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Sábado, 11 de agosto de 2007

SERGIO AINSESTEIN VUELVE CON NAVE JUNGLA

“Es un mensaje que escapa a las modas y a los tiempos”

Convertido en leyenda urbana desde su desaparición, en 1998, el mítico espacio de cultura rock vuelve de la mano de sus creadores.

 Por Cristian Vitale

“Conócete a ti mismo.” El slogan, ubicado en una parte central del local de Nicaragua y Scalabrini Ortiz, fundamentaba la posibilidad de ser de cualquier manera... de todas las posibles: rockero, faquir, concheto, excéntrico, psicoanalista, freak, poeta o pintor de mujeres soles. Todo estaba permitido en Nave Jungla. Fue, durante diez años (1988-1998) el lugar del escapismo en Buenos Aires. El mosaico de culturas y tribus urbanas, donde el enano fisicoculturista podía mezclarse con Pappo, el mago más bueno del mundo con el payaso masturbador o los liliputienses brothers con Fabiana Cantilo. Una amalgama que, vista desde el hoy, opera como reflejo de una mitología urbana un tanto demente, alucinada y libertaria. Sergio Ainsestein, su mentor histórico, está ansioso. Luego de nueve años, está a punto de ponerla en marcha otra vez. Será en Niceto, el 11 de agosto, y su continuidad en el tiempo es un misterio. “Veremos qué pasa con la gente, no depende de nuestra voluntad. Esto tiene mucho que ver con el regreso de un grupo de rock separado. La Nave no puede perder su espíritu poético. Si lo mantiene, tiene sentido seguir, sino no, y acá no juega el negocio. Es un desafío...”

–¿Cuál es la poética de La Nave?

–La transmisión de un mensaje que no tiene que ver con las modas ni los tiempos... un sentimiento que se vibraba dentro de ella.

Si no es el hombre más inquieto del mundo, pega en el palo. Ainsestein, que a fines de los setenta era una de las plumas de Expreso Imaginario y poco después fundó el Café Einstein junto a Omar Chabán, recorre 55 veces su casa de Almagro. Rescata de la biblioteca un viejo número del Expreso, donde escribe sobre enanos, payasos y freaks; muestra una foto junto a Luca Prodan, y el afiche inauguración de La Nave –del 2 de diciembre de 1988– que detona recuerdos. “Como La Nave era una especie de continuación del Einstein, venían muchos músicos. En ese marco, Charly García pasaba inadvertido. Para hacerse ver, entonces, entraba y tiraba plata para que se le acerquen. Ese ego de Charly onda ‘cómo no me van a mirar’. También venía Iggy Pop de incógnito. Había gente bailando al lado y decía ‘che, qué flaco parecido a Iggy’ ¡y era él!, me entendés. Creo que en La Nave fue la primera vez que la gente del rock bailó.”

–¿Por qué la necesidad de volver?

–Tiene que ver con un estado de ánimo, porque se trata de una poética que no ocupa tiempo ni espacio. Hay un mensaje y una receptividad en la gente, que hace posible que vuelva. La necesidad se fue potenciando, porque nosotros no dimos respuesta. Se fue transformando en una especie de mito. El que había ido y el que no, el yo estuve ahí...

Por ahí están Willy Manicomio, primer musicalizador de La Nave y ex bajista de Hollywood nunca aprenderá –trío de rock que completaban Ainsestein y Sebastián Poco Seso– y Ariel, socio fundador. “Cuando arrancó La Nave pasaba lo mismo que ahora: no existía la posibilidad de que vos pongas un boliche y no pases marcha o house. Nosotros llegamos con una mochila llena de discos de Led Zeppelin y generamos un costumbrismo, en el que todo era posible. No valorábamos lo nuevo sino lo que servía, lo que identificara a la gente. Había discos de los sesenta, que terminaban siendo nuevos, porque nadie los había escuchado”, dice Manicomio, cuyo apodo le tiende un link directo al otro slogan de La Nave: “Un lugar de locos hecho para locos”. Ariel rescata una estética singular. “No había anticipación, era todo muy espontáneo... hoy todo lo que hay es más de lo mismo: speed con vodka, el cartelito de Camel y un grupito de lindas minas, con las que no pasa nada. La misma competencia freak que cuando empezó La Nave.” Y tercia Ainsestein: “La Nave combina el recuerdo, la fantasía y la gente va alucinando que había animales enormes, veladores inmensos. Quedó en la memoria colectiva como muy pocos lugares, y eso es rarísimo”.

–Lo que no inventa nadie es la existencia de los enanos. Ellos estaban... ¿Por qué se le ocurrió convocarlos?

Ainsestein: –Es una historia muy larga. Lo primero que tuve fue un sueño con enanos, yo los relaciono con gnomos y duendes. Para mí, no es alguien que tiene un impedimento sino que es mágicamente diferente. En general, no se sabe qué es un enano, sólo ellos tienen autoconciencia. Es un absurdo que pensemos que no son como nosotros porque tienen una deformidad. Es como discriminar a un negro o a un chino. Ellos son como una raza. Incluso, en la Edad Media siempre tuvieron un pro: se salvaban de las guerras y las pestes, porque vivían en los castillos. Eran los únicos que podían escuchar a los reyes, porque tenían una data superior. Creo que gracias a La Nave, ellos encontraron su camino, no como una deformidad sino como algo mágico.

–¿Las fantasías sexuales son un recorte arbitrario, entonces?

–Son mitologías... la gente empieza a cargar de otras cosas. Pero yo los veo desde otro lugar, y por eso puedo tratar con ellos, de igual a igual.

–Entre el cierre del Einstein y la apertura de La Nave hay un hiato de tres años. ¿Qué pasó entre Chabán y usted en ese lapso?

–El abrió su lugar y yo el mío. Nos separamos en 1984 y nunca más tuve relación con él. Nos distanciamos en todo sentido.

–¿Lo que le ocurrió con Cromañón le motiva alguna reflexión?

–Nada que ver... pasaron 25 años de lo nuestro. Nunca más fuimos amigos. Yo tenía una línea mucho más cercana al rock e hice mi historia.

–¿Por qué terminó La Nave?

–Básicamente, porque los vecinos se cansaron (risas), pero su fin también coincidió con el advenimiento de la música electrónica como industria... por eso digo que es como una banda de rock que regresa.

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“Quedó en la memoria colectiva como muy pocos lugares, y eso es rarísimo”, dice Ainsestein.
 
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