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Jueves, 28 de septiembre de 2006

“EL TIGRE Y LA NIEVE”, DE ROBERTO BENIGNI

También en Irak la vida es bella

 Por L. M.

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EL TIGRE Y LA NIEVE
(La Tigre e la Neve)
Italia, 2005.

Dirección: Roberto Benigni.
Guión: Vincenzo Cerami y R. Benigni.
Fotografía: Fabio Cianchetti.
Música: Nicola Piovani.
Producción: Nicoletta Braschi.
Intérpretes: Roberto Benigni, Nicoleta Braschi, Jean Reno, Emilia Fox, Amid Farid, Tom Waits.

Ocho años atrás, La vida es bella no sólo arrasó con algunos de los principales premios de aquel momento –el Gran Premio del jurado del Festival de Cannes, el Oscar de Hollywood a la mejor película extranjera y al mejor actor (Roberto Benigni)– sino que desató un debate que excedió al film en sí mismo: ¿era lícito hacer una comedia sobre el Holocausto? Comparecieron en la controversia algunos antecedentes ilustres –El gran dictador (1940), de Charles Chaplin; Ser o no ser (1942), de Ernst Lubitsch, filmados en plena guerra– pero fue el tiempo, como siempre, el encargado de ir poniendo al film en su lugar, que demostró ser secundario. Esa “trivialización” de una situación extrema de la que se acusó a La Vita è bella reaparece ahora El tigre y la nieve, donde Benigni, quizás intentando volver a encender algo de aquella polémica (luego del fracaso internacional de su Pinocchio, que aquí llegó solamente en video), se interna en la guerra de Irak con la misma ligereza e imprudencia con que antes transitaba por un campo de concentración.

Es claro, por supuesto, que el cine de Benigni no pretende el realismo sino la ensoñación, la ilusión, la fábula y El tigre y la nieve tiene mucho de eso, empezando por la secuencia de los títulos, que resulta ser un sueño recurrente. Allí, en una escenografía de ribetes míticos, que recuerda demasiado a la de los pasajes centrales de La voz de la luna (el último film de Federico Fellini, protagonizado por Benigni) el bueno de Attilio llega tarde y casi desnudo a su propio casamiento con quien él concibe como la mujer ideal, Vittoria (Nicoletta Braschi, la esposa del bufo en la vida real). Que en ese casamiento algunos de los invitados sean, sorpresivamente, Jorge Luis Borges, Marguerite Yourcenar y Eugenio Montale –intercalados digitalmente– parece tan antojadizo como que el cantante de la fiesta sea Tom Waits, viejo conocido de Benigni desde los tiempos de Down By Law, de Jim Jarmusch.

La vida diurna no es menos complicada para Attilio. Como poeta y profesor de literatura, es el lugar común del bohemio torpe y distraído, a quien las rutinas cotidianas –como llevar a sus hijas puntualmente al colegio– pueden resultarle una odisea. Pero esa personalidad, que Benigni enfatiza como clownesca, tiene al parecer ciertas ventajas: sus alumnos lo quieren incluso más que a Robin Williams (en una escena que parece calcada de La sociedad de los poetas muertos) y una profesora joven y sexy le pide hacer el amor allí mismo, en el aula, como si esa situación no tuviera tanto que ver con el personaje sino más bien con el ego y la autoestima del actor.

Sucede, sin embargo, que Attilio está locamente enamorado de la Vittoria de sus sueños, a la que de pronto descubre en carne y hueso: una periodista que está escribiendo un libro sobre un famoso poeta iraquí (improbable Jean Reno) quien, a pesar de la guerra, está dispuesto a volver a Bagdad. Desde allí, una noche Atilio recibe la infausta noticia: acompañando al poeta, Vittoria fue una de las víctimas de los bombardeos y se debate entre la vida y la muerte. Hacia Bagdad entonces viaja Attilio, disfrazado como médico de la Cruz Roja, cuando descubre que es imposible sacar un billete turista.

Después del largo preludio romano, desequilibradamente extenso en relación con la estructura del film, el cuerpo central de El tigre y la nieve (un título que conlleva una cita poética) transcurre en un devastado hospital de Bagdad, en el que Attilio hace todos los esfuerzos, aún los más absurdos, por sacar a Vittoria de un coma postraumático. Histórica, tradicionalmente, el cine de comedia italiano –el de su era de oro, al menos– siempre supo trabajar a partir de situaciones dramáticas e incluso trágicas, como una forma de potenciar el humor. Los ejemplos abundan –Una vida difícil y el film en episodios Los monstruos son quizá los más emblemáticos– pero Benigni no podría ubicarse más lejos de esa tradición.

Allí donde reinaba el espíritu crítico, cáustico, inclemente de los Risi, Monicelli o Scola, el film de Benigni en cambio es a-crítico, piadoso, sentimental hasta la sensiblería. La guerra es una abstracción, los misiles parecen estrellas fugaces y las bombas fuegos de artificio; la muerte se puede conjurar con unos pocos versos y hasta el suicidio del poeta iraquí (que se supone tiene un carácter de denuncia de las atrocidades por las que está atravesando su pueblo) pierde peso y significación en la desvaída puesta en escena de Benigni. Ni qué hablar de los marines estadounidenses, que terminan resultando sensibles a la locura y la poesía de Attilio, como si Berlusconi le hubiera pedido a Benigni un gesto cómplice a su política exterior en Irak. O el director hubiera soñado también, por qué no, con otra noche de gloria en la Academia de Hollywood.

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