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Sábado, 21 de febrero de 2009

MUSICA › JUAN JOSé MOSALINI Y SU CD MOSALINI-AGRI QUINTETO

A la caza del disco inédito

El trabajo del bandoneonista, considerado un renovador del tango, fue grabado en Francia en 1996 y no se conoció en la Argentina hasta que llegó su edición en Acqua Records y su presentación de esta noche en el Teatro 25 de Mayo.

 Por Diego Fischerman

Juan José Mosalini tocó el bandoneón con Luis Alberto Spinetta, en El jardín de los presentes y, luego, como uno de los bandoneonistas que tocaron junto al grupo Alas, fue parte de un breve y fructífero momento en el que el rock y el tango se miraron mutuamente –un momento al que no escapó el propio Piazzolla–. Era parte, también, de la orquesta de Pugliese, militaba– “era una época en la que se militaba”, recuerda–, estaba en el Sindicato del Músico y fue amenazado por la Triple A. Llegó a París, allí enseñó, fundó una orquesta y se convirtió, aun estando lejos –o tal vez por eso– en uno de los referentes inevitables de la música argentina de las últimas décadas. Su trío con Gustavo Beytelman y Patrice Caratini fue uno de los hitos. El otro fue el quinteto que formó con el violinista Antonio Agri, Osvaldo Caló en piano, Leonardo Sánchez en guitarra y Roberto Tormo en contrabajo, que grabó en Francia, en 1996, el notable Mosalini-Agri Quinteto. Este disco, inédito hasta el momento en la Argentina, acaba de ser publicado por el sello Acqua Records. Y ese material y esa conformación instrumental serán las que presente hoy a las 21, en el Teatro 25 de Mayo (Triunvirato 4444).

En la nueva versión hay dos cambios; el violinista del quinteto es el excelente Pablo Agri y el pianista es Cristian Zárate. “El grupo comenzó en relación con un homenaje a Piazzolla –cuenta Mosalini a Página/12–. Después, fue el sello discográfico con el que trabajábamos el que se entusiasmó y nos planteó hacer un disco con obras nuevas. Así fue como, además de una versión de ‘Tristezas de un Doble A’, de Piazzolla, me rodeé de autores que me interesaban, y encargué obras a Tomás Gu-bbitsch, a Beytelman, Sánchez, y me sumé yo mismo. Y la fuerza, que hoy vuelve a aparecer con esta nueva formación, estaba en que había unas ganas bárbaras y músicos con fuertes personalidades. En ese sentido, los integrantes actuales están entre los mejores músicos de Buenos Aires; Zárate es un pianista excepcional y Pablo Agri, más allá de cuestiones dinásticas, no sólo lleva el apellido del padre. Es un violinista de excepción.”

Considerado en su momento uno de los renovadores del tango e, incluso, una de las esperanzas blancas de una nueva música en la que la tradición porteña se encontrara con los sonidos de la época, Mosalini, más allá de no haber seguido experimentando en esa dirección, reivindica sus buceos de hace más de tres décadas. “Yo no sé hasta dónde pesa en mi manera actual de tocar o componer mi paso por experiencias cercanas al rock, a comienzos de los setenta. Es difícil mirarse al espejo y hacer un análisis más o menos objetivo. Lo que siempre intenté hacer fue meterme y hacer lo mejor posible cada cosa, tomándola como un desafío. Me pasa ahora, por ejemplo, haciendo cosas de raíces folklóricas, junto a Leonardo Sánchez, que es un compositor fantástico. Cuánto queda de cada una de esas exploraciones y de esas aventuras en territorios en los que por ahí uno nunca antes había estado, yo no lo sé. Lo que sí sé es que cada cosa que hacemos, si la hacemos con profundidad, de alguna manera nos transforma. Y esa transformación en algo debe notarse, supongo.”

Optimista en cuanto a las nuevas generaciones de músicos de tango argentinos, Mosalini descree de las nacionalidades obligatorias. “He escuchado excelentes músicos de tango noruegos o japoneses. Si fuera necesario haber nacido en Buenos Aires para hacer tango, también habría que ser negro y norteamericano para hacer jazz. Y sabemos que no es así. Lo que sí es necesario es haber mamado ese lenguaje; haber escuchado y estudiado muchísimo.” Dice que, al fin y al cabo, las especies de vacas que andan por La Pampa llegaron de otras partes. “Pero la carne argentina es argentina; esas especies llegaron de afuera pero se alimentaron y crecieron con el pasto de acá.” Y en el momento de trazar las líneas que dibujan su propia tradición dice: “Mi árbol genealógico, en el bandoneón, tiene que ver, en primer lugar, con la generación a la que pertenezco –explica–. Yo aprendí con mi padre, que no era un profesional pero conocía muy bien el instrumento, y con todas las influencias que eran habituales en esos años, empezando por Pedro Maffia y Pedro Láurenz. Y también estaban los más tapados, como De Filippo, que tenía recursos técnicos extraordinarios. Y después están los que a uno lo atrapan con su música, que tal vez tienen menos recursos pero más cosas para expresar. En mi caso, los que se fueron agregando a las influencias iniciales fueron Troilo y Osvaldo Ruggero, alguien de una economía y una profundidad únicas, un tipo que hacía música cuando respiraba entre nota y nota. Y, aparte de todos ellos, Leopoldo Federico, a cuyos ‘Arreglos antológicos’ tuve acceso, que fue, en muchos aspectos, mi gran maestro.”

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Juan José Mosalini es optimista sobre la nueva generación de músicos de tango.
Imagen: Pablo Piovano
 
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