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Viernes, 6 de febrero de 2009

CINE › CAJA CERRADA, DIRIGIDA POR EL ARGENTINO MARTíN SOLá

Ensayo sobre la poesía de lo real

Sin apelar a entrevistas o voces en off que describan las imágenes, el documentalista consigue retratar, sin subrayados excesivos, tanto la hipnótica mecánica en un barco pesquero como cierta toma de posición sobre la producción de alimentos.

 Por Diego Brodersen

El amplio desarrollo del cine documental producido en el mundo durante los últimos años, apoyado localmente por eventos especializados como el DocBsAs pero también por los festivales de Buenos Aires y Mar del Plata, ha producido un desembarco de ese territorio cinematográfico en salas comerciales de Buenos Aires y, en menor medida, del resto del país. Se trata de un desembarco silencioso, inaudible para el grueso del público y ajeno en gran medida a las cadenas de multicines, pero que supo ganarse de a poco a un reducido grupo de seguidores que sigue el puñado de films de no ficción que se estrenan anualmente. Asimismo, la aparición de cámaras digitales que permiten un registro inmediato de la realidad, sumada al creciente abaratamiento de costos, ha tenido como consecuencia lógica una proliferación de largometrajes antes inimaginable. La Argentina no es la excepción y Caja cerrada, ópera prima de Martín Solá, viene a sumarse a una ya extensa lista de títulos nacionales. Las cartas de presentación incluyen al veterano documentalista y productor Marcelo Céspedes y al Observatorio de Cine, escuela de cine documental nacida en España pero con una sede porteña en funcionamiento desde hace ya unos dos años.

Mucho más cerca del documental de observación puro y duro que de cualquier pretensión de didactismo, Caja cerrada adopta sin embargo un aire poético que lo acompaña en todo momento. No se trata de un lirismo creado en base a elocuciones rítmicas -–no hay aquí entrevistas a cámara o voces en off que describan las imágenes– o a un esfuerzo de preciosismo visual. En todo caso, es la poesía de lo real la que se impone a la lente de la cámara, a partir de un recorte de la realidad logrado gracias a una serie de precisos encuadres. Si los primeros sonidos e imágenes podrían hacer pensar en algún misterioso relato de ciencia ficción, rápidamente la película presenta a algunos de los protagonistas de la historia. No se trata de extraterrestres, sino de un grupo de pescadores en altamar, a varios kilómetros de la costa barcelonesa, esperando pacientemente la hora en que deberán poner manos a la obra. Algunos diálogos triviales entre estos hombres curtidos por la intemperie y el trabajo duro –diálogos que evidencian su origen inmigrante: se trata de trabajadores de Marruecos y Senegal tratando de hacer una diferencia monetaria– permiten apreciar algunas de las constantes de un estilo de vida, el del pescador jornalero, que no ha cambiado demasiado a lo largo de los siglos, evolución tecnológica de los aparejos aparte.

El núcleo del film está constituido por una extensa escena en la cual cientos de peces son arrebatados del mar y lanzados a bordo del navío sobre largas filas de cajas de madera que esperan ser llenadas de mercadería. Sin cargar las tintas sobre ningún aspecto de la operación, logrando de paso una cualidad hipnótica que asombra por su perfecta repetición de movimientos que parecen no agotarse, esta secuencia fuerza las capacidades de contemplación del espectador mediante el uso de largos planos secuencia, poniéndolo en una situación que permite la reflexión y el cotejo de impresiones, sentimientos y pensamientos. Muchos verán en este sacrificio masivo de animales una excusa para convertirse al vegetarianismo (muchos lo hicieron luego de asistir a las sangrientas imágenes de mataderos de Meat, el clásico del documentalista Frederick Wiseman), pero lo cierto es que Caja negra no pretende afirmarse como un alegato en contra de la pesca indiscriminada o los métodos masivos de producción de alimentos. En todo caso, cada espectador adoptará diferentes puntos de vista y llegará a conclusiones personales.

Luego de ese caos de movimiento que va mermando lentamente vuelve la calma a la embarcación, oportunidad para que la cámara de Martín Solá complete la crónica con otro diálogo entre los marineros, centrado en gran medida en las condiciones laborales en el ramo de la pesca. En ese momento el film intenta relacionar las prácticas capitalistas aplicadas a la producción de alimentos y las crueles imágenes que se acaban de ver, una toma de posición ideológica que el texto de la gacetilla de prensa sobreexplica claramente, pero que el film en sí mismo no quiere o no logra ejemplificar de manera evidente. Pero quizás el mayor mérito de Caja cerrada sea precisamente observar sin juzgar, exponer sin declamar un retazo de la realidad de la manera más vívida e íntima posible. La magia del cine también es eso.

7-CAJA CERRADA

(Argentina/España, 2008)

Dirección y guión: Martín Solá.

Fotografía: Martín Solá y Lili Marsans.

Sonido: Lucas Peñafort.

Montaje: Martín Solá y Lili Marsans.

Posproducción de sonido: Jonathan Darch y Jordi Juncadella Sarli.

Se exhibe exclusivamente en el Malba (jueves y viernes a las 20) y en el Complejo Tita Merello.

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Caja cerrada es otra muestra del silencioso pero tenaz crecimiento del género documental.
 
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