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Lunes, 14 de diciembre de 2009

MUSICA › CONGRESO INTERNACIONAL EN LA CASA DE LA MUSICA SAN LUIS

El tango se piensa a sí mismo

En su segunda edición, el encuentro organizado por el Centro FECA convocó a historiadores, musicólogos, sociólogos y antropólogos para echar luz sobre diversas cuestiones de la música típica porteña. Esta vez, la consigna disparadora fue “Tango, Baile y Sociedad”.

 Por Carlos Bevilacqua

Desde Villa Mercedes (San Luis)

Para la politóloga Teresita Lencina, el musicólogo Omar García Brunelli y el periodista Ricardo Salton casi todos los trabajos de historia del tango carecen de rigor científico por basarse en anécdotas, consideraciones subjetivas y un enfoque más fáctico que analítico. Esa fue una de las razones que en 2003 los llevó a fundar el Centro FECA (Foro y Estudios de Cultura Argentina) junto con otros egresados de la Diplomatura Superior en Tango del Centro Cultural Konex. Para no quedarse en la crítica pasiva, el FECA organizó el año pasado un Congreso Internacional de Tango. El encuentro, que reúne a profesionales de diferentes ciencias sociales, tuvo entre el viernes y el sábado últimos su segunda edición en La Casa de la Música San Luis, el moderno complejo con estudios de grabación administrado por Sony Music en Villa Mercedes. Esta vez bajo la consigna “Tango, Baile y Sociedad”, las 16 conferencias volvieron a versar sobre temáticas por demás variadas.

El primer día de ponencias la figura de Eladia Blázquez como “cantautora de precioso equilibrio entre tradición y modernidad” se recortó claramente en las palabras de Sergio Pujol. “En el tango siempre hubo como una división internacional del trabajo. Eladia es un caso rarísimo porque ella sola escribía, componía, cantaba y tocaba la guitarra para cada canción que interpretaba”, argumentó el historiador, para luego elogiar el coraje que le permitió imponerse con piezas como “Sueño de barrilete” y “El corazón al sur” en una época especialmente recesiva para el tango, como fueron los años ’70.

A su turno, la licenciada Eugenia Robosch, docente de la Universidad Nacional de La Plata, buscó desentrañar por qué el tango se diluyó como baile popular entre 1966 y 1983. Más allá de las razones que se suelen escuchar (invasión de música foránea, repliegue de la producción tanguera hacia formas “para escuchar” y el influjo piazzolleano), se preguntó por qué dejaron de bailar quienes venían haciéndolo desde los años ’40. Según ella, durante los gobiernos militares de ese período el miedo a la represión policial y las políticas económicas neoliberales causantes de un creciente individualismo desarticularon el espacio social que implicaba la milonga.

Al día siguiente, la historiadora Ema Cibotti caracterizó al tango como una genuina expresión de la clase media argentina, refutando así la extendida idea de que en sus dos primeras décadas de vida fue un fenómeno sólo marginal. En ese sentido, se basó en tres ejes para describir la dinámica de la sociedad argentina entre 1890 y 1915: la existencia de una mentalidad liberal y laica (según ella, la que permitió el abrazo del tango), una alfabetización masiva tras el establecimiento de la educación pública universal y un impacto inmigratorio brutal que septuplicó la población porteña en menos de 20 años. Señaló luego la fuerte presencia en las letras del tango de valores típicos de la clase media, como la casa propia y la movilidad social.

La última exposición del congreso fue un sólido análisis del papel que juega el exotismo en el consumo del tango por parte del mercado externo, a cargo de Marta Savigliano. Para empezar, la antropóloga hizo notar que en este mundo globalizado sigue habiendo culturas dominantes que no sólo se imponen como tales sino que deciden qué otras culturas exóticas van a entrar dentro de las llamadas músicas del mundo (“world music”, en inglés) y qué rol van a jugar en ese heterogéneo grupo de “rarezas”. Al tango –explicó– le tocó simbolizar la pasión y el amor imposible que a pesar de todo buscamos. Pero los términos de intercambio entre exóticos (los artistas del tango) y “exotizadores” (los empresarios que los contratan y el público que seducen) no son parejos. Mientras los empleadores obtienen suculentos márgenes de ganancia y los espectadores viven una experiencia cultural enriquecedora, los hacedores del tango suelen recibir un reconocimiento sólo simbólico de ese don artístico o, los más afortunados, una porción irrisoria de los beneficios económicos.

El congreso dejó además interesantes disquisiciones sobre el peso del baile en los rumbos de la industria discográfica a principios de siglo XX, la incidencia de lo afro en la génesis del género, su boom en París y Nueva York de 1910 a 1914 y un riguroso estudio de la estructura musical del vals criollo, entre otras cuestiones ya más puntuales, como la posible presencia de elementos tangueros en el “Preludio número 8” de Alberto Ginastera o el análisis de “Pieza en forma del tango”, esa impiadosa sesión de psicoanálisis con que Les Luthiers escrachó al género en 1972. Otros disertantes acercaron datos sobre la relación entre el tango y la identidad provincial en Córdoba, su rica historia en Finlandia, su influencia en algunos referentes de la música popular colombiana y el ignorado arraigo que habría adquirido en Brasil. Todos aportes que probablemente se plasmen en un libro similar a Escritos sobre tango, el que ya compila los trabajos del primer congreso.

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Ema Cibotti, Marina Cañardo y Eugenia Rosboch durante la conferencia sobre la “descorporización de la milonga”.
 
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