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Martes, 22 de diciembre de 2009

MUSICA › UN BALANCE DE LO SUCEDIDO EN EL TANGO Y EL FOLKLORE

Una temporada de dolores, una temporada de vitalidad

La muerte de Mercedes Sosa fue, sin dudas, el punto de quiebre de un 2009 que se llevó a muchas figuras. Pero el sonido urbano y las canciones de tierra adentro arrojaron un resultado satisfactorio, con figuras conocidas, confirmaciones y nuevos talentos.

 Por Karina Micheletto

El fin de década del siglo XXI dejó luces cálidas y profundas dentro de la música popular, pero también las sombras de las muertes de importantes referentes del folklore. En el balance general del año de este género sobresalen trabajos que en líneas generales marcan cierta tendencia hacia búsquedas más acústicas y despojadas, una suerte de vuelta a las raíces después de la parafernalia bochinchera que la década del ’90 instaló como moda. En el tango, mientras tanto, parece verificarse la definitiva profundización de un rumbo: el que emprendió una nueva generación de talentosos intérpretes y compositores, después de las duras décadas que prenunciaban la desaparición del género.

Con Mundo Alas, León Gieco se embarcó en un recorrido transformador, inolvidable.

Folklore vivo

El año estuvo signado por la muerte de Mercedes Sosa, cuya figura –quedó demostrado en la reacción popular ante la noticia del fallecimiento de la gran intérprete– representa en el imaginario colectivo no sólo la voz del género sino, también, un compromiso ideológico puesto en práctica a través de un repertorio, más allá de meras declamaciones de intención (esta última resulta, por cierto, una costumbre arraigada en la verba inflamada del ala “de izquierdas” del género).

Mercedes Sosa murió el 4 de octubre pasado, en un gran momento de su carrera. Había terminado de grabar los dos volúmenes de Cantora, en los que convocó un amplio abanico de intérpretes iberoamericanos a compartir duetos con ella. Desde su amigo Charly García hasta Residente de Calle 13, de Luis Alberto Spinetta a Shakira, pasando por Joaquín Sabina, Marcela Morelo, Fito Páez, Franco de Vita, Gustavo Cerati, Diego Torres, Pedro Aznar, Vicentico, Teresa Parodi, Liliana Herrero y Soledad, todos pusieron su voz en el que sería el último proyecto de la tucumana.

La Negra murió el 4 de octubre, provocando una conmoción popular: su testamento fue el formidable doble álbum Cantora.
Foto: Pablo Piovano

Hubo otras partidas lamentables: en 2009 fallecieron la gran cantora de la llanura Suma Paz, el exquisito pianista y compositor Eduardo Lagos, Patricio Jiménez del Dúo Salteño, Rodolfo Dalera de Los Chasquis, el violinisto sachero de Santiago Sixto Palavecino, el joven guitarrista y compositor misionero Horacio Castillo, el humahuaqueño Máximo Gregorio Puma (“El Bandoneón Mayor de la Puna”), el santiagueño Víctor Ledesma (autor de chacareras como “Chacay Manta”), Selva Gigena (“La Voz de los Valles Catamarqueños”) y el salteño Lito Nieva, fundador de Los Nombradores.

Así expuesta, y sumada al estado de salud de otra cantidad de artistas del género, la lista habilita la pregunta sobre el recambio generacional. Una generación de creadores que de alguna manera refundaron el folklore en la década del ’60 va dejando de existir físicamente –por obvias cuestiones biológicas–, circunstancia que durante el año habilitó a opinadores, hijos de célebres y lloradores conspicuos del género a lanzar la alarma en los foros de Internet: ¡hagamos algo! Lo que puede humanamente hacerse se está haciendo. Lo que en los ’60 fue un boom amplificado por una industria discográfica en crecimiento, canales de difusión de larga duración en radio y televisión, una nutrida agenda de festivales en todo el país y hasta consecuencias pintorescas –una anécdota asegura que en la Argentina llegaron a acabarse las guitarras, por ejemplo– dejaron obras perdurables y exquisitas. Aquí permanecen esas obras, tan vivas como entonces, para ser escuchadas, estudiadas, difundidas e interpretadas desde distintas miradas.

Como lo hicieron una cantidad de intérpretes este año, tomando ese repertorio tradicional, el repertorio de décadas anteriores, y sumando también las creaciones de nuevos autores que ya son clásicos y las de los que ya se perfilan como los clásicos del futuro. En este sentido, algunos discos sobresalen entre los cientos editados este año destinados a ocupar las bateas de “folklore”. Un posible punto en común entre estos discos destacados tiene que ver con tendencias más acústicas y despojadas, con cierta reivindicación de la simpleza –un concepto bien diferenciado, e incluso opuesto, al de simplicidad– y con los riesgos de cambios artísticos con relación a las líneas ya trazadas en las respectivas carreras.

Leopoldo Federico, sin dudas el “hombre del año” en el tango.

Peteco Carabajal, por caso, editó Aldeas, un trabajo tan notable como arriesgado, con versiones de clásicos que a priori pueden parecer de otros universos, pero que el santiagueño declara parte de estas mismas Aldeas: “Mediterráneo” de Joan Manuel Serrat, “¡Oh! Melancolía” de Silvio Rodríguez, “Sebastián” de Rubén Blades, la “Milonga del peón de campo” de Yupanqui y hasta “Los libros de la buena memoria” de Spinetta tuvieron en este disco una vuelta de tuerca por el lado del folklore. Desde otra región del folklore, otro universo personal destacado, con obras propias y clásicos del chamamé revisitados desde una perspectiva exquisita, es el de Chango Spasiuk, que en 2009 editó Pynandí (“Pies descalzos”), también despojado, pero a la vez profundo y rico en matices.

