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Viernes, 6 de febrero de 2009

ENTREVISTA A LUCíA PUENZO, QUE PRESENTA EL NIñO PEZ EN EL FESTIVAL

“Los dos personajes son muy amorales”

La cineasta se refiere a Lala y La Guayi, protagonistas de su segundo largometraje, que hoy se exhibirá en la sección Panorama. Puenzo reconoce que buscó provocar en los espectadores una “empatía incómoda” y dice que es “todo un interrogante” cómo recibirá Berlín su film.

 Por Oscar Ranzani

Cuando Lucía Puenzo tenía 23 años escribió su primera novela, El niño pez. Ahora, con 32, la adaptó al cine para dirigir su segundo largometraje. El film se titula igual que aquella historia literaria y se exhibirá hoy en la Sección Panorama del Festival de Berlín. Cuenta la hija de Luis Puenzo –uno de los productores del film– que a los dieciocho años viajó a Berlín como mochilera y que nunca más volvió a pisar tierra alemana. “Así que es todo un interrogante el festival y qué va a pasar”, señala en la entrevista con Página/12, aunque reconoce que las mayores expectativas las tiene con el estreno que, en Buenos Aires, se producirá a comienzos de abril. Después de un debut consagratorio con XXY, un film que tuvo muy buena recepción tanto de la crítica (ganó el Goya a la Mejor Película de Habla Hispana y el Gran Premio de la Semana de la Crítica en el Festival de Cannes, entre otros) como del público, sostiene que “el mismo entusiasmo hace de coraza contra los miedos que uno pueda tener”, a la hora de definir si resulta una mayor presión presentar una segunda película después de que la primera salió tan bien. “Cuando tenés muchas ganas de contar una historia los miedos están, pero el entusiasmo puede más. Riesgos siempre hay”, señala Puenzo.

La joven cineasta recuerda que escribió la novela “sin un plan, sin hoja de ruta, sin saber a dónde me llevaba y sin haber publicado nada antes”. Demoró en su construcción un mes y medio, lapso que pasó prácticamente encerrada en su casa, con salidas periódicas al supermercado para abastecerse. Cuando estaba editando XXY, comenzó a adaptar El niño pez, con la “absoluta convicción” de que sería su segunda película. Y así fue. Volvió a convocar a Inés Efron, que se luce como en XXY, donde encarnaba a Alex, una adolescente intersexual. En este caso, una de las mejores actrices que ha dado el semillero cinematográfico argentino compone a Lala, la hija de un juez federal que parece renunciar a su condición de clase acomodada al enamorarse de “La Guayi” (Emme), la mucama paraguaya de dieciséis años que realiza las tareas domésticas en la casa de la familia. El amor es en serio y correspondido, aunque Lala se enfurece cuando su padre tiene sexo con “La Guayi”. Juntas, planean irse a vivir a Paraguay, cerca del lago Ypacaraí. El niño pez transita por diversos géneros, pasando del melodrama al policial cuando el padre de Lala aparece asesinado y se ensombrece el clima de la historia, transformándose en una trama que prácticamente no da respiro al espectador, cargada de vértigo, misterio y violencia, con romance incluido.

–Cuando escribió la novela, ¿le resultaba muy cinematográfica?

–Lo que recuerdo es que veía claramente las imágenes. Cuando escribo literatura, más que nada se trata de la construcción de un personaje, de una frase o de una escena. Entonces, veía las escenas. No pensaba en términos cinematográficos. En ese momento, además de escritora de literatura, era guionista, escribía para otros directores. Nunca había dirigido y no creía que iba a dirigir en un futuro bastante próximo.

–En líneas generales, ¿qué mantuvo y qué modificó de la novela?

