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Martes, 26 de enero de 2010

JAVIER DAULTE Y LAS IDEAS DETRAS DE UN DIOS SALVAJE

“El público es el engranaje más importante, más azaroso”

María Onetto, Gabriel Goity, Florencia Peña y Fernán Mirás ponen el cuerpo a una obra de Yasmina Reza en la que Daulte se mueve con un concepto esencial: “La dramaturgia es una sola, para TV, teatro, cine... Qué es lo que hace que uno quiera ver cómo sigue”.

 Por Emanuel Respighi

¿Es el ser humano un ser naturalmente salvaje al que por más esfuerzos que haga le es imposible desterrar esa condición? ¿La educación y el desarrollo de la cultura moderna bastaron para acabar con la primitiva pulsión bárbara que forma parte de nuestra esencia? ¿O, por el contrario, se transformaron en caldo de cultivo para que lo peor del ser humano aflore sin más que una irracionalidad llamativa en cualquier momento, en cualquier lugar y ante el más mínimo conflicto? ¿Hasta qué punto la cultura de la civilización, entrada en el siglo XXI, ha sabido controlar al hombre salvaje? Esos son algunos de los interrogantes que plantea Un Dios salvaje, la obra de Yasmina Reza (Art), que el fin de semana pasado se estrenó en el Paseo La Plaza (Corrientes 1660) bajo la dirección de Javier Daulte. El dramaturgo tendrá un 2010 movidito: también es el encargado de escribir los libros de Para vestir santos, el nuevo unitario de Pol-ka para el prime time de El Trece.

“Hacer teatro y televisión no es una contradicción para mí: se trata de dos medios y lenguajes completamente diferentes, pero que me representan el mismo desafío de hacer que alguien quiera seguir viendo la historia que quiero contarles”, le explica Daulte a Página/12, ante la dualidad laboral que lo mantendrá ocupado este año. “La dramaturgia –agrega– es una sola, sea para la tele, el teatro, el cine... Qué es lo que hace que uno quiera ver cómo sigue una obra, dando vuelta la página, dejando la tele prendida o manteniéndose en el teatro, es el problema de la dramaturgia. Cómo una historia puede mantener sostenido el interés del público. Es un arte complejísimo que no tiene reglas, o uno pasa toda la vida buscándolas.”

Luego de estrenar Baraka (que sigue en la cartelera marplatense), el autor y dramaturgo volvió a la calle Corrientes con una obra en cierto sentido perturbadora. Suerte de tragicomedia en la que la moral y la naturaleza del ser humano son interpeladas con fina crueldad a partir de un hecho menor y cotidiano, Un Dios salvaje llegó a la cartelera porteña de la mano de un elenco conformado por María Onetto, Gabriel Goity, Florencia Peña y Fernán Mirás. Dos matrimonios que se encuentran para hablar sobre la pelea que enfrentó a sus hijos, y en la que uno terminó con dos dientes rotos, es el simple disparador de una obra que demuestra cómo los buenos modales, las convenciones sociales y las reglas del mundo civilizado y adulto no son tan sólidas como podría creerse. La incapacidad de las parejas de resolver una situación propia de la edad de sus hijos, los prejuicios y las interpretaciones que cada interlocutor realiza sobre los otros y sus gestos, más la violencia verbal que –voluntaria o involuntariamente– surgen en la charla, vuelve a Un Dios salvaje una de esas piezas tan desopilantes como incómodas e inquietantes para los espectadores.

–El eje de Un Dios salvaje es la violencia que se desata entre las dos parejas. ¿Cree que se trata de una violencia interior o más bien tiene un origen social?

–La obra no plantea que estos personajes tienen determinados problemas por los cuales se ponen violentos. No sabemos sus antecedentes. No es una obra sobre cuatro personajes violentos. No es ¿Quién le teme a Virginia Wolf?, porque estaríamos hablando de la violencia de los personajes. Un Dios salvaje es una pieza sobre cómo la violencia del burgués contemporáneo está a punto de aparecer en cualquier momento, por cualquier cosa. Por supuesto que la obra está señalando el estado de cosas de una sociedad, de una época y de un lugar. Pero en este caso parte de la máxima de que el sujeto humano es bárbaro y de que la cultura –desde que existe como tal– es el arduo y largo trabajo de la domesticación de la barbarie humana. Todo animal, por más domesticado que esté, no pierde su ADN. Eso es lo que la obra pareciera querer decir. La cultura posee poderes pacificadores para dominar los impulsos que naturalmente son violentos. Los tabúes existen porque, si no estuviesen, algo pasaría.

