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Domingo, 16 de octubre de 2005

ENTREVISTA CON LA LINGÜISTA Y POETA IVONNE BORDELOIS, QUE CONTINUA SU LUCHA CONTRA LA DEGRADACION DE LA PALABRA

“Los medios cometen un genocidio con el lenguaje”

La autora de La palabra amenazada acaba de publicar un nuevo libro de ensayos, El país que nos habla, en el que analiza la historia lingüística de la Argentina, reflexiona sobre el lunfardo y el lenguaje electrónico y propone una nueva alianza estratégica entre la poesía y la música.

Es una lucha vital: quien no habla bien su lengua no ha aprendido a vivir. Y ella sabe que no está sola en esta pelea. Desde que la lingüista y poeta Ivonne Bordelois publicó La palabra amenazada (Libros del Zorzal), la conciencia lingüística se fue transformando en una prioridad. Cuando una sociedad se siente despojada de todo, necesita volver al útero inalienable del lenguaje. Muchos poetas, músicos, escritores, talleristas, docentes, psiquiatras y miembros de asambleas barriales formaron una resistencia subterránea, comprendieron que el trampolín al sometimiento emerge en el preciso instante en que la palabra –asiento de la conciencia crítica– se degrada. Bordelois, que asistió a reuniones y debates, comprobó que la repercusión del libro crecía, tomó nota de comentarios y sugerencias, pensó y repensó las causas de esa degradación. El resultado es un puñado de ensayos, El país que nos habla (Sudamericana), en los que analiza la historia lingüística de la Argentina (a través de la generación del ’37, la del ’80 y los debates Florida-Boedo), alienta un diálogo entre el inglés y el español, reflexiona sobre el lunfardo y el lenguaje electrónico y propone una alianza estratégica: la poesía y la música, por ejemplo las canciones de Jorge Drexler o Leda Valladares, como fuentes invalorables de reconquista de la lengua.
“No estoy tratando de salvar la literatura sino la lengua, que es mucho más que la literatura”, dice Bordelois en la entrevista con Página/12. “Intuitivamente todos sabemos que el cuidado por el lenguaje es la llave hacia el entendimiento más lúcido de nuestras posibilidades como comunidad y como individuos”, plantea la lingüista.
–Al mismo tiempo que aumenta la conciencia crítica respecto de la devaluación de la palabra, ¿por qué el lenguaje se transforma en una prioridad?
–La misma devaluación de la palabra ha incentivado esta prioridad. La palabra achatada, aplanada, que recibimos de la televisión, no es solamente el efecto de una cultura consumista; la palabra, además, es comunicación, es la manera que tenemos de ser un grupo humano importante. No nacemos de un repollo: somos más de 400 millones de hablantes del español, es decir que uno nace dentro de una lengua y por la lengua estamos ligados necesariamente a esos hablantes. La primera base de lo comunitario es el lenguaje y cuando te lo tocan a fondo y te lo degradan, saltás como una persona violada.
–¿Qué actitud tienen los adolescentes ante el lenguaje?
–Como están en sublevación con la familia y con los valores que de alguna manera la sociedad trata de comunicarles, hacen todo lo posible para repudiar esos valores, rechazarlos o reinterpretarlos a su manera. Los adolescentes tienen la tendencia a plegarse a la cultura de la gesticulación, de la imagen, del cuerpo; se expresan mucho más desde el punto de vista físico, y eso me preocupa porque pienso que limitan la posibilidad de entrada a un campo de reflexión más profundo. Pero por otro lado, el adolescente tiene una capacidad de innovar muy grande, y esa capacidad se ve en el tipo de modismos que han implantado, como por ejemplo “genia” o “ídola”, donde ciertos valores de la mujer que estaban totalmente suprimidos de golpe afloran. Los adolescentes ahora usan “te amo”, pero para mi generación decir “te amo” era un quemo total, lo único que podíamos decir es “te quiero”. No todo es negativo, lo que pasa es hay que saber escuchar a los chicos. La escuela y los medios de comunicación cometen un genocidio con los adolescentes, cuando en las telenovelas aparecen parejas que se expresan con un lenguaje terriblemente pobre, de una pobreza que te hace llorar porque no pueden entender sus propios sentimientos por la carencia de léxico.
–¿En qué momento empezó a gestarse esta limitación y pobreza en el léxico?
–Hay una cierta tendencia a decir que el menemismo arrasó con el lenguaje, y ciertamente es verdad. Pero en realidad esto sucede en todo el mundo. En Francia se está debatiendo la degradación del lenguaje, justamente en el país que más “vigilancia” ejerce y el que más orgullo siente del cuidado del lenguaje. Si les pasa eso a los franceses quiere decir que esto es mucho más profundo. El menemismo se insertó en una ola general, en una especie de tsunami que está barriendo el mundo. Una civilización capitalista fundamentalista como la nuestra necesita borrar los mecanismos más profundos del lenguaje, porque con el lenguaje viene la reflexión, la crítica y un sentido estético. El lenguaje está amenazado porque es una amenaza, hay que entender esto: si nosotros nos asentamos en las riquezas naturales del lenguaje, nos constituimos en una gran amenaza.
