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Martes, 25 de marzo de 2008

OPINIóN

Rompecorazones

 Por Juan Sasturain (de memoria)

En estas semanas se recuerdan en Italia, sobre todo en Turín y el Piamonte –su paese–, los cien años de la muerte de Edmondo De Amicis, el autor de Cuore, el famosísimo Corazón con el que tantos lloraron y acaso sigan llorando todavía en muchas partes del mundo. Publicado en 1886, Cuore tuvo una rápida y extraordinaria difusión. Prescindiendo de Dante y Boccaccio –y guardando todas las distancias críticas que se quieran guardar– no debe haber obras italianas más conocidas a nivel universal que Cuore, el Pinocchio de Collodi y las novelas de Salgari, tres productos ejemplares de la literatura popular de la segunda mitad del siglo XIX. De todas ellas, la que ha envejecido peor –qué duda cabe– es Cuore, que hace décadas soporta muy mala prensa. Algo habrá hecho, sin duda. Hay que ver qué.

De Amicis nació en 1846, estudió para militar y se alistó en el ejército en cuanto pudo. Fervoroso patriota, participó en las guerras por la unificación y la independencia italianas y en 1870, tras publicar un primer libro sobre la vida militar, abandonó las armas para dedicarse de lleno a la literatura y el periodismo. Ya era un escritor muy conocido y popular –incluso fuera de Italia sobre todo de libros de viajes– cuando a los cuarenta años publicó Corazón, un proyecto que tenía en mente desde hacía tiempo. Sabía qué quería decir, cómo transmitirlo y dónde pegar con eficacia. Incluso tuvo el título y lo que quería hacer –algo violentamente sentido y persuasivo, directo de su corazón al del lector juvenil– mucho antes de encontrar la forma y los contenidos. Hasta que los encontró. Y cómo.

El promocionado lanzamiento del libro por su habitual editor milanés, Emilio Treves, coincidió exactamente con el comienzo del año lectivo de 1886. Lo que sucedió fue increíble: cuarenta y una (sic: 41) ediciones italianas en dos años y medio, y traducciones a cuarenta lenguas en una década. Y así siguió, al menos hasta anteayer.

Es que Corazón –para bien o para mal– es un libro inolvidable. Yo creía haberlo leído de pibe, pero no. Ni en la triste edición a dos columnas de Sopena ni en la de Colección Robin Hood, que tiene un tanito de uniforme y a la carrera dibujado por Pablo Pereyra en la tapa. Lo que sí recordaba eran capítulos sueltos en que se hacía referencia a alguno de los condiscípulos (qué palabrita) del narrador protagonista, como “Mi compañero Coreti”, el chico de la tricota y el gorro de cuero que lo ayuda al papá, que es leñador; y también algunos de los cuentos incluidos, como “El pequeño vigía lombardo”, algo terrible, digno de El cuaderno rojo de Ernie Pike de Oesterheld, pero peor.

Ahora me doy cuenta de que esos textos los leí en la escuela, en alguno de los “libros de lectura” de los últimos años de primaria, quinto o sexto de entonces –calculen: de mediados a fines de los cincuenta– en que se incluían fragmentos de distintos autores. Y el Corazón de De Amicis era un abonado a esas antologías edificantes junto a Juan Ramón Jiménez con su Platero y yo, Ricardo Palma el de las Tradiciones peruanas, el Payró de Pago Chico, el Quiroga de Cuentos de la selva, los Recuerdos de provincia de Sarmiento, algo de Mitre y el consabido Juvenilia (pronunciado “Juveniya” por los analfas de turno) de Miguel Cané. Benito Lynch y Güiraldes eran de los más modernos. Acaso en aquellas antologías no había muchas traducciones –porque predominaba sobre todo el nativismo, de Leguizamón, Ricardo Rojas o Joaquín V. González—, pero este Edmondo De Amicis era, pese a ser tano, como uno más de la familia. Por algo sería. Para averiguarlo, ahora lo leí entero y de una.

Como muchos recordarán, Corazón, que lleva por subtítulo “Diario de un niño”, es una especie de catecismo laico pensado para acompañar sistemáticamente el desarrollo del año escolar. En principio, son los apuntes de Enrico, un chico de doce o trece años de familia digamos acomodada, alumno del tercer curso primario de una escuela turinesa, que arrancan un 17 de octubre con el primer día de clase y terminan el 10 de julio, con los exámenes y la despedida. Los meses, las estaciones, el calendario escolar, ritman la acción y los sucesos –más desgracias que otra cosa: ciegos, tullidos, huérfanos y pobres– que apunta y comenta el inocente y bien dispuesto Enrico. Pero eso no es todo, claro.

Porque ese diario personal que registra la vida dentro y fuera del aula de los diferentes y esquemáticos compañeritos (Garrone el bueno, Derosi el estudioso, Coreti el laburante, Neli el jorobadito, Nobis el engrupido de clase alta, Estardi pura voluntad, Franti el malvado irredimible...), con sus padres respectivos y los sufridos docentes, aparece regularmente interrumpido –o complementado, mejor– por tres series de textos. Por un lado, el más redundante, las cartas morales y aleccionadoras del padre o de la madre; por otro, los retratos de figuras políticas paradigmáticas del Rissorgimento italiano, de Cavour y Vittorio Emanuele a Manzini y Garibaldi; y en tercer lugar e inolvidablemente –como diría Tito Rodríguez– la colección de nueve alevosos cuentos de pibes heroicos que mes a mes les lee y hace copiar el maestro.

