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Jueves, 25 de septiembre de 2008

MUSICA › UN SHOW IMPECABLE ANTE UN GRAN REX LLENO Y FERVOROSO

La máquina de hacer música

El trío de John Medeski, Billy Martin y Chris Wood dio una lección de riesgo artístico, haciendo de la experimentación y el rodaje de las canciones en vivo las mejores armas para una velada electrizante, plena de matices.

 Por Santiago Giordano

Son eléctricos y acústicos; su sonido puede nutrirse de rock, funk, soul, jazz y de esa vieja y siempre vigente forma de indagar las posibilidades de los instrumentos y las tecnologías llamada experimentación; son capaces de satisfacer las demandas de energía de un rockero y las de riqueza musical de un jazzero; moviéndose con desparpajo entre las formas de diálogo del trío de jazz que supo poner a punto Bill Evans y la manipulación electrónica en vivo que dejaron las últimas vanguardias del siglo pasado, resultan inclasificables. Forzar los contornos para incluirlos en alguna de las categorías actuales de consumo musical sería una tarea tan inútil como impertinente: John Medeski (teclados), Billy Martin (batería) y Chris Wood (bajo) son, antes que nada, una manera de hacer música. Música instrumental.

El martes, en el Gran Rex, el trío neoyorquino presentó Radiolarians, grabado tras una gira por Estados Unidos, la primera parte de un tríptico que por obra y gracia de la discografía independiente –el trío tiene su propio sello, Indirecto Records– es producto de formas de trabajo distintas a las que suele imponer la industria. Se trata primero de tocar, rodar los materiales y agudizar las búsquedas, sentir la vibración que producen en el público para recién después hacerlas disco. En la economía de una banda que mueve sus principios desde la improvisación y cuyo interés pasa sobre todo por hacer del proceso la obra misma, es lo más lógico y saludable; queda claro que lo que queda asentado en el disco, si bien único e irrepetible, no es más que un momento de ese transcurso abierto y inagotable.

Con algún retardo respecto de la hora señalada, cuando el numeroso público calentaba de impaciencia el clima de la sala, las luces se apagaron y el telón se abrió. La máquina de hacer música se activó ante el aplauso expectante. Medeski, Martin y Wood estaban en escena y todo podía suceder. Un potente llamado de Martin desde su “fierrofón” (una suerte de balafón africano pero con láminas de hierro), al que Wood se sumó con un riff enérgico e inalterable, pulsado con púa, rompieron el silencio. Detrás de un arsenal de perillas y teclas, Medeski avanzó primero con los teclados, para enseguida girar la banqueta y ponerse al frente del piano acústico. La flecha estaba lanzada y la proximidad física de los músicos sobre el escenario sugería efectivamente esa idea de taller que sustenta su trabajo.

En la marea que alterna energías y timbres y es capaz de renovarse continuamente, la tensión entre lo nuevo y lo viejo –o entre el cruce de tradiciones y sus respectivas rupturas– no está sólo en el gesto musical. Hay arqueología sesentera en el sonido que viene del Fender Jazz Bass que Wood toca tanto con púa como con dedos y que alterna con un contrabajo que por cuestiones extramusicales es un poco más chico del estándar –para poder transportarlo en el avión–; o en el astillero que circunda al laborioso Medeski, que traslada sus búsquedas desde el piano Fender al Wurlitzer y del Clavinet Hohner al Arp String Ensamble y el Mini Moog, además del viejo y glorioso órgano Hammond B3. En la batería y los accesorios de Martin –y en su riquísima paleta de toques– descansa el alma acústica del grupo.

En esa zona de riesgo que el trío transita, lógicamente hubo hallazgos y extravíos. Se trata de excelentes instrumentistas, por lo que los solos trascendieron con frecuencia el virtuosismo individual para sumarse al resultado general. Bajo y batería dialogaron con total fluidez y puntualmente se encontraron con la mano izquierda de Medeski que, sobre todo con el piano Wurlitzer y el Hammond, destacaba su lado percusivo. La comunicación sólida que después de casi dieciocho años de experimentación conjunta se establece entre los tres se tradujo en un groove formidable, sobre el que cualquier proeza sonora parecía posible.

Durante más de una hora y media, además de los generosos bises, la máquina de hacer música buscó entonces en diversas direcciones, y más allá de algunos excesos de indagación y acumulación electrónica que quitaron dinamismo –riesgo de la etapa que aborda el trío en la actualidad– logró momentos de notable espesor musical, con energía para sacudirse con actitud rock e ideas para gozar, como si fuera jazz.

9-MEDESKI, MARTIN & WOOD

Músicos: John Medeski (teclados), Billy Martin (batería) y Chris Wood (bajo).

Duración: 110 minutos.

Público: 3000 personas

Teatro Gran Rex, martes 23 de septiembre.

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En el escenario, el trío mantiene una proximidad que tiene mucho que ver en el resultado.
Imagen: Alejandro Elias
 
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