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Viernes, 23 de septiembre de 2005

MURIO AYER ANNEMARIE HEINRICH, LA CELEBRE RETRATISTA DE LA BELLA EPOCA

Una mujer que sabía dominar la luz

Fue durante cuarenta años la autora de las portadas de la revista Radiolandia, tuvo frente a su cámara a las máximas estrellas de su época, de Evita a Zully Moreno. El 28 se inaugura su muestra Muselina negra, donde se exponen retratos que les hizo a Ana María Lynch y Laura Hidalgo.

“Si el fotógrafo no tiene ética, la mejor foto del mundo no vale nada.” Lo dijo la mejor de todas, Annemarie Heinrich, cuando se truncó un viejo anhelo que perseguía: retratar a Alicia Moreau de Justo. La oportunidad de hacerlo llegó demasiado tarde, cuando la emblemática dirigente socialista cumplió cien años. Pero la fotógrafa alemana, que supo construir ficciones donde la belleza ocupaba un lugar de privilegio, se negó a mostrar la declinación física de Moreau de Justo. Autora de fotos inolvidables de la época dorada del cine y el teatro argentinos –Zully Moreno, Tita Merello, Tania, Mirtha Legrand (quien anunció la muerte de la fotógrafa en su programa), Eva Duarte, Delia Garcés– y maestra inigualable a la hora de enseñar el oficio a sus contemporáneos, Annemarie murió ayer a los 93 años, justo cuando se estaba por inaugurar una muestra sobre su obra en el Espacio Casa de la Cultura (ver aparte). “Tuvo una sutil capacidad de observación para extraer de cada retratado una mirada profunda o chispeante, un gesto único, mágico –señaló Juan Travnik, curador de la muestra retrospectiva Un cuerpo, una luz, un reflejo, que actualmente se presenta en el Centro Cultural Parque España (Rosario)–. Como una ilusionista, consiguió que sus retratos se convirtieran en imágenes que siempre están en tiempo presente. Sus personajes permanecen allí, emergiendo de las sombras o bañados por la luz, pero nunca indiferentes.”
Hija de la generación de la Primera Guerra Mundial, Annemarie Heinrich nació en Darmstadt, Alemania, el 12 de enero de 1912. Su padre, que había sido primer violín de la ópera de Berlín, fue reclutado como soldado y su vida y la de toda su familia cambió radicalmente. Regresó del campo de batalla con una herida que no le permitió volver a tocar el violón, y decidió emigrar hacia la Argentina en 1926. Por convicción, y seguramente condicionada por las imágenes de su infancia, Annemarie tuvo una activa posición contra el nazismo. La familia Heinrich se instaló, al principio, en Entre Ríos, donde la madre de Annemarie tenía dos hermanos pacifistas que habían llegado antes del 14. Uno de sus tíos era el fotógrafo del pueblo, el primero que le ofreció a la muchacha una alternativa para su futuro. “Yo quería ser escenógrafa –contó alguna vez–. Pero cuando llegamos a la Argentina, como no hablaba castellano, lo único que podía hacer era buscarme un oficio que no necesitara del idioma.”
Cuando se trasladaron a Buenos Aires, Annemarie ingresó como aprendiz de varios estudios fotográficos regenteados por alemanes, polacos, húngaros o austríacos, mientras estudiaba español a contraturno en el Colegio Roca. Durante la semana hacía de todo: limpiar cubetas, ordenar el lugar y preparar los productos de revelado; los fines de semana, con la cámara de su padre, sacaba fotos en la plaza de Villa Ballester, donde vivía con su familia. En un medio carente de escuelas especializadas, fotoclubes, libros temáticos y revistas técnicas, con los pocos conocimientos que fue adquiriendo como principiante, Annemarie abrió su primer estudio, en uno de los cuartos de la casa familiar, a los 18. Con la ayuda de su padre construía los focos de luz con latas de querosén.
No se puede comprender el periplo de esta mujer genial sin dos elementos que confluyeron durante su primera juventud: el ascenso social de los inmigrantes y de quienes ingresaban al mundo del espectáculo a través del cine, la radio y el teatro. “La belleza se aprende mirando, trabajé toda mi vida mirando un cuerpo, una luz, un reflejo”, dijo la fotógrafa, que empezó retratando a las mujeres de la alta sociedad para la revista Mundo social y “terminó” transformando su estudio fotográfico de la calle Santa Fe (después el de Callao) en un espacio mítico de exposición: había que posar ante la cámara de Annemarie, era la unción que todos esperaban y deseaban, ser “pintados” por la luz de la fotógrafa. Creadora de un estilo inigualable, Annemarie mostraba, ocultaba, realzaba o aligeraba cada rasgo del retratado en un entrelazamiento de luces y sombras. Desde el primer número en 1935, y durante cuarenta años, la revista Radiolandia mostró en sus tapas las fotos hechas por esta mujer que, tempranamente, exploró las múltiples posibilidades técnicas como el fuera de foco y la exposición prolongada y múltiple, que marcarían un hito en la fotografía por su sentido estético y su concepción vanguardista a la hora de apelar al montaje y al uso del retoque con el objeto de reafirmar la pureza de las formas. No sólo la farándula desfiló por su estudio, también entregaron sus rostros a la lente de Annemarie Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Alicia Markova, Lino Eneas Spilimbergo, Mercedes Sosa, Astor Piazzolla, Aníbal Troilo, Carlos Castagnino, Rafael Alberti y Atahualpa Yupanqui, entre otros. Los desnudos antológicos de la fotógrafa alemana apuntalaban la belleza de las formas y se alejaban de todo atisbo de fealdad o aversión. Ella revestía a la desnudez de pura sensualidad, como lo hizo con la célebre serie de fotos a la actriz Tilda Thamar en los años 40. La fotografía era una suerte de profecía del cuerpo glorioso, y veía en el rostro o en el cuerpo humano una geografía a explorar, como lo hizo en su primer libro de fotografía, El ballet en la Argentina, 233 imágenes de la danza entre 1934 a 1960, con textos de quien fuera su esposo, Alvaro Sol.
El interés de Annemarie por fortalecer y jerarquizar la actividad fotográfica en la Argentina la llevó a participar de la creación del Foto Club Buenos Aires, de la Cooperativa de Fotógrafos profesionales, luego desaparecida, y del Consejo Argentino de Fotografía. Su hija, Alicia Sanguinetti –también fotógrafa–, contaba que su madre era tan observadora que no se le escapaba ningún detalle, “ni los gestos, ni un tul que había caído mal, ni un botón mal puesto, ni un zapato torcido o una uña sin pintar o quebrada”. Annemarie charlaba muchísimo con la gente que fotografiaba, antes, durante y después de las tomas. Ella decía que era una especie de “ablandamiento” de la persona. El resto quedaba en manos de la individualidad emotiva y temperamental que ella le imprimía a su oficio.
“Seguramente no voy a ir al cielo porque durante la mayor parte de mi carrera se utilizaba mucho el retoque y no llevé la cuenta del número de mujeres gordas que retraté como flacas”, confesaba la fotógrafa. ¡Cuántas divas, actrices y famosas le estarán eternamente agradecidas! Los integrantes del mundo del espectáculo difícilmente podrán olvidar a quien fuera su gran retratista. Sus fotografías condensaron el sentido de cientos de existencias, recogieron esas hilachas de lo real –el gesto más mínimo y cotidiano– para restituirles la inmortalidad que sólo consiguen las obras maestras como la de Annemarie.

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