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Lunes, 14 de marzo de 2016

SERIES › MY MAD FAT DIARY PUEDE VERSE LOS VIERNES POR I.SAT

La dificultad de ser “normal”

A mediados de los 90, una inglesa sobrelleva su locura y sobrepeso en medio del despertar adolescente. Al humor negro se le suma la tonada cockney y la impactante banda de sonido de su época, centrada en el britpop.

 Por Federico Lisica

Se cree que Noel Gallagher compuso “Wonderwall” comparando el amor por una chica con la devoción que un adolescente profesa por los posters que cuelga en su habitación. A nadie le importó que el líder de Oasis dijera que el epítome musical de la “Cool Britannia” tuviera otras intenciones. La protagonista de My Mad Fat Diary (va los viernes a las 22 por I.Sat) es una de las que preferiría el mito antes que la realidad. Fanática de todas las bandas claves del britpop, tiene su cuarto lleno de afiches de grupos como Suede y le declara su amor imaginario a Damon Albarn de Blur. Es que 1996 se presenta tortuoso para la teen que acaba de salir de un psiquiátrico y carga con más de cien kilos en su cuerpo.

Tras un intento de suicidio, Rae Earl (Sharon Rooney) vuelve a su casa en Stamford, a cien kilómetros de Londres. “¿Qué puede haber de bueno en un lugar así?”, dice ella al entrar al pago chico. Su mamá optó por mentirles a sus conocidos que la nena se fue de viaje de estudios a Francia y demuestra más interés en franelear con su novio –un inmigrante ilegal árabe– que en ayudar a su acomplejada hija. No es extraño que la chica opte por encerrarse en el cuarto, fantasear, insultar cuando se ve en el espejo y escuchar música. Otra válvula de escape son chicos y chicas de su edad que la aceptan sin problemas. Está la amiga popular y bonita, el fiestero, la eterna optimista, el gay y el pibe que le quitará el sueño a la protagonista. Ser normal puede ser muy doloroso para Rae. La rodean los miedos a quedar loca, a que reaparezcan los compañeros de internación, pero principalmente su imposibilidad a encajar.

Original del Channel 4, la serie está en línea con otras producciones como Skins y Misfists, que recientemente retrataron ese período existencial. Alejándose, en este caso, de la glamorización, regodeo del dolor o del simple divertimento bombástico. My Mad Fat Diary es cáustica al punto que parece complotar contra sí misma. Rae es irritante con los que la maltratan –también con los que la ayudan–, tiene atracones de comida junto a una labia y cuerpo ciertamente intimidantes. Por otro lado, el retrato en primera persona, en vez de acercar al espectador, lo cachetea con su humor negro. Rae no es una gordita simpática y el retrato de la actriz es notable. En esa visceralidad radica uno de los logros de la entrega que fue recibida con beneplácito en su país de origen.

La saga se basó en las memorias de una Rae Earl de carne y hueso, habitual columnista de The Guardian. Si bien su verdadera adolescencia fue a final de los 80, la producción eligió situar su historia “universal” en un período más icónico para Inglaterra como fueron los 90. “Algunos de mis experiencias parecen prehistóricas ahora, como no tener un teléfono en casa o escribir cartas. Pero algunas cosas resuenan sin problema alguno con los adolescentes de hoy. Mi torpeza, el odio a mi cuerpo, la convicción de que todos tenían una vida mejor que la mía. Pero la serie también lidia con tópicos que no se han tratado demasiado y que son los relativos a la salud mental. Estar loco no significa no querer conseguir pareja ni tener ambiciones, o simplemente emborracharte en un pub. Es parte de vos, aunque ese vos no sean todos”, escribió recientemente sobre la fascinación que sigue despertando My Mad Fat Diary, tras dieciséis episodios repartidos en tres temporadas.

Otra parte del encanto es por su banda sonora y la referencia a la música como una cura para cualquier mal. En un solo episodio puede haber más de veinte canciones pegoteadas entre Pulp, Stone Roses, Prodigy, Radiohead y algunos colados extranjeros como Eels, Fun Lovin Criminals, Beck y hasta la “Macarena” de Los Del Río. La serie es ombliguista, por momentos muy tonta, en otros todo lo contrario, en un permanente argot cockney, ciertamente nostálgica, dolorosa y contradictoria. Puede que, para muchos, esa época y lugar hayan sido soñados. Rae demuestra que no lo fue –o al menos no tanto–, sino que simplemente tuvo una gran banda de sonido. Salvo por “Macarena”, claro.

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La serie está basada en las memorias de una columnista del diario The Guardian.
 
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