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Sábado, 8 de septiembre de 2007

DARIO OLMO, MIEMBRO DEL EQUIPO ARGENTINO DE ANTROPOLOGIA FORENSE

“Uno teme no estar a la altura”

La Feria del Libro de Antropología reserva un importante lugar al equipo de forenses que recupera e identifica cuerpos en Argentina, Guatemala, Honduras, Kosovo, Panamá y Colombia.

 Por Silvina Friera
desde Mexico D.F.

La antropología forense genera más curiosidad que nunca. Basta con ver el revuelo que genera entre los periodistas y el público mexicano Darío Olmo, miembro del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), institución científica no gubernamental e independiente creada en 1984. La principal tarea del EAAF consiste en la exhumación de restos óseos inhumados en fosas comunes e individuales y el análisis del material recuperado, tendiente a lograr identificaciones de los desaparecidos argentinos y de las víctimas de violaciones a los derechos humanos en Guatemala, Honduras, Kosovo, Panamá y Colombia, entre otras partes del mundo en la que han trabajado o trabajan los antropólogos del equipo. No es exagerado afirmar que Olmo es “la estrella” de la Feria del Libro de Antropología. “Si no fuera por su aplicación en los contextos de violencia política, la antropología no llamaría tanto la atención. Creo que tiene que ver más con el contexto que con lo atractiva que pueda ser la especialidad en sí”, dice. Y le anticipa a Página/12 el lanzamiento del Proyecto Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Desaparecidos, una campaña masiva de toma de muestras de sangre a los familiares de las víctimas del terrorismo de Estado que se realizará en los hospitales públicos del país, en forma conjunta con la secretaría de Derechos Humanos de la Nación, el Ministerio de Salud y la EAAF, y que se lanzará simultáneamente en la Argentina, Perú y Guatemala.

Por una serie de casualidades Olmo estuvo en el lugar y en el momento indicado, cuando comenzó a gestarse el Equipo Argentino de Antropología Forense, que presidió entre 1997 y 2002. Hubo una delegación de científicos forenses, enviados por la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, un colectivo que reúne a la academia norteamericana, que llegó a la Argentina en 1984 para colaborar con la Conadep. Entre ellos se encontraba el eminente antropólogo forense Clide Snow, que, apremiado por un juez que le pidió que hiciera una exhumación en un cementerio del Gran Buenos Aires, solicitó al Colegio de Graduados de Antropología que le facilitara el concurso de profesionales para colaborar en las exhumaciones. Pero el colegio se negó a contestar esa solicitud. Snow le pidió a su traductor que le consiguiera estudiantes para ayudarlo en la investigación. Entonces se formó el primer grupo de estudiantes de antropología y arqueología de la Universidad de Buenos Aires que asistiría a Snow. “Como yo hacía arqueología prehistórica en el canal de Beagle, me encontraba con ellos todos los veranos”, recuerda Olmo. “Cuando en abril de 1985 se hizo la primera exhumación en el cementerio de La Plata, que era donde yo vivía, me invitaron a sumarme. Era el caso de Laura Carlotto, la hija de Estela. A lo largo de ese año hicimos otras exhumaciones, en el Gran Buenos Aires, Bahía Blanca y San Luis. Durante mucho tiempo trabajábamos los feriados y los fines de semana.”

El antropólogo cuenta que el trabajo del Equipo se divide en tres etapas: la de investigación, donde van generando hipótesis; la de excavación, el trabajo de campo y, por último, el análisis en el laboratorio, donde revisan lo que encontraron en el terreno. “La excavación de un sitio arqueológico donde hay un cuerpo enterrado es algo que no se puede repetir. Una excavación se puede hacer una sola vez. Si excavás mal, el daño que hacés es irreparable. Porque siempre una excavación, por definición, es un episodio de destrucción. Entonces hay que hacerlo con el mayor cuidado, con los mayores recursos y con la gente más capaz; si no, te exponés a perder información que quizá nunca más vas a poder recuperar”, explica Olmo.

–¿Qué tipo de información se pierde, si se hace mal la excavación?

–Se pierde información contextual, se pueden mezclar restos de distintas personas, se pueden perder cosas muy chiquitas como un diente o una bala, que son fundamentales porque un diente tratado de determinada manera puede ser un indicio muy fuerte para una identificación, y una bala puede ser la prueba o la evidencia sobre la forma en que esa persona murió.

–¿Cómo fueron evolucionado los mecanismos de identificación?

