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Martes, 9 de agosto de 2005

MARTA MINUJIN, SUS “VENTANAS” Y LA CONVICCION DE SER “LA MEJOR ARTISTA DEL MUNDO”

“Yo soy genial, pero nací en la Argentina”

“Mis ventanas están blindadas de arte y se van modificando con la luz”, dice la artista plástica sobre la muestra que acaba de inaugurar en el C.C. Borges. Pero una charla con Minujín va inevitablemente más allá de lo coyuntural y termina abarcando el rol del arte, la influencia de los ’60, el proyecto Minujinlandia y su presente completamente atóxico.

 Por Silvina Friera

En la centenaria casona del barrio de San Cristóbal se respira y vive en arte. Una Venus de bronce con pátina multicolor triplicándose, estatuas con los doce meses del año, un viejo Citroën con aplicaciones de venecitas –el de la instalación del El shock metafísico–, las caras del David ensambladas con la computadora, el ventilador y la cama que integran Filosofía de la diagonalidad y cientos de restos de viejas instalaciones se acumulan en las habitaciones y en el patio. No hay detalle, dentro del caos aparente de este atelier, que quede librado al azar. Hasta las sillas adonde invita a sentarse están pintadas y firmadas por la “primera dama del arte mundial y argentino”. O primera ciudadana. Marta Minujín parece la misma de siempre: desinhibida, inquieta, adrenalínica. Da la impresión de que está enchufada a 200 watts, que su yacimiento energético es inagotable. Habla a una velocidad tan desmedida, que los adjetivos que podrían definirla forman el furgón de cola de este cometa que es la señora MM. Habla, por decirlo de alguna manera, con un estilo minujinesco. Pero en el fondo algo ha cambiado. “Estoy limpia como Elton John: no fumo, no tomo alcohol, ni café, ni drogas. Es una etapa de mi vida, por suerte, superada. Soy una nena de cinco años que no conoce los vicios”, cuenta Minujín en la entrevista con Página/12.
Y esa nena esmirriada y de pelo blanco, que hace más de 40 años que vive en el arte y que hace arte con su presencia, acaba de inaugurar la exposición Ventanas, que se puede ver hasta el 22 de agosto en el Centro Cultural Borges (Viamonte esquina San Martín). La muestra está compuesta por seis vidrios esculturales de gran tamaño con aplicaciones de venecitas. Sobre la base de viejos marcos de aberturas de su atelier, Minujín descoloca y divierte a las personas que pasen por la experiencia de visitar la exposición. ¿Cómo sobreponerse a la sensación que genera esa mezcla de ventanas y vitraux de magnífica expresividad? “Ventanas es un destello de color en este mundo triste y gris, lleno de violencia”, apunta, en el catálogo, el historiador de arte Eduardo Díaz Hermelo. “Nunca planeo lo que va a pasar cuando trabajo, va saliendo solo”, señala a su vez Minujín.
–¿Qué quiso comunicar con las ventanas que se exhiben en esta muestra?
–Se me ocurrió hacerlas para que a la gente se le levante el espíritu. Vos mirás a través de las ventanas y siempre vas a sentir que estás acompañada, porque cada ventana es un cuerpo. La persona que mira puede ver una tragedia o lo que sea, pero la ventana funciona como una coraza. Mis ventanas están blindadas de arte y se van modificando con la luz.
–¿Cómo definiría la etapa artística que está viviendo?
–Es un momento de reencuentro y de mucha seguridad, porque creo que lo que hago es genial. Tengo una gran tranquilidad, no me importa lo que digan, lo que piensen, que se venda o no. Además, ser artista de Sudamérica es algo excepcional. Es raro que una mujer haga un Obelisco de pan dulce, un Carlos Gardel de fuego. Yo soy una genia, como fue Salvador Dalí o Picasso, pero nací en la Argentina.
–¿En qué momento supo o se sintió una genia?
–A los 10 años, ni siquiera terminé Bellas Artes. Me di cuenta de que primero tenía que aprender todas las técnicas y después desaprenderlas para tener libertad y para expresar el inconsciente colectivo de la gente. El artista es un emisor que le permite a la gente encontrarse con el arte. ¿Qué sería la vida sin el arte? El arte está en todas partes, todo es arte.
–¿Volvería a destruir sus obras como hizo en una época?
–Las quemaba como creación; pero sí, porque creo que uno puede hacer varias veces lo mismo, pero en el fondo, aunque parece lo mismo, es distinto. En el arte no hay tiempo ni espacio. Una vez que el artista descubre su esencia, puede ir para atrás y para adelante.
–¿No le daría pena destruir, por ejemplo, estas seis ventanas que le llevaron dos años de trabajo?
