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Martes, 13 de diciembre de 2005

PLASTICA › “MELANCOLIA: GENIO Y LOCURA EN OCCIDENTE”, EN EL GRAN PALAIS DE PARIS

Alrededor de los anillos de Saturno

En París se exhibe una excelente muestra sobre la melancolía, abarcando desde la antigüedad hasta el presente. La exposición atraviesa varios campos de la cultura, la ciencia y la religión.

 Por Fabian Lebenglik
Desde París

La cabeza inclinada, apoyada sobre la mano –a la altura del mentón, la mejilla o la frente, según cada caso–; con la mirada triste y absorta, hacia abajo o perdida en el horizonte, en un punto fijo y distante. Tal actitud se repite, sintomática, en muchas de las casi trescientas piezas (entre obras de arte, libros antiguos, objetos y artefactos científicos) seleccionadas para esta muestra por Gérard Régnier (conocido también con el seudónimo de Jean Claire), director del Museo Picasso. Muchas de las obras incluidas, por supuesto, llevan por título la inconfundible palabra clave: “Melancolía”.
Diariamente se forman largas colas frente a la entrada del Grand Palais, que convoca a una multitud ávida de ver las formas que el “mal de Saturno” fue tomando a lo largo de la historia en el arte. Durante años el proyecto de esta muestra había sido rechazado por considerárselo falto de audiencia, interesante, pero sin un público potencial. Un error de apreciación, ya salvado porque el público real es masivo.
La exposición atraviesa varios campos de la cultura, la ciencia y la religión: filosofía, literatura, arte, medicina y psiquiatría, teología. Si las muestras temáticas suelen incluir obras de relleno para justificarse, no es el caso de la presente, porque cada pieza –desde las ánforas y tallas funerarias de la antigüedad hasta las obras de Picasso, Hopper o Anselm Kiefer– está elegida con un ojo lúcido y sensible.
Genio y locura en Occidente se abre con una frase atribuida a Aristóteles, en la que el filósofo relaciona la melancolía con la genialidad. Desde la perspectiva cultural hasta la científica, que termina con la “medicalización” de ese estado de ánimo y su homologación con la depresión y la locura, la exposición propone un recorrido cronológico en ocho etapas. La primera rastrea “La melancolía antigua” (etimológicamente la palabra clave de la muestra significa “bilis negra”). En el siglo IV a.C. se pensaba que la armonía del cuerpo y las edades de la vida se correspondían con actitudes y estados espirituales según el equilibrio entre cuatro humores (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra). Así, producto de una especial química corporal, cada uno de los humores florecía en un determinado temperamento: sanguíneo, flemático, colérico o melancólico. Este último estado de ánimo, bajo la influencia del planeta de los anillos, suponía el acceso de toda una serie de sensaciones afines en distinto grado: ensueño, abatimiento, postración, desesperación, sufrimiento, tristeza, pánico, impotencia, nostalgia, languidez. Haciendo una trasposición brutal, la jerga productora de humores cambió, pero todo es cuestión de equilibrio con la química cerebral y los neurotransmisores. En el recorrido inicial se puede ver una serie de ánforas y tallas funerarias donde se perciben claramente los primeros motivos melancólicos de que se tenga registro: temas como la fugacidad de la vida, el suicidio, la tristeza profunda y demás simbolizaciones iconográficas están claramente tematizados en estas bellas piezas arcaicas.
La segunda parte, “El baño del diablo”, presenta obras de la Edad Media y la perspectiva religiosa de la melancolía, a la que se consideraba tan capitalmente pecaminosa como la pereza. Un recorrido por las obras de El Bosco, Gérard de Saint-Jean, Martin Schongauer, Lucas Cranach el Viejo, etc., dan cuenta del caldo de cultivo que significó el estado espiritual melancólico –leído como anticatólico– para la conformación de la Reforma.
La sección renacentista se titula “Los hijos de Saturno” y allí se exhiben obras de Durero, Hans Baldung, Arcimboldo, Nicolas de Leyde e Hilliard, entre otros, junto con grabados, libros e instrumentos científicos. El Renacimiento introduce la relación entre la formación de los temperamentos y el movimiento de los planetas, entre melancolía y astrología (“Mal de Saturno”), a través de la traducción de tratados árabes, combinados con tradiciones romanas y orientales. En esta sección se puede ver una de la obras que funciona como emblema de la exposición: se trata del grabado de Durero Melancolía I, de 1514, sobre el que Erwin Panofksy escribió un ensayo medular en 1923. Una de las fuentes teóricas de la muestra lo constituye el trabajo de grandes historiadores del arte, como el propio Panofsky, Raymond Klibansky y Fritz Saxl, con su célebre Saturn and Melancholy (publicado en Londres en 1964).
