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Viernes, 17 de agosto de 2007

LA MUERTE DE LA PSICOANALISTA SILVIA BLEICHMAR

La mujer que escribía sin aliento

Hábil intérprete de la sociedad argentina en Dolor país, la autora de La fundación del inconsciente murió a los 62 años.

 Por Silvina Friera

Es imposible olvidar su voz grave, su intensa pasión y su rigor intelectual. Se atrevía, con una velocidad de reacción pocas veces vista, a practicar un pensamiento casi instantáneo sobre la actualidad argentina, un riesgo que ella asumía con la profunda convicción de que las huellas frescas de los padeceres del presente, que cincelaban sus textos, no deberían obturar la posibilidad de reflexionar. Cuando muchos intelectuales esquivan las demandas de la realidad con esa inquietante respuesta que daba Bartleby (... preferiría no hacerlo), Silvia Bleichmar las enfrentaba con un punto de vista anclado fuertemente en la subjetividad, como cuando señalaba que el gesto de su vecina, que pedía limosna no para comprar pan sino medialunas, era una afirmación de su voluntad de rehusarse a una desidentificación de sí misma. La psicoanalista y autora de Dolor país murió el miércoles por la tarde en su casa, a los 62 años. Resistió el cáncer con fortaleza, trabajando hasta los últimos días en ensayos sobre psicoanálisis y dando clases en la Facultad de Psicología de la UBA y en la de Córdoba.

Había nacido en Bahía Blanca en 1944. En esa ciudad transcurrió su infancia y adolescencia, hasta que en 1960 llegó a Buenos Aires para estudiar sociología y psicología en la UBA. Su acercamiento al psicoanálisis se produjo en un momento de plena fractura de los paradigmas kleinianos. Con la llegada al país de la revolución lacaniana, Bleichmar se aproximó a Lacan a partir de la vertiente Althusser-Sciarreta, que constituyó un polo de discusión muy importante en el establishment psicoanalítico de lo años ’60. A pesar del impacto que ejerció sobre ella el discurso de Lacan, el dogmatismo lacaniano le producía una sensación de incomodidad. Tenía la impresión de que se movía cómodamente en el interior de enunciados cerrados. A la hora de enumerar los pilares de su formación, ella mencionaba las influencias de la epistemología de la segunda mitad del siglo XX –Bachelard, Canguilhem– y el marxismo de Habermas y Adorno, en el marco de lo que se llamó pensamiento post-metafísico.

En 1976 se exilió en México, donde residió hasta 1986, cuando decidió regresar al país. En Francia, donde viajaba cada tres meses, realizó el doctorado en Psicoanálisis en la Universidad de París VII, bajo la dirección de Jean Laplanche, autor del Diccionario de Psicoanálisis. “Yo vengo a verlo porque usted es el más freudiano de los lacanianos”, recordaba la psicoanalista su primer encuentro con Laplanche. En el cambio de figuritas, él le aclaró: “No, yo soy el más lacaniano de los freudianos”. Autora, entre otros títulos, de La fundación del inconsciente y Clínica psicoanalítica y neogénesis, Bleichmar fue profesora de diversas universidades nacionales y del exterior (España, Francia, Brasil y México) y trabajó en la dirección de los proyectos de Unicef de asistencia a las víctimas infantiles del terremoto de México de 1985 y en el proyecto de ayuda psicológica a los afectados por la bomba en la AMIA (1994). En 2006 recibió el Premio Konex de Platino en Psicología, y en mayo de este año fue distinguida como Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.

Cuando hace casi siete años todos hablaban obsesivamente del riesgo país, Bleichmar observó que se estaba midiendo el riesgo país, pero sin reparar en la cuota de sufrimiento que los argentinos estaban pagando. Los diez textos que integran Dolor país (Libros del Zorzal) fueron calificados por la crítica como “un profundo y comprometido ensayo sobre la realidad argentina y su impacto en la subjetividad”. En No me hubiera gustado morir en los ’90, publicado el año pasado por Taurus, exploraba las consecuencias que tuvo el retiro del Estado en la subjetividad, pero sin perder de vista lo que ella denominaba las reservas fenomenales de la gente. Era capaz de meter el dedo en la llaga profunda de los conceptos fascistas que abundan en la clase media respecto de lo que deben hacer los pobres con el dinero que reciben. “¿Por qué no pueden comprar vino? ¿Por qué no pueden tener un televisor? Ahí está la concepción biopolítica: lo mantengo con vida en el horizonte de los límites mismos de la supervivencia, pero no tiene derecho a una copa de vino, a comer algo muy rico. Condenar a los pobres a la supervivencia biológica es deshumanizarlos”, decía Bleichmar a Página/12. También en esa entrevista afirmaba que no se consideraba kirchnerista. “Puedo colaborar porque pienso que hay buenas intenciones en educación, en cultura, pero no me embanderaría en una propuesta política mientras la sociedad civil no logre una politización más alta o saludable.” Bleichmar nunca cedió su máquina de pensar. “Escribo sin aliento, y la gente lo lee del mismo modo. La gente no me felicita, me agradece”, contaba Bleichmar.

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Como ensayista, analizó “las reservas fenomenales de la gente”.
Imagen: Rafael Yohai
 
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