–Soy capaz de destruirlas, sí (risas). En París también había trabajado dos años cuando quemé todo. Estaba haciendo un happening, La destrucción (1963), que fue maravilloso: liberé 500 pájaros al aire y 100 conejos vivos entre la gente, y varios artistas destruyeron sus obras sobre las mías. Paul Gette, con un hacha, rompió mis obras y después yo les prendí fuego. Era tal la euforia que tuvimos que salir corriendo porque vinieron los bomberos (risas). Pero además había otra cuestión: no sabía qué hacer con las obras en París porque me volvía a la Argentina. En Nueva York también quedó obra mía destruida. En el hecho de romper hay creación, no es un acto de destrucción porque sí.
–¿Es posible hoy hacer happenings?
–Sí, yo los hago en otros lados del mundo. Se puede hacer un happening en cualquier momento, pero acá no lo intento porque los periodistas entran en el happening y lo deforman.
–¿Por qué?
–Apenas hago algo, viene la prensa y lo transforma, y el happening es una actividad muy oculta que no puede fotografiarse ni comentarse; si no, rompés el clima. El happening es para vivirlo.
Suena el teléfono celular de Minujín: su hija perdió las llaves de la casa y no sabe qué hacer. Resuelve el asunto, le pide a su asistente un té con leche y dice que todavía le falta hacer la cabeza y la mano de Mujer-intelecto-consumismo 2000, obra en la que está trabajando desde 1994 y que pesará 5 mil kilos. Por ahora, las partes de la mujer gigante esperan que su creadora las termine y las una en el patio de esculturas del Museo de Arte Moderno. “Me gustan los clásicos para transformarlos”, explica la “primera dama del arte mundial”. “A mí me interesa el movimiento, la multiplicación y transmitirle eso a la gente. Antes trabajé con computadoras, pero dejé de hacerlo porque la imaginación no tiene límites, la computadora sí.”
El elixir de MM es la risa. “Soy siempre divertida porque me río de mí misma; me pasan cosas terribles como perder las llaves, el pasaporte, confundirme las fechas o las personas, olvidarme algo, caerme en la calle, pero siempre me lo tomo con humor”, admite. “Odio la melancolía y la tristeza.”
–A los 19 años, con parte del dinero que ganó en una beca, hizo imprimir unos folletos con la inscripción “Marta Minujín, la artista más famosa del mundo”. ¿Tanta confianza se tenía o fue una provocación juvenil?
–Soy la mejor artista del mundo, yo lo sabía como lo supo Miguel Angel. Aparte, nunca me importó el qué dirán. Y tuve suerte porque iba todos los sábados y domingos a concursos de manchas, pintaba y me ganaba los premios. Con ese dinero, a los 14 años, me ganaba la vida. Yo soy genial, pero siempre necesito que me den plata para seguir trabajando. Nunca alcanza. Yo quisiera hacer un Disneylandia, un laberinto de arte en Buenos Aires, pero hay que saber convencer y tener una mentalidad muy abierta. Se llamaría Minujinlandia y sería un parque de arte permanente, un laberinto unidimensional donde la gente pueda entrar y encontrarse a sí misma.
–¿El personaje Minujín no eclipsa un poco su obra?
–¿Le parece? No creo, acá en la Argentina puede ser, pero en Estados Unidos o en otras partes del mundo lo que importa son mis obras.
–¿Siente nostalgia por los ’60?
–No, para nada. Los sixties eran más divertidos, pero el mundo cambió y cada uno sobrevive refugiado en su mundo interior, como hace Mick Jagger. Pero nosotros seguimos siendo gente divertida y alegre, aunque yo ya no puedo mirar nada de afuera.
–¿Cómo es eso?
–No tengo tiempo, me quedan pocos años para cumplir con mis sueños: la mujer gigante, Minujinlandia. Entonces no puedo ver exposiciones de otros artistas. Además, Miguel Angel tampoco iba a ver las obras de los otros.
–¿Cuánto cotiza una obra suya?
–Tengo algunas muy baratas como el Marta Minujín de chocolate que vale 4 pesos y se vende en una bombonería de Juncal y Rodríguez Peña (risas). Pero hay esculturas de 30 mil dólares.
–En 1985 pagó simbólicamente la deuda externa a Andy Warhol con maíz en una performance. ¿A quién se la pagaría ahora y con qué?
–A Bush, sin duda. Le llevaría el maíz y le haría entender que nosotros le dimos de comer al mundo, y que el corn flakes que ellos se devoran sale de acá, y que la deuda está paga porque alimentamos demasiado a los Estados Unidos.
–Esta performance, como la que intentó hacer con la reina Sofía por el Quinto Centenario o con Margaret Thatcher por Malvinas, ¿es su forma de intervenir políticamente?
–No, porque no son intervenciones políticas sino conceptuales. El arte está más allá de la política, es místico.
–Una duda final: su edad es un misterio. ¿Cuántos años tiene?
–25 (risas).
–A veces dice que nació en 1941 o en 1943. ¿Es parte de un juego o simple coquetería femenina?
–Nací en el ‘43, pero cambié mi edad para casarme porque era menor de edad: tenía 16, entonces anoté que nací en 1941. Pero, como Mick Jagger, yo no tengo edad.

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