerdo disparaba una anécdota, y otra y otra. “Los escritores no tenemos edad”, decía Hebe. Cada uno aportaba su bocadillo y la cámara de Mariano Llinás agradecida.

¿La hora de trabajar?
Aunque tanta euforia, comilona y bebida parecía atentar contra la idea de “producir algo” –un libro con relatos inspirados por la estadía en el hotel–, varios estaban escribiendo sus cuentos o crónicas. No hay que estar encerrado, sufriendo y torturándose para poder escribir. El encuentro también sirvió para desmitificar un oficio en el que prevalecen gestos adustos y muchas poses del tipo “dejo las tripas en cada línea que escribo”. Mariana tiene muy avanzado su cuento de terror: “Le estoy buscando un fantasma al hotel porque Felicitas no está acá”. Felicitas Guerrero, una bella joven de la alta sociedad porteña que estuvo casada con don Martín de Alzaga, dueño de las tierras donde hoy está el hotel, murió en 1872, víctima de un crimen pasional. De ella queda una estatua en la recepción del hotel que impresiona tanto que algunos, al verla de espalda, pensaron que era una mujer de carne y hueso. “Es un ambiente cómodo y radiante, pero si uno lo mira literariamente tiene algo extraño. El escenario me sirvió”, comentó Mariana. “El mirador del hotel es un buen lugar para poner a la loca gótica.” Marina Mariasch subrayó la libertad que le dio el hecho de que no hubiera ningún tipo de reglas. Marina está trabajando con un texto en el que una familia llega al hotel para tomarse sus merecidas vacaciones. “Pero las vacaciones pueden llegar a ser agotadoras –aclaró–, y el padre sube al mirador buscando aire y empieza a pensar en su familia.”

Pasen y vean
Las puertas del hotel se abrieron al público de Ostende y Pinamar que se acercó a hablar con los escritores. Eran cuatro entusiastas lugareños: una abogada y un abogado, un arquitecto que fundó la primera editorial de la zona y una comerciante y concejala de Pinamar. Hebe arrancó con una reflexión sobre Ostende que luego extendió hacia la conformación de la Argentina como país. “Esto es una llanura y de repente aparece un emprendimiento, un sueño. Este hotel es un refugio en el medio de la nada. El sueño de don Abraham fue construir una especie de fortaleza en medio del desierto, que es algo que está omnipresente en el país, que es llanura, llanura y encontrás una ciudad, pero donde siempre se mete el campo. Las ciudades aparecen como sueños sólidos de permanencia. Da la sensación de que nos manejamos con sueños del tipo ‘ahora voy a hacer un hotel’.”
Mariana confesó que era la primera vez que estaba en un encuentro con escritores. “Conozco a pocos y no sé cómo son, pero lo primero que pensé es que no me quiero pelear con nadie por literatura”, dijo. Hebe agregó que los escritores son individualistas y muy personales porque ponen toda la carne en el asador. “Un escritor pone y se expone, pone su historia, su vida, por eso suele ser bastante competitivo.” Marina contó que al llegar imaginó que se iba a encontrar con una sala de conferencias con micrófonos. “Nos recibieron con una bolsita que tenía una libreta, un lápiz negro, una goma y un sacapuntas. ¡Eso es entender lo que uno quiere y necesita!” Después explicó el tema del texto que está escribiendo sobre el padre que quiere tomarse unas vacaciones de sus vacaciones en el mirador del hotel. El abogado quiso saber si para ella era fácil adoptar una voz masculina. “Un escritor se puede identificar con personajes de otro sexo”, intervino Hebe. “De hecho, los grandes novelistas del siglo pasado, como Dostoievski, son grandes porque han tenido la posibilidad de identificarse con mujeres, desde una princesa a una muchachita pobre. Evidentemente una mujer puede escribir personajes femeninos con mayor facilidad, pero también puede y debiera identificarse con personas de todos los sectores sociales.”
“Yo empecé a escribir sobre mujeres relativamente tarde”, añadió Mariana, que tiene dos novelas publicadas, Bajar es lo peor y Cómo desaparecer completamente, en las que los personajes principales son hombres. “Antes me escuchaba a mí: ‘Esta es Mariana, no es un personaje’. Y ahora con más experiencia, edad y oficio, más lecturas y más todo, puedo escribir de mujeres que no son yo.”
–¡Qué nivel de autocrítica! –señaló la abogada–. Yo soy una escritora frustrada, trato de escribir pero me bloqueo por el miedo a la perfección, por la idea de no hacerlo bien.
–Eso se llama obsesión –dijo Hebe.
–Yo tengo la necesidad de seguir escribiendo, más allá de ser o no aprobada –opinó Cecilia Pavón.