–¿Cree que el público puede identificarse con los personajes o los mecanismos de defensa inconscientes lo impedirán?

–Siempre es mucho más fácil reconocer las conductas deleznables en los otros que en uno. Lo que hicimos con los actores es darnos la posibilidad de ponernos en la piel de cada personaje, pero no de identificarnos. El teatro es un poco eso: el escenario propicio para indagar el alma humana. Mi manera de conocer la vida es a través del teatro. En esta obra me pude hacer preguntas que no me las hubiese hecho si no hubiera abordado Un Dios salvaje, porque habla de un tipo de violencia que existe todo el tiempo y que a su vez creemos que nosotros dominamos. Es interesante plantearse que dominamos la violencia hasta que algo la hace parir. Y lo más sorprendente que tiene la obra es que ese “algo” no necesariamente tiene que ser trascendente: puede ser cualquier cosa, en cualquier momento. La famosa gota que rebasa el vaso.

–En ese sentido, ¿buscó más la conformación de un colectivo actoral que nombres individuales para cada personaje?

–Sí y no. Uno siempre tiene en mente que un actor tiene que poder interpretar adecuadamente a un personaje, pero esta vez le puse una atención mayor al colectivo, porque a mi modo de ver tiene un juego más potente que sus textos y sus personajes. La obra tiene un tipo de teatralidad que a mí me entusiasma mucho.

–¿Cuál es?

–Soy de los que no le gusta que el teatro emblematice al texto. Prefiero que la clave de lo que las obras transmiten no descanse en lo que dicen los personajes, sino que sea la resultante del juego teatral. Si la verdad de una obra se puede reducir a su mera lectura, ¿para qué llevarla al teatro? La verdad de una obra se tiene que manifestar cuando es interpretada por los actores ante el público: ahí adviene su auténtico sentido. En el texto uno sólo tendría que intuir su esencia, para que en el lenguaje teatral, en el hecho escénico, aparezca la cuarta dimensión.

–¿Hasta qué punto el director cuenta con herramientas suficientes para que surja esa cuarta dimensión?

–El último elemento que se incorpora al proceso teatral es el público, que es el engranaje más importante y más azaroso. El teatro está todo precalculado por la producción, dirección, iluminación, musicalización, previsto para que ese todo combine con algo que no se puede controlar, como el público. Si bien comulgó con algunas convenciones (vino al teatro a una hora determinada, pagó la entrada), ningún director ni actor pueden determinar las emociones del público. El hecho teatral depende del texto tanto como de los actores, la dirección, la sala y el público.

–¿Es una obra que pone incómodo al espectador, que lo interroga?

–Un Dios salvaje inquieta a los espectadores, tira un poco de ácido a la platea. Pero es una obra entretenida que difícilmente aburra. Es muy dinámica y pasa de todo. Al público lo deja sin respiro. El otro día vino a ver un ensayo Carlos Portaluppi y cuando terminó me dijo que se había quedado tenso, un poco violento. Pero lo decía con una sonrisa, porque también la obra permite hacer catarsis a través de la risa.

–A la hora de dirigir la obra, ¿hasta qué punto tuvo en cuenta el nivel de violencia que existe en la sociedad argentina?

–Yo trato de no pensar en la sociedad. No me sale trabajar así. No me parece que el teatro refleje a la sociedad, ni tampoco creo que deba reflejarla. Siento que tanto yo como los actores somos parte de esta sociedad y de esta realidad, pero en tal caso debemos descubrir esa violencia en nosotros. Es lo mismo, pero al revés: prefiero partir de uno hacia el afuera. Yo no me considero mejor ni peor que nadie. El compromiso con las ideas de la obra se trabaja y se elabora a partir de la sensibilidad de uno. No tanto a partir de otras porque, si no, el peligro es que se vuelva voluntarioso o como bajada de línea. El teatro no debe ser didáctico.

–¿Por qué?

