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Sábado, 15 de diciembre de 2007

MUJERES WICHI Y COMLE’EC

Tres colores que son un arco iris

La Facultad de Filosofía y Letras sirve como espacio para una muestra atípica.

 Por Karina Micheletto

Las mujeres wichí y comle’ec dicen que antes sólo tenían tres colores para trabajar sus artesanías. Y que, desde que empezaron a organizarse y a compartir su trabajo, aprendieron a sacarle más de treinta colores al monte. Este podría ser un buen resumen de lo que lograron con esta experiencia de organización de mujeres indígenas. Ahora viajaron hasta Buenos Aires para mostrar el largo proceso que comienza buscando las tinturas vegetales naturales, monte adentro, y termina vendiendo las artesanías a un precio digno, en puntos de venta de todo el país. “Queremos mostrar cuánto trabajo cuesta hacer una yisca”, dicen estas mujeres. En Los colores del monte, la exposición que culmina hoy en el Centro Cultural Paco Urondo de la Facultad de Filosofía y Letras, muestran sus productos, el proceso de trabajo y cuentan su experiencia en distintas charlas y talleres.

Esta forma de organización en red, auspiciada por la Fundación Gran Chaco y la ONG Cooperazione Italiana Nord Sud, viene resultando exitosa desde el año 2000, en diferentes comunidades indígenas del oeste formoseño, en el límite con Salta, en los departamentos Bermejo y Ramón Lista. Son siete asociaciones de mujeres, que trabajan tejidos en lana y chaguar (un tipo de fibra vegetal), y tres de hombres, que se formaron siguiendo el ejemplo femenino, nucleados alrededor de las artesanías en palo santo. Los objetivos logrados: reforzaron su capacidad organizativa, mejoraron el sistema de producción y lograron una forma de comercialización sustentable y justa. En el medio de este proceso, cuentan las implicadas, aprendieron a “sentirse valoradas”, más allá de su rol de artesanas.

“Las mujeres antes no podían estar tantas horas fuera de la casa, ahora dicen no, voy porque éste es mi trabajo, soy artesana”, afirma con una sonrisa Felisa Ledesma, de la comunidad de La Mocha, donde viven unas quince familias, y explica su trabajo como “coordinadora” de la asociación de su comunidad: “Nos llega un pedido de artesanías, vamos casa por casa de las artesanas y controlamos cómo va saliendo todo. Todos los miércoles a las 9 vamos al taller y allí anotamos todo en un cuadernito. Al principio nos encontrábamos en una iglesia, o debajo de un árbol, sentadas en el suelo. Ahora tenemos un lugar para juntarnos, con mesa y sillas”.

“Antes no había salida de artesanías, las mujeres no trabajaban porque no había precio, no se valoraba lo que hacíamos”, dice Silveria Samuel, de la comunidad de Santa Teresa. Quizás hacían vestimentas para los esposos, redes para la pesca, pero nada más. Porque no había precio, se cambiaba por mercadería, o por ropa usada. Por ahí les cambiaban una pollera usada por siete cintos. “¿Y sabe lo que cuesta hacer cada cinto? ¿Sabe lo duro que es meterse al monte a buscar los tintes?”.

Un video que acompaña la exposición muestra los pasos de ese trabajo: ir al monte a sacar la fibra del chaguar, pelar la planta. Machacarla y sacarle la resina. Moler el tinte en el mortero, preparar los hilos, dejar dos días al sol con cenizas para que se tiñan, finalmente tejer. Conseguir la lana, lavarla, hacer los vellones, sacar hilo con el huso, teñirlo, tejerlo. Y, por otro lado, conseguir los tintes naturales del monte: verde de hojas de palo santo, naranja de otros árboles, amarillo de raíces, rojo de la corteza del quebracho colorado, azul de pequeños frutos de arbustos. El resultado: tapices de todo tipo y tamaño, carteras, yiscas, loilas, polleras, cintos, que son comprados por argentinos y turistas en todo el país y hasta por diseñadores que incorporan estos tejidos a sus obras, como Marcelo Senra.

“Trabajamos sin importar modelos productivos de nada. El punto de partida fue el rescate de formas propias. Rescate desde nuestro punto de vista, porque para ellos es un saber histórico bien concreto”, explica Fabiana Menna, una antropóloga italiana que vino a la Argentina por una beca de tres meses de la Unión Europea y terminó quedándose a vivir en Formosa. A través de las asociaciones en redes, no sólo se perfeccionan las técnicas artesanales y se encuentran formas de venderlas, también se trabajan otras problemáticas, como la salud sexual y reproductiva. Olga Aparicio, de la comunidad de Vaca Perdida, evalúa los cambios logrados en estos siete años de trabajo: “Ahora ya no queremos cambiar por cualquier cosa nuestros tejidos. Sabemos lo que valen”. “Costó mucho tiempo poder organizarnos”, agrega Silveria Samuel. “Por ahí antes nos decían: para qué te vas a ir a la reunión, quedate en la casa. Pero las mujeres, de a poquito, nos salimos con la nuestra. Mostramos que podemos”.

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“Trabajamos sin importar modelos productivos”, dicen.
 
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