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Jueves, 22 de marzo de 2007

FONTANARROSA EN LA BIBLIOTECA NACIONAL

“Igual que las gambetas, el humor no se puede enseñar”

El Negro abrió la segunda parte del ciclo “La literatura argentina por escritores argentinos”.

 Por Angel Berlanga

–¿Jota Jota López te gusta como técnico de Central?

Sobre el escenario del auditorio Borges de la Biblioteca Nacional, Roberto Fontanarrosa abrió grandes los ojos, que le brillaron un poco, y echó algo hacia atrás la cabeza, como si la situación ya excediera el asombro. El público –y había tanto que fue necesario poner una pantalla en el hall–- volvió a reírse; llevaban sus lectores ya casi una hora disfrutando de sus anécdotas, chistes, explicaciones científicas acerca de su trabajo, teorías delirantes sobre las revoluciones. Lo ovacionaron cuando llegó, lo aplaudieron de pie cuando se fue, se despatarraron de risa mientras estuvo ahí, contando. Así vienen siendo las últimas presentaciones públicas de Fontanarrosa, que para hacer reír sólo necesita que le tiren comentarios o preguntas como centros. ¿Jota Jota?

–Y, yo me la busqué, hablando tanto al pedo sobre fútbol –dijo–. Mirá de lo que venimos a hablar a la Biblioteca Nacional: si me gusta el Negro López. Dios mío.

–Bueno, pero también podemos hablar de Borges, que está en tu literatura –invitó Silvia Hopenhayn, presentadora del encuentro–. Es personaje de un cuento tuyo.

–¿Jorge Luis, decís vos? Como suele decir Daniel Samper: “Estábamos García Márquez, Vargas Llosa... bueh, el grupo de siempre”. El cuentito ése tiene que ver con la siempre castigada tevé. Es muy fácil pegarle. Porque además hay una especie de idea de que “se mete en tu casa”. Y eso es una mentira alevosa: vamos, la buscamos, la elegimos, la pagamos, elegimos el lugar donde tiene que estar en casa. Admito que si tenés tres canales vas muerto, pero en el cable hay cosas maravillosas. Si la tevé hubiera sido inventada exclusivamente para transmitir fútbol, ya estaría justificada ampliamente. ¿A qué viene todo esto? Tienen que esperar, porque mis devaneos mentales son largos y complejos.

–Al cuento sobre Borges –auxilió Hopenhayn.

–Ah, sí. Lo que ve el personaje de El Aleph en aquella casona, debajo de una escalera, en un sótano, aquel pequeño punto brillante en el que se veía toda la actividad del mundo y del universo en el mismo momento, era un televisor.

Y risas otra vez, aplausos. Ahí estaban, en primera fila, su mujer, su editor, Daniel Divinsky, y amigos como Carlos Garaycoechea y Jorge Valdano, entre otros.

El encuentro ocurrió el martes y abrió la segunda parte del ciclo “La literatura argentina por escritores argentinos”. Fontanarrosa es ya tan popular que casi no necesita presentación; el autor de libros de cuentos como El rey de la milonga y Usted no me lo va a creer, hacedor de personajes como Inodoro Pereira y Boogie el Aceitoso, bromeó un poco sobre todo: se maravilló con el invento, “ya prenunciado por Dick Tracy”, del teléfono celular (“aunque le pongan tantas pelotudeces, ya vienen hasta con olor a asado”); elogió el poder de observación de Woody Allen para lo que está delante de los ojos y la costumbre no permite “ver”. Sobre el final le preguntaron si podía enseñarse el humor: “Para ser franco, creo que no”, respondió. Y enseguida volvió a la metáfora futbolera: “Uno puede estimularlo, documentándose. Pero es como enseñarle a un tipo a gambetear: no se puede. Los gambeteadores son extraterrestres, aparecen. Pero yo no conozco ningún técnico que diga ‘bueno, vaya y gambetee a cuatro’”.

Aunque sí haya para aprender de sus gambetas y su humor.

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Fontanarrosa con Silvia Hopenhayn.
 
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