El capítulo de la época clásica se centra en la Inglaterra isabelina y en el libro Anatomía de la melancolía, de 1621 (exhibido en la muestra en una edición de 1652, perteneciente a la Biblioteca Nacional de París), en el que Robert Burton retoma la concepción médica y enumera los “males” que trae aparejados la melancolía. En el campo artístico, sin embargo, tal temperamento pierde especificidad y se diluye en una sensación más general, asociada con la soledad y la meditación. Aquí se muestran obras de Domenico Fetti, Valentin de Boulogne, Georges de La Tour, Michael Sweerts y Nicolas Poussin, entre otros.
El Iluminismo cuenta con una sección aparte, “Las Luces y sus sombras”, en la que se pasa revista a la relación de la melancolía con las artes del siglo XVIII. La Razón iluminista identificaba la melancolía con la pérdida de racionalidad –en parte por la influencia del discurso cartesiano– y requiere por lo tanto de tratamiento en asilos y hospicios. La muestra marca en esta etapa el surgimiento de una nueva subjetividad, de manera tal que todo aquello que no pueda ser subsumido por la racionalidad imperante integrará el vasto territorio de la interioridad. La melancolía se vuelve un sentimiento social burgués, cercano al ensimismamiento. Aquí se presentan obras de Goya (salvo el muy apropiado Saturno que devora a su hijo, y que no se prestó para esta muestra, de modo que sigue colgado en el Museo del Prado), Watteau, Piranesi, Füssli y Sergel, entre otros.
La sección dedicada al Romanticismo toma la frase de Nietzsche “Dios ha muerto” como título. Con obras de, por ejemplo, Delacroix, Chassériau, Géricault, Caspar D. Friederich y Arnold Böcklin, aquí se busca mostrar un mundo en el que el hombre se siente abandonado y decepcionado, náufrago en el cosmos, de modo que la melancolía se vuelve una negación trágica del mundo. La melancolía toma el nombre de spleen y las artes se vuelcan –de un modo que anticipa su búsqueda de autonomía– hacia el erotismo, las visiones oníricas y la exaltación de la locura, entre otros temas. Aparece de un modo recurrente la relación entre la soledad y la sociedad de masas, del hombre perdido en la gran ciudad, del flanêur que, paradójicamente, cuando se pierde, encuentra su destino.
El capítulo que sigue, “La naturalización de la melancolía”, supone la captura de la melancolía por parte de la institución psiquiátrica. En 1919 el médico Jean Etienne Esquirol la define como una “manía” y entonces comienzan a establecerse protocolos para su estudio y tratamiento. La melancolía queda confinada al ámbito científico y es tomada como una forma de alienación. Entran en escena los mecanismos de Charcot, pero también el psicoanálisis de Freud (que escribe Duelo y melancolía, donde atribuye el origen del “mal” a una “pérdida desconocida”). Esta sección está repleta de inquietantes fotografías de época (de hospitales e internos, de “casos” sociales), que se combinan con obras del melancólico Van Gogh (como su célebre Retrato del doctor Paul Gachet), Messerschmidt, Thomas Eakins y otros.
El siglo XX está representado por una selección un tanto más caprichosa y caótica. Esta sección se titula “La angustia de la historia - Melancolía y tiempos modernos”. La actitud melancólica pasa de lo individual a lo social, cruzada por los males del siglo: guerras, totalitarismos, crisis de las utopías sociales, fractura de las ideologías... todo un menú para el que Jean Claire seleccionó obras maestras de Odilon Redon, Edvard Munch, Auguste Rodin, de Chirico, Hopper, Francis Gruber, Mario Sironi, George Grosz, Otto Dix, Picasso, Artaud, Ron Mueck, Anselm Kiefer y Claudio Parmiggiani, entre otros. Luego de varias concepciones de la melancolía, aquí se busca mostrar que el “temperamento” melancólico es un estado de ánimo siempre actual. La muestra busca repatriar a la melancolía, rescatándola de sus respectivos y cronológicos enclaustramientos, especialmente del de la institución psiquiátrica, para convertirla en una clase de sensibilidad contemporánea asociada al desencanto, a través de la cual se expresa una subjetividad excedida y por lo tanto abrumada por el mundo.
La exposición, que sigue hasta el 16 de enero, tendrá su próxima sede en la Neue National Galerie de Berlín, entre febrero y mayo de 2006.

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Job, 1944. Oleo de Francis Gruber.
 
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