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Sábado, 12 de mayo de 2007

EXPOSICION-HOMENAJE A OLIVERIO GIRONDO, EN LA BIBLIOTECA NACIONAL

Las palabras y las cosas

Palabra Girondo, que se inauguró ayer con un show de Fito Páez, es un viaje poco convencional por la cotidianidad del autor de En la masmédula.

 Por Silvina Friera

“Y se encuentran ritmos al bajar la escalera, poemas tirados en medio de la calle, poemas que uno recoge como quien junta puchos en la vereda.” Lo escribió Oliverio Girondo en su Carta abierta a “La Púa”, incluida como prólogo en la edición de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía. Si el poeta tocó el nervio de los lugares, sacando la realidad de sus moldes con una fuerza de expansión desorbitada, el dramaturgo, director, actor y artista visual Fernando Rubio espanta la letra de los márgenes de las páginas que dejó el poeta y la inscribe en la arquitectura del edificio diseñado por Clorindo Testa. Y con esta traslación, también toca el nervio vital del edificio y de la gente que lo habita o lo transita, porque casi no hay espacio de la Biblioteca Nacional –escaleras, ventanales, pasillos, ascensores, matafuegos, baños, explanada y hasta oficinas– que no esté invadido por versos del autor de En la masmédula. Palabra Girondo –pintura, palabra, video, instalación sonora, con música compuesta por Fito Páez, quien ayer inauguró la muestra con un recital– es un homenaje que cuestiona cómo se piensan los homenajes a 40 años de la muerte del poeta. ¿Recreando un espíritu? ¿Volcando una serie de especulaciones sobre lo que debiera ser? Las respuestas que ofrece Rubio están lejos del bronce y del mármol. Proponen algo más complejo y vital: que la poesía pueda ser encontrada y descubierta, que atraviese todas las zonas y que, sin pedir permiso, genere un relato vincular.

Quienes no tengan la intención de conocer la obra de Girondo igual se encontrarán con ella si van a la Biblioteca Nacional. Por todas partes, hasta si deciden hacer una escala por los baños. Por empezar, quien manotea el picarporte de la puerta se encontrará con el nombre de Oliverio. O mientras se lava las manos, puede leer un texto de Membretes: “Goya grababa como si entrara a matar”. Rubio se ríe al recordar lo que sucedió desde que pintó la frase en esos diminutos azulejos que decoran la pared. “El primer día vino una chica de seguridad y me dijo: ‘Yo borré entrar a matar porque con esto que estuvo pasando en Estados Unidos... no sea cosa que alguien se contagie y nos maten a todos...’” Lo volví a escribir y ella lo volvió a borrar. Nosotros seguiremos escribiéndolo y ella seguirá borrándolo”, plantea Rubio, aunque hay carteles que indican: “Por favor, no tocar, Palabra Girondo”. “La palabra empieza a provocar cosas y me fascina que pase esto”, señala el artista a Página/12.

“Me molesta cómo se piensa al artista muerto y el reconocimiento de mausoleo que se produce con el tiempo”, confiesa Rubio. “Los homenajes suelen cristalizar al poeta y en estos tiempos que vivimos cualquier manifestación, por más grande que sea, dura poco y a los tres minutos se pasa a otro tema. Aunque esto se borre, llueva y la letra se empiece a salir, van a quedar las marcas de su palabra en la arquitectura de la biblioteca.” Rubio dice que encontró en los baños una manera de hacer circular la obra de Girondo en un espacio cotidiano, aunque poco visible.

No importa si sube o si baja, no bien se cierra la puerta del ascensor, rapidito, podrá leer: “Con la poesía sucede lo mismo que con las mujeres: llega un momento en que la única actitud respetuosa consiste en levantarles la pollera”. Una chica que trabaja en la biblioteca, y que ya se acostumbró a verlo a Rubio pintando versos por todas partes, lo saluda y le dice: “Es muy cierto lo de la pollera, ¿no?”. Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, advierte que leer al poeta es entrar en una clase especial de vértigo. “Podrá decirse que toda poesía implica un descenso implacable a las bases de sentido del lenguaje. Las afecta, las destruye, las revisa, las golpea, las revierte. Pero en Girondo, la poesía intenta ser casi exclusivamente el comentario de esa acción de desastre, con el agregado que las palabras intentan pasar a un orden musical, cósmico”, explica el sociólogo.

“La creencia de que pueden ser sustituidas las palabras por golpes rítmicos y secuencias basadas en onomatopeyas es uno de los más viejos debates sobre la lengua. Girondo puede inclinarse a la sustitución de partes del cuerpo por objetos cotidianos, creando nuevos mundos corporales y objetivos, pequeños monstruos líricos con metáforas de brusquedad tierna, de infantil catastrofismo amoroso. O puede elegir que esos objetos nuevos sean las propias palabras, sometidas a un sinsentido primordial.”

Rubio cuenta que quedó maravillado al volver a leer a Girondo. “Es un poeta de una modernidad absoluta y que yo haya podido hacer esto tiene que ver con esa modernidad. Porque no traje una idea arbitraria para hacerme el loquito. Su poesía invita a esto; por ejemplo los Membretes podrían estar en cualquier lugar, y además contienen una forma literaria, un pensamiento, a diferencia del graffiti.” Uno de los chicos de seguridad le comentó al artista que una investigadora, cuando vio la explanada y los ventanales de la sala de lectura con las inscripciones, gritó, espantada: “¡Qué le están haciendo a la Biblioteca!”. Rubio reflexiona sobre la reacción de ella y del personal que tuvo que soportar los gritos y las quejas. “El chico me decía que no entendía por qué una mujer tan culta gritaba, que si le hubiera preguntado, él le habría contestado que era la obra de un poeta”, recuerda Rubio. “Lo interesante es cómo una obra también interfiere en los roles sociales, en el hecho de que el chico de seguridad le podía haber dado una respuesta, que de eso conocía más que la investigadora. Siempre estoy tratando de hurgar en estos aspectos, ver qué sucede con las personas, el impacto que tienen la palabra y la imagen. Habrá espectadores más interesados o no, pero la obra interviene en situaciones inesperadas, y Girondo tenía una mirada sobre esas formas.”

“No podemos, no debemos consentir que el signo de la muerte sea el que consagre y descubra a los grandes hombres como aquí suele suceder muy a menudo. A Oliverio hay que darle en vida la respuesta a su exuberancia, a su fidelidad literaria, a su clarividencia fulminante”, escribió Raúl Gómez de la Serna en 1941, intuyendo la grandeza de un poeta todavía joven, con pocos libros publicados, y lejos aún de la escritura de En la masmédula, considerada por la crítica su obra más lograda. “En este momento no puedo dejar de pensar a Girondo en relación con este espacio, con la Biblioteca Nacional, hasta que inevitablemente la letra se desarme y se borre”, concluye Rubio.

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En 2007 se cumplen 40 años de la muerte del poeta.
 
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