En conjunto, Corazón es una obra de una solidez llamativa, de una estructura cuasi programática que no tiene nada de espontáneo en su confección. Si el diario se ocupa de poner en escena con trazo grueso y firme un riquísimo repertorio de personajes y de sucesos representativos del mosaico regional que era la incipiente Italia de entonces, y se hace cargo (desde el humanitarismo) de las desigualdades de todo tipo que campeaban en una nación y una sociedad en construcción, el resto de los textos, sobre todo los cuentos, predican alevosamente –con el ejemplo moral– la necesidad de ponerle heroicamente el cuerpo a la tarea pendiente, algo que incluye (sobre todo) a los jóvenes. Y ahí De Amicis apunta directamente al corazón.

Nadie puede leer sin estupor ni conmoción los sacrificios patrióticos de “El pequeño vigía lombardo”, bajado del árbol a tiros por los austríacos y de “El tamborcito sardo”, que pierde una pierna pero cumple su misión en la batalla. Casi repugnan el heroísmo de Mario, el sicilianito que cede su lugar en la lancha con la que podría salvarse en “Naufragio”; el inagotable amor filial de “El pequeño escribiente florentino”, que ayuda a su padre por las noches sin que éste lo sepa o la capacidad de entrega del napolitanito que cuida durante meses a un enfermo que creía en principio era su padre –su taita– pero que sigue haciéndolo, hasta la muerte, pese a descubrir que no lo es. Y qué decir de las interminables tribulaciones de Marco, el que se vino “De los Apeninos a los Andes”, a la Argentina más precisamente, solito, buscando a la mamá. Al respecto ya lo han dicho todo y puesto mejor en pantalla los mismos japoneses que antes habían estirado Heidy con oriental delectación. Qué bárbaro.

A propósito, es sabido que De Amicis fue bien conocido e incluso estuvo en la Argentina. Vino invitado por las autoridades en el otoño de 1884 –dos años antes de publicar Corazón– y anduvo un par de meses dando conferencias sobre Garibaldi, Mazzini y la nueva Italia en Buenos Aires y el interior. Conoció bastante del país y se mezcló con sus cada vez más numerosos compatriotas. El fenómeno emigratorio le interesaba en serio y sabía de qué hablaba. Acerca del tema, publicó Sull’mare (Sobre el mar) en 1889, tras acompañar a 1600 emigrantes en su aventura americana. Sus colaboraciones literarias y periodísticas se difundieron generosamente en los diarios argentinos hasta comienzos de siglo. Corazón ha tenido ediciones múltiples en nuestro país. De Amicis ha dejado huella y probablemente le ha quedado marca sudamericana.

Al respecto –lo pienso recién ahora, recapitulando– textos alevosos como “El tambor (o tamborcito) de Tacuarí” o la historia del heroico negro Falucho muriendo abrazado a la bandera en El Callao, dos modelos de patriotismo legendario acuñados y convertidos en leyenda por Mitre & Co, son relatos ejemplares que no desentonarían intercalados en Corazón... Tampoco algunos de Sarmiento, como la historia del Cabo Gómez durante la Guerra del Paraguay, en la Vida de Dominguito, según creo recordar. Incluso algunos de los mejores fragmentos de Juvenilia –que es dos años anterior al texto de De Amicis– respiran un aire si no parecido, al menos de lejano parentesco.

Y no es raro: Corazón y, en cierta medida, todos esos otros relatos, participan de una misma concepción –de una necesidad– ideológica de la educación (del niño actual y futuro “soberano”: ciudadano elector y necesario soldado) que podría describirse como pedagogía de la ejemplaridad. De ahí la exaltación de los valores superiores de la familia, la patria, el trabajo y el estudio. De ahí el cultivo de los sentimientos acordes: el respeto amoroso por los mayores y maestros, el patriotismo, el amor fraterno, el humanitarismo social. De ahí las virtudes necesarias: la voluntad, la abnegación y –sobre todo– la capacidad de sacrificio e inmolación personal. Todo un programa que, situado y contextualizado, tenía allá –en la Italia del Rissorgimento, con la unidad nacional agarrada con alfileres, con todo por consolidar como nación– un sentido alevosamente patriótico, si se quiere. Acá, en el contexto de los ideólogos de la generación del ochenta, también. Sólo que con un matiz más crudamente utilitario.

De Croce a Gramsci, de Arbasino a Eco, los críticos del siglo XX no han dejado de pegarle por izquierda y derecha al Cuore de De Amicis. Es que es fácil. Olvidado o desdeñado el aspecto ideológico coyuntural, los rasgos sentimentaloides, su apología a ultranza del ejército, la familia y los valores patrióticos, sus flagrantes golpes bajos, el “humanitarismo pequeñoburgués” y el explícito didactismo suelen resultar indefendibles en estos tiempos. “Deamicismo”, precisamente, será la categoría que, aunando estos rasgos, les servirá a algunos para describir el costado más retrógrado y deplorable de la ideología de la Italia prefascista. Sin embargo, puesto a contar, De Amicis tiene –sigue teniendo– una garra y un instinto infalibles. Sus historias están (bien) hechas con los mismos materiales que alimentan –poco más o menos– muchos de los relatos que siguen hoy llenado páginas y pantallas rabiosamente populares.

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