Los bocadillos de una chismosa refinada
El comentario de la mujer le permitió a Hebe explayarse sobre la cuestión y meter un bocadillo tras otro. “Lo que le pasa a ella es interesante. Obsesión quiere decir estar sitiado, pongo esto o lo otro, lo termino acá o después, hago esto o lo otro. Está sitiada entre dos polos y no puede moverse por el medio y entregarse. Yo tengo talleres literarios y hay gente que se suelta y persiste, pero no se sabe por qué mecanismo alguien escribe mejor y mejora”, advirtió la autora de Guiando la hiedra, Camilo asciende y Del cielo a casa. “Vos tenés que vaciarte de tu yo para que te entren las cosas, por ejemplo los lenguajes de otras clases sociales”, le recomendó. “La señora que trabaja en mi casa dice descriminar, pero ella entiende perfectamente lo que quiere decir discriminar. Desde una mirada crítica y controladora diríamos que habla mal. Atender al lenguaje de otros sectores sociales, que es muy variado en el país, es interesante porque se expresa todo en una lengua más popular y sintética, como me decían de alguien que pide y al mismo tiempo acusa al que le pide, eso se llama ‘mendigo con garrote’. Todo eso no se incorpora porque no parece un lenguaje culto. El lenguaje que te enseñaron, que es el de clase media, no puede tomar cosas de otros sectores sociales, colectividades o mundos. Para eso es necesario el oído, uno tiene que estar atento a cómo habla la gente.”
Y con ese don de docente que conserva de las clases que dio en la Facultad de Filosofía en la UBA –o en las escuelas de Moreno en las que enseñó–, Hebe continuó: “Un cuento puede nacer de algo que me cuentan, pero de ese cuento agarro lo que me interesa y después lo trasplanto a mi suelo”. Hebe trasplantaba y sembraba en el suelo de Ostende muchas reflexiones. “La vida es larga y la gente cuenta cosas aburridas, no nos vamos a engañar. Pero de repente, una frase de lo que te cuentan te queda y eso te sirve.” El bocadillo final de Hebe fue una definición que dio sobre el oficio: “El escritor es un mirón y un chismoso refinado: de todos esos chismes que escucha o que le cuentan, elige el que más le interesa y después lo refina”. Fabián Casas, citando al filósofo Schopenhauer, precisó que lo mejor de un estilo es tener algo para decir. “Si un escritor no tiene nada para decir es un decorador”. Hebe recordó que en su autobiografía, Chéjov escribió que aprendió a seleccionar los estímulos que le servían. “Los escritores no tienen un registro amplísimo de todo lo que hay, escriben de lo que han seleccionado y con lo que han formado el oído.”
–¿Qué cosas te llaman la atención, Hebe? –preguntó la abogada.
–Una cosa es lo que la gente dice y otra lo que la gente es. Detrás de lo que decimos está lo que somos. El lenguaje de la gente esconde muchas cosas. Vos que sos abogada sabés que alguien te está contando algo y tenés la intuición de que es un mentiroso, de que algo no anda. De eso surge la literatura.
Pedro Molina Temboury dijo que hubo un sentido “terapéutico” que le remitía a la experiencia de La montaña mágica de Thomas Mann. “Fue como un grupo de autoayuda”, definió Fabián, quien dejó picando una pregunta: “¿Cómo surgió esto de invitar a escritores losers?”.

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La única consigna fue pensar un cuento, una crónica o un poema en prosa, desarrollarlo y escribirlo.
 
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