–Las modificaciones son muchísimas porque en la novela el narrador es un perro, mientras que en la película el animal es un personaje pero no el narrador. El de El niño pez trae consigo un humor muy cínico. Es un perro sin raza en un mundo de perros de pedigree. Es casi como una prolongación del cuerpo de su dueña, muy provocador. Al correr al perro y ubicarlo en el lugar de un personaje secundario, cambió radicalmente el tono de la historia porque la novela está muy teñida por el humor del narrador. Al correrlo, se fue para adelante el género y apareció una historia mucho más densa, mucho más oscura, en la que el punto de vista pasó del perro a la protagonista. Se trata de una chica muy perturbada por un hecho muy traumático y con la cabeza muy caótica. Justamente, lo interesante en esa adaptación era contar una historia de amor como un estallido porque la vida de las dos chicas estalla en pedazos. Y me interesaba particularmente cuál iba a ser la narración y el tempo de esa historia que tenía su interés más que en la trama, en el viaje emocional de Lala. Lo único que importa son los climas que genera la película y esa narración contada como esquirlas, como una explosión en la que el espectador tiene que recomponer un rompecabezas que tarda en quedar claro. Eso era todo un desafío y me resultó muy difícil. Yo pensé que lo había encontrado en el guión y no fue así. Cuando me encontré con el trabajo en la isla de edición me di cuenta de que había mucho trabajo por delante.

–¿Cuáles son las ventajas y las desventajas de adaptar un guión de una novela propia?

–Las ventajas son que yo traía el material desde los 23 años. Es decir, hace diez años que estoy macerando la historia. Entonces, mientras escribía una escena yo sabía por qué había inventado cada línea de la historia. Nadie puede conocer tan íntimamente un material como el propio escritor de una novela. En ese sentido, cuando escribía el guión me resultaba muy fácil traicionarme. Me daba la sensación de que me estaba traicionando con facilidad, que estaba bien encaminada y me encontré en el montaje con que la gran reescritura vino ahí. Fue donde cambió radicalmente el tono y apareció una obra totalmente independiente de la otra, aunque tengan escenas casi idénticas. A personas que leyeron la novela y que vieron la película les resultó llamativo cómo una misma escena puede tener dos tonos muy opuestos.

–¿Cómo es el trabajo de trasladar un texto propio a la imagen?

–En mis novelas puedo notar las huellas del lapso que tardé en escribirlas. Y en los guiones siento que es más una estructura dramática que uno tiene que completar. Creo que la literatura y el cine no necesariamente se contaminan el uno al otro. En cambio, muchas veces, tiende a pasar en el que escribe literatura, que lo literario tiñe la mirada. Pero algo muy peligroso es que, muchas veces en el cine, en los guiones, lo literario no funciona bien y hay que escaparle a eso. Entonces, algo que yo me encontré cuando empecé a escribir el guión fue la necesidad de escaparme del tinte literario. Es decir, cómo buscar las imágenes, lo visual. Y lo que menos me importaba era el tema. Lo que más me importaba era lo intangible, que es el clima, el tono, la tensión, lo emocional. Y uno tiene intuiciones de cómo se construye pero hay que hilvanar muy fino; es encontrarte con el material y buscar un fotograma que pegado con otro produce esa emoción. Es el nivel microscópico del trabajo. Muchas veces la literatura también lo tiene: qué palabra al lado de otra genera el efecto que uno busca, que, a veces, es musical, rítmico. No es conceptual o racional. Entonces, yo tengo la sensación de que muchas veces en la literatura y en el cine más que de lo macro se trata de encontrar lo microscópico.

–Si bien tiene elementos de thriller y de policial, ¿El niño pez es ante todo un drama?

–El niño pez es una historia que tiene muchos cruces de géneros. Muchas veces esos cruces pueden ser riesgosos: que la película encuentre una estética, una dinámica, un tono que sea personal. Eso es lo más importante que tiene cualquier libro o film: que sea personal, que uno pueda pensar en el mundo de quien lo hizo. Y eso, cuando uno tiene cruces de géneros, hay que salir a buscarlo. Entonces, con El niño pez me pasaba que, por momentos, era un drama o un melodrama; que, a medida que avanzaba se iba encaminando hacia una historia más policial, más oscura, con los códigos del género, pero un género con mucha psicología entreverada. Yo no podría catalogar con un género puro a El niño pez. Creo que va virando.

