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Martes, 27 de noviembre de 2007

ENTREVISTA A GONZALO CELORIO

“Los medios juegan un papel esencial”

En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el escritor y catedrático mexicano se pregunta: “¿Para qué chingados sirve el español?”.

 Por Fernanda Gonzalez Cortiñas
desde Guadalajara

Gonzalo Celorio (1948) es escritor y titular de la cátedra de Literatura Iberoamericana en la UNAM desde 1974. La literatura de Celorio es como él, y él es como la mayoría de los mexicanos: barroco. De lenguaje preciosista y carácter obsequioso, sus textos fluyen entre andanadas de metáforas, adjetivos floridos y uno que otro neologismo, que hace correr al lector al final de libro en la desesperada búsqueda de un glosario. Tres años atrás fue convocado a participar del Congreso de la Lengua, en donde disertó acerca de un tema muy parecido al que lo ocupará ahora en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde (compartiendo cartel con el periodista colombiano Daniel Samper, el titular de la agencia EFE y presidente de la Fundación del Español Urgente, Alex Grijelmo, y el escritor mexicano Juan Villoro) disertará bajo el título de “¿Para qué chingados sirve el español?”. Adelantando parte de lo que será su participación en la mesa, en diálogo con Página/12, el autor de best-sellers como México, ciudad de papel, Y retiemble en sus centros la tierra y Ensayo de contraconquista, entre otros, habló de los desafíos que presenta hoy la actualización de la lengua.

–Entonces, ¿para qué chingados sirve el español?

–Bueno, no me voy a preguntar precisamente eso. La idea es tener una conversación entre personas a quienes la lengua nos resulta un modus vivendi y ocupa un lugar preponderante en nuestra escala de valores. La idea del título fue más que nada publicitaria, para atraer a la juventud, porque no creo que a los jóvenes les interesara venir a una mesa que llevara por título algo así como: “El uso correcto e incorrecto de la lengua española en la época contemporánea”. Con esto trato de decir que la Academia es, por un lado, una institución conservadora, y qué bueno que así sea, de no ser así no podríamos hoy por hoy leer el Quijote. Por otra parte, la Academia no es normativa, no es prescriptiva, es descriptiva de lo que se da en el habla, y claro, elige del habla la norma culta, porque es la más rica, la más uniforme, porque es la que tiene menos variantes dialectales en el vasto mundo de la lengua española y porque, por otra parte, es mucho más fácil que la norma culta entienda las normas populares y no viceversa. La Academia lo que hace es describir de qué manera se usa la lengua en el ámbito culto y ésa es la que consigna en sus diccionarios. En este sentido creo que hay obras muy importantes, como el Diccionario Panhispánico de Dudas, que tiene una enorme cualidad, y es que acepta como válidas las modalidades lingüísticas de la norma culta de todo el ámbito hispanoparlante: si en España se dice “desvelar” una estatua y en Argentina se dice “develar”, si en Colombia se dice “exilado” y aquí “exiliado”, todo eso está contemplado. Otra cosa importantísima que, creo yo, no ha tenido la debida difusión es que en la última edición del Diccionario de la Real Academia Española, por primera vez en la historia, aparece la figura del “españolismo”. Los españoles pensaban que cualquier palabra que ellos usaran tenía per se validez general. Por ejemplo, la palabra “piso” por departamento es una acepción que sólo ellos usan. Y así, “tío”, “pelas”, etc. Para mí eso es el retorno de las carabelas, una reconquista muy importante, porque deja claro que ya no hay un sentido de superioridad de la norma peninsular frente a la americana. Además hay un dato fundamental para este análisis y es el estadístico: los españoles no constituyen más del diez por ciento de los hablantes, mientras que, por ejemplo, los mexicanos somos el veinticinco por ciento, es decir, uno de cada cuatro hablantes del español es mexicano. Por eso la idea del título fue para atraer gente con cierto criterio de apertura, que sepa que los cánones de corrección actual están vinculados con la norma culta y que eso no significa que no haya cosas que combatir, porque son anfibológicas, torpes, porque implican una terrible ignorancia, o una hipercorrección. Aquí en México hay un conductor de televisión que terminaba su programa diciendo: “no somos nada”. Pero alguien le dijo que eso era una doble negación; entonces terminaba diciendo: “somos nada”. Eso es una aberración, la lengua no es un discurso matemático. Conozco personas que preguntan: “¿no llegó alguien?”, en vez de ¿no llegó nadie?, cuando la doble negación está en el latín y en todas las lenguas romance, y tiene prestigio de norma culta. Creo que hay que evitar estos barbarismos, sobre todo cuando proceden de asimilación de extranjerismos innecesarios. Pienso que cuando hay una palabra en español para designar algo, no es necesario buscar otra. Por supuesto, pensar que quienes hablamos español vamos a empezar a usar la palabra emparedado en vez de sandwich es una tontería, pero hay otras que se pueden evitar. Yo lamento muchísimo que frente a una computadora la gente diga “voy a salvar un documento”, en vez de decir voy a guardarlo. La lengua española es milagrosamente uniforme, es decir, que a pesar de estas variantes dialectales, casi la totalidad de las palabras son del español general. Además cada día se amplía nuestro “fondo pasivo”, que no es otra cosa que aquel que está constituido por las palabras que entendemos aunque no usemos. En México no usamos la palabra acera, usamos banqueta, pero todo el mundo sabe qué es una acera. En este punto los medios de comunicación juegan un papel preponderante.

–A propósito de esto, teniendo en cuenta que en algún punto de los ’60 y los ’70, periodismo y literatura eran como un todo, dos espacios paralelos de los que se iba y venía sin pasaporte sin que ninguno de los dos sufriera, ¿qué análisis del género se puede hacer hoy?

–Creo que depende. Hay periódicos que son más cuidadosos que otros, hay algunos que tienen su manual de estilo, sus correctores, hay algunos que han suscrito enfáticamente la adhesión al Diccionario Panhispánico de Dudas. Pero sí, hay otros en los que se ve que cada uno escribe lo que quiere y luego le pasa el corrector de la computadora y ya. Es probable que debido a la demanda cada vez mayor de inmediatez, el periodismo sí se haya ido deteriorando en su calidad. Pero estoy opinando sólo como lector, no conozco un diario por dentro.

–Le doy vuelta la pregunta: ¿qué opina de las nuevas generaciones de escritores que usan el lenguaje coloquial, en todas sus facetas?

–No me parece novedoso, a lo largo de la historia de la literatura ha habido miles de experimentaciones con la lengua, no todas afortunadas. Qué maravilla que Cortázar haya escrito el capítulo 68 de Rayuela usando un tipo de lenguaje guíglico, de renovación del erotismo. Pero, obviamente, no todos son Cortázar.

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“Por primera vez aparece la figura del ‘españolismo’”, dice Celorio.
 
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