–Por un lado trabajamos con la información física y de tipo histórica de las personas desaparecidas. Naturalmente, a mediados de los ’80 era mucho más fácil conseguir la ficha odontológica de alguien desaparecido diez años atrás que lo que es ahora, porque los archivos se destruyen, se pierden o los odontólogos se mueren. Cuando trabajás con restos, cuando sacás información física importante, tenés elementos para contrastar. Lo que mejoró a lo largo de los años fue que comprendimos cómo era el sistema represivo. Conociendo un poco de la historia de la persona, empezamos a establecer hipótesis confiables sobre a qué centro de detención clandestino la podrían haber llevado, de qué grupo de tareas esa persona fue un blanco y qué rutina tenía ese grupo de tareas respecto de la disposición de los cuerpos, dónde los abandonaban. En los últimos años otro elemento que se fue sumando y que ahora resulta de una enorme importancia es el análisis genético. En 1985 ni siquiera se podía recuperar ADN de vellos, era una línea científica incipiente que solamente se estaba empezando a practicar en algunos países del Hemisferio Norte, y que estaba totalmente fuera de nuestro alcance. Desde fines de los ’80 empezamos a trabajar con esa forma de identificación, remitiendo muestras a algunos de los laboratorios. Probamos con algunos que funcionan en la Ciudad de Buenos Aires, pero las pericias no fueron buenas. En el 2003 encontramos un pequeño laboratorio de la ciudad de Córdoba, que redundó en decenas de identificaciones en los últimos años.

–¿Qué diferencias puede establecer entre el caso argentino respecto de otras experiencias como las de Guatemala o Irak?

–La diferencia más significativa es que Argentina es el lugar donde más lejos se ha llegado en cuanto a políticas de justicia y de reparación. Argentina está muy a la vanguardia por el Juicio a las Juntas o por el porcentaje del PBI tan elevado que se ha destinado a las leyes reparatorias en la década del ’90. Si bien uno siempre está insatisfecho con lo que sucede en el país, hay que reconocer que en perspectiva comparada, la situación de Argentina es de las mejores.

–¿Existe una legitimación más fuerte de la restitución de los cuerpos en Argentina que en otras partes del mundo?

–No, la restitución es importante en todas partes. Al contrario: en Argentina nos hemos encontrado con gente que desde el campo de los derechos humanos dice oponerse a las exhumaciones. Esto no nos ha pasado en ninguna parte del mundo, y eso que estuvimos con personas de otras etnias, culturas y religiones. Todo el mundo se da cuenta de que la recuperación del cuerpo es algo esencial, más allá del castigo a los responsables.

–¿Qué es lo que más le impresiona cuando se encuentra con restos óseos?

–Encontrarte con huesos es todo un desafío, porque los huesos son tan parecidos, somos todos tan similares arqueológicamente, y estamos tan habituados a conocer a la gente por las facciones de la cara y no por las características de sus huesos, que uno siente mucha responsabilidad porque tiene que tomar información de algo que es muy magro y que se parece muchísimo a todo el resto de los esqueletos de todas las personas que han vivido antes. Uno siente, más bien, un poco de miedo de no estar a la altura del trabajo.

–¿Qué recuerda de su primera excavación? ¿Cómo fue esa experiencia?

–La verdad es que fue muy bravo; se trataba del cuerpo de Laura Carlotto y lo más llamativo es que Laura tenía medias de nylon hasta la cintura, y eso era muy fuerte porque estaba como se vestían todas las chicas que yo conocía. Esas medias de nylon eran una marca que me demostraba que la distancia cultural entre esa persona y uno es mínima.

–¿Qué “cuentan” los cuerpos sobre el terrorismo de Estado en la Argentina?

–Siempre los cementerios hablan muchísimo de la cultura. La forma de escamotear los cuerpos a los familiares habla de una estrategia de desmovilización y de diseminación del terror en nuestra sociedad. Los militares argentinos no podían darse cuenta de las barbaridades que estaban cometiendo porque simplemente estaban practicando un método que había practicado Francia, Estados Unidos, Guatemala. Creo que los militares argentinos evaluaron el repudio internacional que había cosechado la dictadura en Chile, que rápidamente se transformó en un país paria, y como quisieron darle una vuelta de tuerca al método, dijeron que no sólo iban a matar sino que lo iban a negar y que iban a esconder los cuerpos, algo que sólo puede pasar por la cabeza de un milico.

–¿Todavía quedan tumbas NN en los cementerios?

–Sí, pero muy pocas, algunas en el Gran Buenos Aires. La mayoría de las tumbas NN ya fueron removidas con trabajos como el nuestro o bien por la dinámica de los cementerios, con lo cual se perdió muchísima información y eso ya nunca se va a poder recuperar.

–¿Cuánto demora el proceso que va desde la exhumación hasta la identificación?

–Depende. Si tenemos buena información, el trabajo de identificación, desde que se hace la excavación hasta que se termina el informe de laboratorio, dura unas dos semanas. En cambio, si no tenés casi nada, puede prolongarse durante años, como nos pasa con muchos de los restos NN que aún no pudimos identificar. Todavía tenemos unos 150 cuerpos que no podemos descartar que correspondan a desaparecidos.

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“Argentina es el lugar donde más lejos se ha llegado en cuanto a políticas de justicia y de reparación.”
 
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