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Viernes, 11 de noviembre de 2005

UNA EXCURSION AL CENTRO DE LA ESCENA DEL NUDISMO URBANO

“Esta es la única vía para transgredir”

Desnudos en una facultad, puestas en escena en iglesias, paseos en traje de Adán: por qué crece el desnudo artístico urbano, qué buscan sus protagonistas y cómo impacta en el público.

Se la recuerda completamente desnuda en discotecas llamadas Ave Porco o el Morocco, en provocadora performance que, en los ‘90, siempre incluía algo de violencia. Así aparecía Inés Gliemmo, actual organizadora de las fiestas Cocoliche, hasta que decidió ganarse el espacio público. En 2005 –dicen los nudistas acompañados en su día de trabajo por Página/12– se impone la performance en parques, plazas y calles o una estadía suspendida de su propia piel (como lo hace la performer local La Negra), o en invasión no autorizada a templos e iglesias católicas (como fomenta Luizo Vega, famoso por los escándalos que provocó en Chile), o simplemente caminando como un transeúnte más pero, eso sí, dando al accesorio (anteojos de sol y bolsito cruzado) una importancia inusitada, según postula la urbanudista Avril X.
¿Qué define al buen nudista artístico urbano, en tiempos de alta competitividad? ¿Cómo se diferencian unos de otros cuando lo que menos abunda es la sorpresa? Luizo Vega, el performer al que este diario seguirá desde el principio al final de su intervención de seminudista sangrante con maja desnuda en brazos apela, siempre, al factor autobiográfico. Es importante, para él, que se resalte su veta vocacional. “Las intervenciones con desnudos empiezan en mi infancia en Cosquín, Córdoba”, dice. “Desaparecía, salía a caminar desnudo con Lula, mi musa de entonces, por la ruta. Le decía: no hay nadie, desnudate. Y eso fue antes del Erótica de Madonna.”
Ahora Luizo Vega, que se hizo famoso por desnudar y pasear por la calle a una virgen cordobesa desnudita (precursora de la local Avril X) en alusión servida a una mitología religiosa, el mismo que se desnudó en templos obsesionado con aportar el factor sensual a altares y púlpitos, se saca la ropa en las escalinatas de la Facultad de Derecho, sobre Figueroa Alcorta. Se queda en cueros cargando a Inés Gliemmo totalmente desnuda con intención de ser maja, y se dedica a esperar reacciones.

Impresiona, un poquito, el minuto en que Luizo se quita dos agujas del entrecejo y le caen hilos de sangre. ¡Algo hay que agregar cuando hay tantos haciendo lo mismo! El fuerte de Luizo Vega –según admite– será la ligazón a lo espiritual: la provocación hay que forzarla de algún modo, en pleno 2005 y después de que el fotógrafo Spencer Tunnick desnudara a familias enteras en la 9 de Julio (Buenos Aires, 2002), o en el año en que los fotógrafos Gabriel Rocca (de Divas al desnudo) y Roberto Edwards (de Cuerpos pintados) desnudan a modelos famosas o les pintan los cuerpos como en un catálogo de freaks bellísimas. ¿Qué queda para Luizo Vega o Inés Gliemmo, dotados de un presupuesto mínimo, dispuestos a molestar sin nada más que sus cuerpos entrenados en el gimnasio?
“Trabajo sobre conceptos espirituales de las diferentes religiones –argumenta Luizo Vega–, de hecho nací un 24 de diciembre. Me corté las venas en la frontera con Chile en homenaje a los desaparecidos de ambos países, o desnudé a una virgen chilena de 17 años y un obispo me llamó esa basura argentina. Armé, con frecuencia, intervenciones con desnudos en altares de iglesias católicas.” Para una breve cronología del boom nudista, Inés Gliemmo aporta algunos datos: el germen habría que ubicarlo en los años ’90, con el destape en discotecas como Ave Porco, El Dorado o Morocco, allí donde ella misma salía a escena desnuda y amordazada, se dejaba desgarrar la ropa por otra chica, participaba de un simulacro de violación lésbica o se colgaba para que la bañaran en champagne. Desde 2000 –dice– la discoteca empezó a quedarle chica. “Decidí salir a la calle para que pueda vernos más gente –cuenta–; había que provocar reacciones en lo cotidiano. Si hay lío, mejor: es la única vía para transgredir, para provocar algo.”
En cambio, La Negra –nudista y performer de suspensiones desde su propia piel– cree que a esta altura “el desnudo es algo totalmente obvio, que todos tenemos... Me parece tan ilógico que todavía les parezca extraño... pase lo que pase tenés tu cuerpo; es la carrocería del auto. Ya no me causa nada. Por ejemplo, lo que hace Avril X (paseos nudistas en zonas céntricas para escandalizar) es sólo sacarse la ropa y caminar por la calle, ¡muy básico!”. Por eso La Negra le agrega suspensiones en altura desde la piel de sus rodillas o de su espalda, y además se implantó cuernos en la cara para promover una imagen corporal alternativa... “El cuerpo es sólo cuerpo, y lo que lo hace bonito es el espíritu”, dice. “Tengo implantes y una microcirugía de cuernos, que me gustan más que haberme puesto lolas. A través de los cuernos, me quise gustar más de lo que ya me gustaba, buscando solamente que me quedara armónico en mi cara. Soy un pequeño demonio, como todos.”

