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Lunes, 2 de marzo de 2009

MUSICA › LA PORTUARIA FESTEJó SUS VEINTE AñOS CON UN SHOW DEMOLEDOR

Ruido de animales salvajes

Las cinco mil personas que acompañaron el “Cumpleaños feliz” pusieron el mejor marco para una presentación con todos los Portuarios y un Fernando Ruiz Díaz desatado. Buena oportunidad para certificar las grandes canciones del grupo.

 Por Matías Córdoba

“No se puede vivir mucho tiempo en el frenesí.”

Georges Perec

Ya pasaron los tiempos de las fiestas, del jolgorio desmedido y de los instrumentos partidos en dos sobre el escenario. Ahora sentaron cabeza, conscientes de que son un grupo grande. De esos que con cualquier canción pueden hacer bailar a un estadio, en cualquier parte del mundo. No se puede vivir mucho tiempo en el frenesí, parece decir Diego Frenkel, con la sonrisa a flor de labios, sobre el escenario del anfiteatro de la Costanera Sur, pegado a Puerto Madero. Y todos lo aplauden. De a uno van subiendo al tablado. Primero Alejandro Terán, con un descomunal solo de violín, después el tecladista Sebastián Schachtel, y así sucesivamente. Y el más aplaudido, seguramente, no es el cantante, sino Christian Basso, el bajista interminable, en su regreso al grupo de sus amores, y justamente cuando la banda celebra sus 20 años.

Casualmente, este mismo 2009, Puerto Madero (ese proyecto menemista de modernización del puerto) festejará la misma cantidad. Pero una de las artes que combatió esa década de desdichas culturales (durante los ‘90 sólo se produjeron un promedio de no más de doce películas por año, por decir algo) fue la música. Y ahí también estuvo La Portuaria.

El puerto es una fiesta

Una voz lejana, sin micrófono, pero de una fuerza encomiable, grita: “¡Feliz cumpleaños!”. Y el público se enciende en un grito sin parangón. El que arenga a la multitud es Fernando Ruiz Díaz, guitarrista y cantante de Catupecu Machu, invitado para el festejo. Diego Frenkel lo observa y se ríe. Tal vez por sus tumultuosos sobresaltos. Sin embargo, su risa manifiesta satisfacción; y ése es el compendio de una noche que además de festejos, abrazos y emociones, demuestra que el grupo suena impecable sobre el escenario.

La precisión es algo que la banda supo conseguir con el entrenamiento de los shows, y la publicación de un gran disco como La vaca atada, el año pasado. Album de consolidación: todo esto refuerza la idea de que están en su mejor momento. Y eso es lo que demuestra sobre el escenario con un recital que pasa por todos los estilos. Eso que La Portuaria sabe hacer muy bien.

¿Lugar común? Todas las culturas musicales llegaron al mismo puerto. Primero fue un viaje de Basso por Marruecos, el enamoramiento de Frenkel por los sonidos de Centroamérica (algo que ya había experimentado en Clap, germen de La Portuaria) y la versatilidad de un tecladista como Sebastián Schachtel. Eso hizo un grupo. “Teníamos la idea previa de hacer un disco con mucho groove y baile, rítmico, que se basara en nuestra experiencia en los shows”, le había dicho el cantante y guitarrista a Página/12, sobre la grabación de La vaca atada. Y eso, quizás, fue un resumen de estos 20 años de unos muchachos que llegaron sanos y salvos. ¿Cuántos grupos pueden festejar dos décadas sin fisuras? Pocos.

Y aparece, ahora, la voz con fuerza. Esta vez desde los camarines, canta “que los cumplas feliz, que los cumplas Portuaria...”, muy contento. Y si se aguza el oído, se escucha desde el campo. Pero no va a ser hasta los bises para que suba al escenario. Ese es el clima del show: festividad al palo. Diego Frenkel (voz y guitarras), Sebastián Schachtel (teclados, acordeón), José Luis “Colo” Belmonte (batería), Adi Azicri (guitarra), Alejandro Terán (cuerdas) y Miguel Angel Tallarita (Trompeta). Todos juegan sobre el escenario a ser una banda nueva. “Enero”, “After nite” y “Nada es igual” son las primeras canciones del show. Ese tridente desata los primeros punteos de los guitarristas, de gran trabajo.

En “Hoy no le temo a la muerte”, aquella canción que grabaron junto al ex Talking Heads David Byrne, se luce Schachtel en el acordeón. “Hoy no nos acompaña con su presencia. Pero está espiritualmente con nosotros”, dice Frenkel, sobre el escocés. Y después arremeten con “Baby”, para darle paso a uno de sus clásicos planetarios: “10.000 Km”, con un invitado de lujo en voz: Lisandro Aristimuño. “Esta canción la voy a cantar con una de las voces más bellas del rock nacional de estos últimos años”, presenta el cantante. Y Aristimuño, sobre los versos, se desata y baila como nunca.

Los músicos explican todo: cómo fueron compuestas las canciones, por qué el título de un álbum; es como si le hablaran a los amigos. Y delante de ellos hay casi 5 mil personas. Todo parece quedar en familia. No es en vano que canten “los mejores amigos son aquellos desconocidos” o “me voy a sentar en un bar a viajar”. Pero es un viaje existencial, personal, no impuesto por drogas alucinógenas. Lo confirman en “Qué me vas a decir”, tema del último disco, “Mil drogas podrían despertarme / pero ninguna me hace bien”.

Siguen, en un torrente de movimientos estilísticos, las mejores canciones de La Portuaria: “Los mejores amigos”, “El bar de la calle Rodney” y “Chiquitita pegó”, esa declaración de principios sobre la alienación de los reality shows. “Siempre pensé que el tiempo es algo circular”, tira al público Frenkel, antes de cantar “Big Bang”, con un coro integrado por los hijos de los músicos. Paula Maffia, cantante de La Cosa Mostra, grupo que abrió la jornada, es invitada para cantar “Dios”, del disco Huija (1995). Pero sin dudas, el gran invitado fue Fernando Ruiz Díaz, que encabezó la montaña de sonidos y descontrol que se generó con sus riffs en “Devorador de corazones”, gran canción del grupo. Después, para un final del mismo tenor, suben todos los invitados a cantar “Llévame”. Y cierran con “Selva” y “Qué me vas a decir”. Atravesando dos décadas, dejando atrás el frenesí, acá está La Portuaria: vivos, en su mejor momento, en el medio de la selva, con ruidos de animales salvajes. Cantando. Festejando 20 años de música.

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Christian Basso fue uno de los que no quiso perderse la celebración en Puerto Madero.
Imagen: Luciana Granovsky
 
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