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Domingo, 23 de diciembre de 2007

NORMA HUIDOBRO Y “EL LUGAR PERDIDO”

“Cuesta muchísimo pensar a un represor como ser humano”

Su novela cuenta la historia de una amistad entre dos mujeres en plena dictadura militar, pero en el contexto de un pueblo polvoriento del noroeste argentino, al que llegará un oscuro personaje, torturador en un centro clandestino de detención, en la inquietante búsqueda de una mujer.

 Por Silvina Friera

Un tipo como Ferroni, “cumplidor, meticuloso, eficiente”, se queja de su suerte. En enero de 1977, justo cuando tenía planificada unas vacaciones en Mar del Plata, lo mandan a un pueblo remoto de Jujuy, a “buscar a alguien que quién sabe dónde carajo estaba”. No le gusta el paisaje de Villa del Carmen; ve demasiada tierra, demasiadas piedras, exceso de polvo que le ensucia los zapatos. La persona buscada es Matilde Trigo, empleada doméstica y mujer de un ferroviario huelguista, supuestamente un “subversivo”. La única pista que tiene es una carta de María Valdivieso, su amiga de la infancia que atiende el bar de ese “pueblo de morondanga” adonde llega el pendenciero de Ferroni. Se presenta como detective y trata de averiguar si esa chica, que lo mira con miedo y desconfianza mientras le sirve una cerveza, sabe algo de Matilde, de quien no se tiene noticias hace dos meses. En El lugar perdido (Alfaguara), de Norma Huidobro, un coro de voces cuenta la historia de una amistad entre dos mujeres en plena dictadura militar, pero la persecución, las torturas y las desapariciones resuenan en esa geografía recóndita como murmullos, como palabras a medio hilvanar.

“No era mi intención inicial trabajar con la figura del torturador. Al principio quería centrarme en la amistad de las chicas, pero Ferroni empezó a cobrar protagonismo una vez que apareció en el pueblo. Tuve la necesidad de ocuparme de él porque no sabía qué hacer con ese personaje. Ya había estado en el bar y había hablado con María, entonces me pregunté cómo sigo la trama con este tipo dando vueltas por ahí –señala Huidobro en la entrevista con Página/12–. Lo detestaba profundamente, pero necesitaba que fuera creíble, que tuviera una infancia, una madre, recuerdos de su casa en Barracas, y por eso tuve que meterme mucho con él.” A pesar de ser un subalterno, un tipo de poca monta que cumple órdenes, la escritora subraya que no deja de ser un torturador que participa en los interrogatorios de un centro clandestino de detención. “Es imposible pensar un represor como humano, cuesta muchísimo. Y a lo mejor eso es lo más monstruoso, que es humano, una persona como cualquiera, que tiene un pasado, madre, amigos, pero que no deja de ser un monstruo –aclara–. Su obsesión por la limpieza está relacionada con las conductas de los militares, que obligan a los soldados a lustrarse permanentemente los zapatos, con esa idea de orden y limpieza. Quería mostrar a un obsesivo, a un maniático de la limpieza en un pueblo donde lo único que hay es polvo.”

La escritora confiesa que mientras escribía la novela tuvo que luchar contra la repulsión que le generaba el peligro de “humanizar demasiado” a Ferroni. “Será un monstruo, pero no deja de ser un hombre. Mientras escribía me acordé mucho de la obra El señor Galíndez, de Eduardo Pavlovsky, que aborda la dimensión psicológica del torturador.” Aunque transcurre en Jujuy, Villa del Carmen es un pueblo inventado por la autora, que conoce Jujuy, Salta, todo el Noroeste de Argentina, y mucho del sur de Bolivia porque su marido es de Tarija. “Hay algo que me chocó mucho, una historia real. Conocí a una señora, una especie de Pachamama blanca rodeada de sus hijos, y me llamó la atención que había una nena chiquita, que no era hija de ella. Era su nieta; la había tenido una de sus hijas de soltera, y la señora echó a su hija de la casa y se quedó con la nena. Esa mujer, que parecía una gran madre, se había quedado con su nieta y la educó como ella quiso.” Huidobro aprovechó esta historia real y la tomó prestada para componer parte del pasado de María, también educada por una abuela estricta, personaje que en la novela inmediatamente quiere colaborar con Ferroni, en tanto trata de convencer a su nieta de que le entregue las cartas de Matilde.

Además de la complejidad del rol que tienen las madres en la vida de casi los personajes de la novela, incluido Ferroni, los hombres son figuras que brillan por su ausencia en ese confín del país hundido en el sopor de la siesta y la miseria. “En esa zona geográfica del noroeste argentino, los hombres se van; las mujeres se quedan”, plantea la escritora, nacida en Lanús en 1949, profesora de letras y autora de novelas policiales infantiles como Octubre, crimen, El misterio del mayordomo, El sospechoso viste de negro, y ¿Quién conoce a Greta Garbo?, entre otras. “No sé si son sociedades exactamente matriarcales, pero el rol de las mujeres es ambivalente. Por un lado se ennoblecen, se hacen fuertes, son generosas y gigantes, pero por otra parte, con gestos como el de esa mujer que echó a la hija de su casa y se quedó con la nieta, repiten la estructura machista de la sociedad. En Bolivia y Jujuy, las mujeres cuando están embarazadas no quieren tener varones; desean tener nenas. Y eso me sorprendió porque está muy arraigada la creencia de que las mujeres prefieren tener hombres.” Según Huidobro, la cultura quechua considera que para la mujer es una bendición tener una hija. “La mujer es la que se queda, la que está relacionada con la tierra, con el lugar, la que echa raíces.”

A pesar de las amenazas, María no ceja en la defensa de la intimidad de su amiga; no le entregará las cartas de Matilde al “porteño”, como ella llama a Ferroni, interponiendo una distancia no sólo geográfica sino también cultural, que el represor no podrá franquear. “Esas cartas a usted no le sirven. Ya se lo dije. Va a ser mejor que busque a Matilde en Buenos Aires. Acá no va encontrar nada”, le dice la joven, que decide quemar todas las cartas de su amiga, ante el temor de que el represor se las robe. “Yo sabía que ese tipo en algún momento tenía que morir en manos de alguien, y eso me daba cierta soltura y tranquilidad”, explica Huidobro respecto del desenlace de El lugar perdido, la primera novela para adultos que publica. “La justicia por mano propia es un recurso que ya había utilizado en un cuento. Y en esta novela lo volví a usar porque en la ficción todo está permitido. Pero en la vida real nunca hubo justicia por mano propia; los reclamos de los organismos de derechos humanos siempre se hicieron por la vía judicial. Nunca se vio a ninguna Madre de Plaza de Mayo con un cuchillo en la mano.”

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“Mientras escribía me acordé mucho de la obra El señor Galíndez, de Eduardo Pavlovsky.”
Imagen: Leandro Teysseire
 
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