–La película presenta una historia de amor que atraviesa las clases sociales. ¿Por qué le interesó reflejar la idea de las clases sociales como límite para el amor?

–A mí me enamoraron los personajes de “La Guayi” y de Lala, sin pensar primero en el marco social en el que estaban inscriptas. Esa relación tan íntima y, en un primer momento, tan aparentemente lejana, de estas dos chicas que, al mismo tiempo, hacen contacto entre ellas más que con nadie en el mundo, es lo que me importaba. Más que el abordaje social. Y yo creo que ése es el orden en el que deben ocurrir las cosas: lo más importante es el detalle. Ahí está el corazón de la historia: en Lala y “La Guayi” y el romance que tienen. Cuando uno llega al final de un guión o de una novela, desde ya piensa en lo que escribió, y entonces, puede entender con qué estética se alineó, qué ritmo o qué tema encontró o qué abordaje social. Pero son cosas que vienen, por suerte, después.

–En XXY el debate llegó a instalarse entre la gente. ¿En este caso espera lo mismo, que provoque reacciones?

–El valor de un libro o de una película es o debería ser independiente del efecto que produzca en el público y en la crítica. En ese sentido, me parece misterioso cuál puede ser el efecto. Es completamente imprevisible. Uno puede especular y puede ocurrir todo lo contrario. No me aventuraría a decir qué puede pasar con esta película. Uno escribe un libro o filma una película, y después lo mejor que puede hacer es soltarlos y pensar en lo próximo. Es más saludable poner la energía en crear la próxima película. Obviamente, uno acompaña un poco el recorrido que puede hacer un libro o una película porque es parte, pero no es o no debería ser lo principal.

–¿Es una posición ideológica el hecho de no condenar moralmente a los personajes?

–Me parece un punto muy central en la novela y en la película poder generar en cada persona tanta empatía con esos personajes absolutamente amorales (y si esa empatía es incómoda, mejor) y que uno pueda suspender el juicio moral de esas acciones. Uno podría decir que las dos son personajes muy amorales. El secreto que cada una esconde las hace muy cuestionables en un punto. Desde la novela y desde la película hay un trabajo consciente en que sean las protagonistas, que sean queribles y personajes que despierten mucha empatía. Y había mucho trabajo puesto en que esto fuera así. Es decir, conseguir que cada persona que se siente a ver la película pueda suspender todo juicio moral.

–¿Cree que será una historia difícil de digerir para espectadores con prejuicios?

–Me intriga saber qué va a pasar. Es probable que para algunos sí. Pero al mismo tiempo voy viendo los primeros espectadores que tiene la película que, en algún momento, son tomados por la historia. Y son tomados por esto que hablábamos al principio del recorrido emocional de la protagonista. Y pueden acompañar una cabeza muy caótica y muy angustiada. Este estallido hace que las escenas se presenten como esquirlas más dolorosas de sus recuerdos que fueron los que constituyeron la tragedia. Es un relato en el que se entra tarde a las escenas y se sale temprano. Hay un relato intencionadamente interrumpido todo el tiempo pero, a la vez, con un tempo que parece ser moroso. La película tiene mucho vértigo sin estar editada de manera vertiginosa. De principio a fin hay mucho trabajo en la angustia de la huida, de cómo esta chica está corriendo hasta que pueda entender lo que hizo. Y eso hace que el espectador sea tomado por esa huida, que corra con ella, que tenga esa misma angustia y quiera tratar de entender lo que le pasa a ella. Eso fue muy difícil y yo puse mucho esfuerzo allí para poder conseguirlo porque me parecía que ahí estaba la película más que en todo lo otro.

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Puenzo había escrito a los 23 años la novela El niño pez. Nueve años después, la historia se convirtió en película.
Imagen: Pablo Piovano
 
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