–Al analizar el lenguaje que prevalece en el chat, usted descubrió que, a veces, al acortar lo escrito se recupera el origen de las palabras, como sucede con noche, que se escribe “nox”, igual que en el nominativo del latín. ¿Cómo explica que suceda esto?
–Aunque sea azaroso, en la búsqueda de la reducción al núcleo de la palabra muchas veces se comprueba que la evolución fonética no es arbitraria sino que se corresponde con ciertos mecanismos biológicos y ciertos fenómenos fonéticos que son universales. Necesariamente, los chicos, al desandar ese camino para acortar la palabra, llegan al nox, pero también es cierto que sonó la flauta por casualidad (risas), pero no deja de ser notable e interesante. Yo pongo el ejemplo de las lenguas semíticas, donde la grafía excluye las vocales y la gente tiene que imaginar cuáles son las vocales que faltan. Y eso, a veces, produce grandes ambigüedades. El mecanismo es absolutamente natural en las lenguas humanas; la gente quiere condensar la información escrita que es tan complicada, que es cara, que es lenta, que comparada con la palabra oral siempre pierde en velocidad.
–¿Cómo incide la velocidad en la cultura?
–El gran tema es que ésta es una cultura de la velocidad. Los países más ricos no son los que han ganado más dinero sino más tecnología de velocidad. El problema está en que la palabra ahora tiene que competir con la imagen, que la velocidad de la imagen es infinitamente más grande que la de la palabra. Habría que ver hasta qué punto se produce una especie de calentamiento de la superficie lingüística global al tratar de condensar y alcanzar más velocidad en el lenguaje. Borges decía que el inglés le ganaba al español en velocidad, porque es un idioma que tiene una enorme cantidad de monosílabos, pero que el español le ganaba en claridad, porque naturalmente usamos palabras de tres o cuatro sílabas. Si vos perdés el principio o el final de la palabra en español, no es tan difícil reconstruirla a través del contexto. Esta es una cultura que tiene que decidir si quiere comunicar más, o más rápido.
–Pero el riesgo de esta decisión es que si se opta por la velocidad, para llegar más rápido, se pierda profundidad...
–Sí, pero el hecho de que el inglés haya escogido una estructura prácticamente monosilábica no ha incidido en una falta de profundidad la prueba está en los grandes escritores que tiene la literatura inglesa. El peligro está en el campo de la comunicación verbal. Me parece que el siglo XXI va a ser el siglo de los problemas de comunicación a nivel muy profundo, del diálogo de las grandes lenguas.
–¿Ese diálogo sería entre el inglés y el español?
–No, me parece que el acontecimiento más importante del siglo va a ser el dominio de los chinos y nuestra preparación es flagrantemente pobre. Nosotros no sabemos nada de los chinos y vamos a tener un gran problema porque el diálogo de las culturas estará sometido a una prueba feroz, si no tenemos un poco más de comprensión de lo que está ocurriendo.
–¿Esto se agravaría por la idiosincrasia de los argentinos que tienden a rechazar el aprendizaje de otras lenguas?
–Sí, en cierto sentido somos parecidos a los Estados Unidos, donde la enseñanza de lenguas, de acuerdo con el caudal técnico y económico que tienen, debería estar mucho más difundida. Pero como a cualquier parte del mundo a la que viajan la gente habla inglés, ellos creen que no es necesario conocer otras lenguas, y ahí se pierden un enorme cauce de comprensión y acercamiento. Los argentinos somos muy etnocéntricos y eso desgraciadamente viene de una tradición bastante mezquina. El gran Borges tenía un gran desprecio a nuestras culturas indígenas. Tenemos que desandar un largo camino y volver a andar en otra dirección.
–Usted afirma en el libro que la puja entre Florida y Boedo la ganó Borges.
–El problema de Florida fue crear una especie de entonación criolla dentro del ámbito general del español para diferenciarse de los inmigrantes. En ese momento ellos estaban “ahogados” por una inmigración masiva; hay que pensar que dos de cada tres personas hablaban una lengua que no era el español y el núcleo criollo se sentía asfixiado. Pero fue una noción clasista y sobre todo muy porteña; lo que trató de salvarse fue el paradigma porteño por encima de lo que podría ser un paradigma nacional donde se agruparan las entonaciones de todo el país. Por eso digo que ganó la posición unitaria, porteña y burguesa de Borges.
–En el libro analiza letras de Leda Valladares o Jorge Drexler por el compromiso que tienen con la poesía, con la palabra. ¿La música parecería ser la vía masiva de rescate y recuperación del lenguaje?
–Sí, es la única vía de rescate. A mí lo que me preocupa es la palabra oral. No estoy tratando de “salvar” la literatura sino la lengua, que es mucho más que la literatura. La canción no es una catacumba, por suerte todavía tiene muchísima vitalidad. Cuando vino Drexler, fui pensando que iríamos sólo unos cuantos viejos porque es demasiado poético. Lo que me gustó fue que la única vieja era yo (risas), estaba lleno de chicos jóvenes que coreaban la mayoría de las canciones. Estos son los destellos de esperanza que uno tiene.

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“No estoy tratando de salvar la literatura sino la lengua”, dice Bordelois.
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