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Domingo, 1 de febrero de 2009

MUSICA › RAMON AYALA, UN PERSONAJE IMPERDIBLE DEL FESTIVAL DE COSQUIN

“Olvidar al poeta es olvidar algo esencial”

“Soy un observador de la luz, el sonido y el hombre”, dice el misionero, creador de un ritmo nuevo –el gualambao– y capaz de encerrar en una frase todo un arrebato poético no exento de giros filosóficos: la radiografía de un debutante en el festival cordobés.

Desde Cosquín

Le dicen el Mensú. Sombrero negro, bombacha al tono, faja ancha y tic cronométrico en los ojos. Se llama Ramón Ayala y puede decir cosas asombrosas si levanta vuelo: “El hombre es un juguete de todos esos vientos maravillosos de la vida”, por ejemplo. U otras al borde de lo psicodélico: “Somos viajeros espaciales, inmersos en la maravilla cotidiana”. Es raro escuchar algo así aquí, en la peña del cantor enamorado, donde un conglomerado de músicos, managers, periodistas y agentes de prensa circula como paso previo y plataforma al escenario mayor. Es el bar del anfiteatro y, a las tres de la tarde, el tránsito es pesado. Ayala parece ajeno. Su tiempo es otro. Está relajado y atento. Mujer que se le cruza, recibe un piropo; hombre que se le cruza, una palmada. “Este instante pasa por única vez en milenios, ¿no? No regresará jamás por los siglos de los siglos”, es el marco poético que le pone a una secuencia fugaz. Y entonces, más allá de cantar, tocar la guitarra de diez cuerdas, inventar un ritmo –el gualambao–, pintar y haber creado algo así como el himno de Posadas –“Posadeña linda”–, Ayala es un poeta a toda hora: en escena, comiendo un asado o mirando el río.

“Yo soy un observador de la luz, el sonido y el hombre. Y me doy cuenta de que mucha gente no sabe que está viva. Que le ha tocado asomar el hocico por este mundo y, sin embargo, es indiferente ante el pájaro, la vida y el sol. Por eso, aquel que se da cuenta de ello entra en la antesala de la felicidad”, sigue. Es la primera vez, en 39 años de trayectoria, que este personaje forma parte de la grilla en Cosquín. Será esta noche, la del cierre, antes de Quórum y después de Angela Irene. “Vine alguna vez al festival, pero como parte de la delegación de mi provincia. Transitoriamente, digamos. Ahora es una cosa evidencial, inmejorable”, dice él, que parece cargarse la provincia de Misiones en cada palabra. “Cosquín me parece un festival digno de respeto, codiciado por muchos artistas. Pero si yo fuera el director, lo haría más cultural.”

–¿En qué sentido?

–En que tendría que haber una inserción del poeta para incentivar, porque si no hay poesía no hay canción. Yo creo que olvidar al poeta es dejar de lado lo esencial, que es la canción popular.

–¿Por qué es la primera vez que lo invitan?

–Creo que la gente comenzó a darse cuenta de la magnitud del trabajo hecho. Es difícil encontrar a un tipo que traiga una región desconocida, como Misiones, más allá de su propaganda turística o las cataratas de Iguazú. Yo traigo a mi pueblo, con su criterio filosófico, geográfico y cósmico. Esto no lo puede decir cualquier folklorista... en este momento estamos yendo a once kilómetros por segundo alrededor del sol. Somos viajeros espaciales, inmersos en la maravilla cotidiana, y no nos damos cuenta porque tenemos el ejercicio de darle la espalda a la maravilla. El hombre es tierra modelada con todos sus elementos: hierro, magnesio, potasio... todos los elementos de la tierra transitan por nuestro cuerpo y nosotros, a su vez, transitamos en la tierra alrededor del sol. ¡Se da cuenta lo que es esto, hermano...! Es para entrar en el temblor.

–¿Cómo engancha esta cosmovisión con el gualambao, entonces?

–Es consecuencia, porque es un ritmo que tiene el espíritu del amor, y el amor es el principio de todas las cosas. Usted, yo y el mozo –que justo cae con una milanesa– somos producto del amor. Sin él no estaríamos acá...

–Más allá de estos rasgos esenciales, ¿de qué manera se explica su estética?

–El gualambao lleva el nombre del instrumento más primigenio del hombre: el arco y la flecha. Es el berimbau que llegó de Africa a Brasil, que aquí llamamos gualambao... pero a mí lo que más me interesó, más allá del instrumento, es la sonoridad del nombre, casi frutal, casi color naranja. Tiene un color subtropical... ¡gualambaaao!, escuche la resonancia. Representa, además del alma del hombre de mi región, la física de su paisaje. Además, es el único ritmo en Latinoamérica que se escribe en clave de 12 por 8, porque el 6 por 8 es polca, chamamé, joropo, galopa, zamba; el 2 por 4, tango, rasguido doble, son, pero el único en 12 por 8 es el gualambao. Tengo una fe tremenda en el género, marcha hacia la consolidación y es una criatura nueva en el hemisferio folklórico.

El ego de Ayala es soportable. Hasta entrañable. Se autoflorea sin pruritos y es genuino en su intención. No lastima. Por eso, cada vez que se lo ve mirando un recital, o tomando un café en el bar, o caminando por las laterales a la peatonal San Martín, está rodeado de amigos. Escucha y lo escuchan. “Le voy a decir algo... nosotros, usted, yo, él, somos seres atómicos y no nos damos cuenta. El día que suceda no tendremos tiempo para perder en boludeces. Seremos incapaces de querer matar a otro ser, que es la prolongación de uno... pero falta: la mente del hombre, que es la maravilla, está circunscripta a la porquería”, dispara.

–Más allá de la figuración con la tierra roja de misiones, ¿”Posadeña linda” está inspirada en una mujer en especial o en el arquetipo del género?

–No tiene una destinataria precisa. Creo que Misiones es el lugar donde viven las mujeres más lindas del país. La fusión de razas que hay no existe en otros lados. Se casa una alemana con un criollo y sale una morena de ojos verdes sensacional.

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“La mente del hombre, que es la maravilla, está circunscripta a la porquería”, dice Ayala, el Mensú.
Imagen: Bernardino Avila
 
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