De pronto Luizo e Inés empiezan a atraer algunas miradas indiscretas. Un estudiante de la facultad pregunta, respetuoso, si puede sacar fotitos con el celular, y la posibilidad se le niega. Muchos pasan, indiferentes, hasta que Luizo se saca las agujas y le chorrea su sangre por el rostro. Eso es otra cosa. Pero igualmente, lejos está la escena de provocar, como en el pasado, una glamorosa detención policial, un pequeño motín de curiosos o manolargas en busca de una teta. “No me gusta trabajar en Buenos Aires”, había dicho la performer La Negra. “Es apagado, snob, monótono. Me suspendí de las rodillas en el programa de Susana, y se quedaban estereotipados, mirando sin hacer nada.”

El desnudo de Luizo Vega es del tipo espiritual: interviene un templo místico “donde el modelo adquiere una dimensión energética”, dice. “No se invita a la prensa, se toma el espacio como si uno fuera un Bin Laden del desnudo”. Avril X, mentora del urbanudismo, practica el de tipo político “llevando a lo cotidiano el nuding public europeo –definió–, que en España consiguió derogar la ley que juzgaba al desnudo como impúdico”. Siguiendo una improvisada clasificación de nudistas, habrá que mencionar a Rodolfo Edwards (de Cuerpos pintados) y Gabriel Rocca (de Fantasías y Divas al desnudo), que resultan los más comerciales del asunto, más en busca de la imagen estetizada para exponer en el centro cultural o programar en el horario central de Telefé que para producir el escándalo con participación policial. ¿Más posibilidades en este tour callejero sin ropaje? El mitológico, practicado por Luizo Vega e Inés Gliemmo, rescata sirenas en fuentes, ángeles en la puerta de catedrales, ninfas y dioses, pero está algo demodée. El urbanudismo de Avril X, en cambio, parece en su mejor momento poniendo de moda el minimalismo del paseo con anteojos y bolsito, y consiste en –como hizo la última vez– cruzar la 9 de Julio, entre aplausos, por la senda peatonal, sólo vestida con un par de zuecos.
“Me despierto recordando el sueño en el que salgo desnuda –escribe Avril en su sitio de Internet www.urbanudismo.com– y, al darme cuenta por cómo me observa la gente, diferentes sensaciones se me representan. Pienso en experimentarlo en la vida real. Busco y encuentro quienes hacen realidad este sueño, se destapan junto a mí y capturan esos momentos y las reacciones que generan en la gente. Como todos por la ciudad, pero desnudos.” Pero, entre todos, el desnudo extremo es el que más convoca por estos días, e incluye desde las suspensiones descarnadas de La Negra hasta los bloody plays (juegos con sangre) de Luizo Vega. “El arte es trabajar con el dolor”, dice, efusiva, la performer de los cuernitos. “Y eso tiene para cada uno un sentido muy distinto. Jugar con tu cuerpo es importante para todos, y a mí me divierte hacerlo con agujas. Lo sensual, creo, son los detalles: expresiones y actitud.”
La carga en sus brazos, luego la baja. Ella tiene habilidad notable para ponerse la bombacha como en un parpadeo. Mantiene algunas pocas reglas que no cambian: los genitales se muestran de costado, con una contorsión de cadera o una panza hundida que aleja o ensombrece un pene o una vagina.¿Otros trucos? Para eso existe un maquillador genital. Dice Kowa, una travesti que trabaja como maquilladora genital de performers nudistas, que para lookearlos maquilla cavados, y trata de cambiar los cuerpos para hacerlos parecer perfectos. “Adelgazo a la gente poniéndoles colores oscuros –cuenta Kowa–, tapo a una clienta que tiene vitiligo para que quede limpia. Las mujeres se depilan o se afeitan y les queda irritación, y yo me encargo de tapar lo colorado... Pero agrandar el miembro es imposible. Lo que sí puedo hacer es quitárselo si no lo quieren mostrar... uso apliques de látex...”

Adrián Yenerich, arquitecto, fotógrafo y performer, hizo de El pensador de Rodin en el Parque Sarmiento, fiel a esa inclinación del desnudista por emular figuras clásicas (dioses griegos, héroes apolíneos, ninfas y sirenas). “La idea es rever clásicos, recuperar la naturalidad del cuerpo –dice–, que no se exprese de modo comercial ni para vender. Para salir bien hay que cuidarse: entreno en un gimnasio, hago acrobacia, yoga.” ¿Ha nacido la desnudista gorda, fofa, celulítica, marcada por una cicatriz de la cesárea, por una curvatura anormal de la columna? “Yo soy de Córdoba –dice la escultural Sandra Criolani–, tengo 21 años, y estoy estudiando teatro. Cuando me desnudo, hago de musa: éramos 40 musas en un escenario (en una instalación de Luizo Vega). Fue un despliegue muy grande con mujeres. Es una inspiradora de creación: siempre envuelta en una tela blanca, nunca con una desnudez total...”. Por ahora el desnudo artístico respeta la lógica de la belleza publicitaria, manchando de sangre –eso sí– la perfección de cada músculo en su lugar, inflado en su justo punto de tonificación, semibronceado que da más saludable que de cama solar, más afín al retrato de calendario o pasarela que a una polaroid para impresionar.

Terminan su actuación, se visten, se sientan a una mesa cualquiera.... Mencionan sus proyectos: colgarse de un puente sostenidos por la propia piel o seguir despilfarrando su propia sangre, como su resistencia personal ante una profilaxis excesiva por el avance del virus HIV. “Me corto unas venitas de la muñeca”, cuenta Luizo Vega. “Trabajo con sangre como expresión de la pasión”, asegura Inés Gliemmo. “Con tanto miedo, nos están prohibiendo nuestra esencia.”

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Algunas performances juegan con modelos clásicos.
 
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