–Me parece muy soberbio que una obra plantee conclusiones sobre cómo es el hombre. Si bien Yasmina Reza tiene una postura muy radical al respecto, y cree que todos los hombres son bárbaros, la obra tiene la suficiente inteligencia para no tomar el último partido. Un Dios salvaje puede abrir polémica. Es tan injustificado desde el raciocinio el nivel de violencia de los personajes que uno no puede dejar de preguntarse por qué llegan a ese nivel de irracionalidad. Aun cuando uno ve el proceso y no hay ninguna otra motivación oculta, la pregunta se presenta sin una respuesta clara.

Del escenario a la pantalla

Este año, el dramaturgo y director volverá a trabajar en TV, tal como lo hizo en 1991 cuando escribió –junto a Alejandro Tantanian– los libretos de Fiscales, la miniserie protagonizada por Darío Grandinetti, Selva Alemán y Jorge Marrale. Esta vez, en solitario, se hará cargo del guión de Para vestir santos, el unitario que a partir de abril encabezarán Gabriela Toscano, Griselda Siciliani y Celeste Cid para El Trece. “Es una comedia dramática sobre tres hermanas que ya están grandecitas y que tienen sobre ellas una especie de maldición que hace que no tengan manera de consolidar una relación. Son hijas de una madre que ha marcado mucho sus vidas y que en el primer capítulo muere. Sin embargo, lejos de desaparecer del camino, su presencia muerta es mucho peor.”

–¿Más que una maldición el problema de estas mujeres es lograr despegarse de la figura maternal?

–La madre tiene una figura muy fuerte y descalificadora, con un padre que murió cuando eran chicas. Las hermanas casi que no la lloran, no la quieren demasiado, no les importa que se haya muerto porque fue muy cruel con ellas. Tienen un gran complejo y reconocen la enorme influencia que su madre tuvo en sus vidas, en su gran vocación para el fracaso.

–¿Lo sedujo trabajar en TV?

–No es que deseo trabajar en la tele sino que no tengo problemas de trabajar siempre y cuando pueda hacer lo que quiera. Probablemente esta formulación devenga en que no pueda trabajar en la tele. No estaba buscando trabajar en el medio. Se dio así. De todas maneras, soy de los que respetan la tele. Si bien no veo tele, la respeto como medio. Como no la tengo idealizada, no espero nada de ella.

–El autor en la TV no ocupa el mismo lugar que el de teatro, al punto de que la obra muchas veces es manoseada por los avatares del rating. ¿Carga con esa inquietud a la hora de escribir?

–Sé que va a haber algo de Para vestir santos que me va a resultar ajeno a lo que escribí y quise hacer o decir. Por eso tengo reuniones asiduas con Barone (Daniel, el director), estamos muy involucrados en el trabajo de equipo. De todas maneras, el guión no debe ser respetado al ciento por ciento, debe funcionar como una guía. En el teatro parece que se respeta más la esencia del autor, pero no lo es tanto. El autor puede quedar enajenado en cualquier medio. Y a veces uno va al teatro y piensa por qué no enajenaron un poco más al autor... En mano de los actores, el texto debe desaparecer. Me encantaría poder escribir de tal manera que el actor no necesite cambiarlo. A veces el actor cambia por deporte. Eso ya es una situación enviciada.

–¿Qué lo motivó a transitar el medio televisivo en un momento de reconocimiento como autor y director teatral?

–Me desafía su lenguaje. De hecho estoy escribiendo para la tele cosas que para el teatro no escribiría jamás.

–¿Por qué?

–Porque es otro lenguaje y son otros los interrogantes. La tele tiene una parte del lenguaje que ya está dado: el realismo es ineludible y la identificación entre lo que se ve y lo que es, es total. La tele debe jugar a la novela. Y está esa cosa que me encanta cuando escribo una obra de hacia dónde voy, que en la tele se hace carne cotidianamente. La tele es un ejercicio permanente de pensar y contar la historia. Tengo un límite: no podría hacer tiras televisivas, donde se trabaja en equipos de líneas argumentales y los que escriben son otros. En Para vestir santos no tengo colaboradores: escribo solo.

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“Todo animal, aun domesticado, no pierde su ADN. La cultura posee poderes pacificadores para dominar impulsos naturalmente violentos.”
Imagen: Martín Acosta
 
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