Teresa Parodi fue otra de las que en su nuevo disco marcó un cambio estético apuntado a otros territorios en el repertorio, sin perder al Litoral como el punto de partida que le es propio. En el bello Corazón de pájaro sorprende asumiéndose como intérprete profunda y delicada de autores como Yupanqui, Fandermole, Drexler o María Elena Walsh, además de marcar su presencia como compositora. Con dirección artística de Marcelo Perea, el disco toma un rumbo más íntimo y austero del que había tomado la correntina en sus últimos trabajos, con Afo Verde en la producción artística. Raly Barrionuevo también sacó un disco diferente en su carrera, Radio AM. El santiagueño que supo ganar popularidad entre la franja más joven del folklore a fuerza de chacareras veloces y letras donde el Subcomandante Marcos, el Che y los Sin Tierra formaban parte del paisaje decidió buscar en la música que formaba parte del fondo musical de su infancia a través de esa Radio AM. Así, “La pulpera de Santa Lucía”, “Flor de lino” o “Zamba de usted” ganan nuevos colores en la voz de Barrionuevo, con la producción de Luis Gurevich.

Hubo otra perla discográfica que llegó sobre fin de año: Ultima guitarra, el disco que Suma Paz dejó listo antes de morir, y que hace poco salió a la calle, con los últimos retoques a cargo de dos de los hijos de la intérprete, Zulma y Mario Olmedo, y dirección artística de Litto Nebbia. La máxima discípula de la obra de Yupanqui sigue cantando con esa fuerza aplomada que siempre caracterizó su estilo –toda una declaración de principios sobre el escenario– en temas como “Adiós Tucumán”, “Me está sobrando guitarra” y “El salitral”, que además prologa con breves explicaciones y anécdotas sobre cada obra.

El Dúo Salteño perdió a Patricio Jiménez.
Foto: Pablo Piovano

Los Carabajal es otro de los grupos que asumieron este año una propuesta que puede definirse como más acústica, en el disco Tierra milenaria, con el que rinden homenaje a su tradición con las características voces enérgicas y la guitarra al frente. Con nuevas creaciones y clásicos –entre los que, claro está, la chacarera ocupa un lugar central–, el grupo logra aggiornar el sabor de Santiago del Estero que identifica tradicionalmente su propuesta, una tarea nada fácil teniendo en cuenta lo extendido y prolífico de su carrera (se trata del disco número 44 de la formación).

El siempre polifacético León Gieco, por último, marcó el quiebre artístico más radical con el proyecto Mundo Alas, que incluyó una película, un disco (editado por EMI y presentado por Página/12), una serie emitida por Canal Encuentro y un libro. Acompañado por músicos, cantantes, compositores, bailarines, locutores, pintores, fotógrafos y comunicadores con capacidades diferentes, emprendió una gira que transformó su obra en un gran proyecto colectivo enriquecido desde distintas miradas. El viaje musical incluye rock, folklore, tango, country, música bella y compartida, con éxitos de Gieco de distintas épocas, temas del cancionero popular latinoamericano y canciones de Pancho Chévez y Alejandro Davio, intérpretes y compositores que participan del proyecto. Así, la marca indeleble de Gieco sonó este año transformada, con los aportes de cada uno de los otros cuatro artistas.

Premios y castigos

Por segundo año consecutivo, el género de folklore tiene su propio galardón: los Premios Atahualpa. En las categorías “Nueva hornada” y “Figura del año”, los premios del folklore fueron a manos de artistas como Chango Spasiuk, Raly Barrionuevo, Mario Bofill, José Ceña, Aymama, Rudi y Nini Flores, Mónica Abraham, la gran Nelly Omar (con un premio especial a la trayectoria) y Arbolito. Este último grupo, que también tuvo un muy buen recibimiento en una plaza tradicional como Cosquín, parece haber consolidado en este año un target más amplio, sumando al palo rockero con el que comenzó una franja más amplia de público interesado en el folklore.

Sexteto Mayor vs. Quinteto Real, un encuentro inolvidable.
Foto: Alejandro Leiva

Resta lamentar, por último, que así como el tango (y el jazz o el rock, entre otros géneros) tiene su propio encuentro popular en la ciudad, la gestión Macri haya relegado al folklore, suprimiendo definitivamente el Festival Músicas del Mundo, que en años anteriores hizo sonar en distintos puntos de la ciudad a los consagrados y los nuevos exponentes provenientes de todas las regiones del mapa musical. Si en 2005 este festival permitió disfrutar en forma gratuita el gran regreso de Mercedes Sosa, después de tres años retirada de los escenarios, este tipo de lujos ya les fue negado a los porteños.

Tango vivo

En el tango, 2009 fue un año en el que la nueva generación que tomó la posta del género se consolidó y siguió creando, pero también pasó la posta a una generación aún más nueva, la “guardia sub-30”, que ya tiene exponentes con millas acumuladas de escenario y lucimientos destacados en distintas formaciones. Si orquestas como la Fernández Fierro, la Típica Imperial, El Arranque (que volvió a la escena local con un gran disco de tangos de autores jóvenes, titulado sintéticamente Nuevos) fueron en la década pasada “la guardia nueva”, en el siglo XXI esa guardia ya está formando lo que vendrá.

Don Sixto Palavecino, otra leyenda que se fue.
Foto: Télam

El gran hombre del año del tango es, sin dudas, Leopoldo Federico, el todo terreno del bandoneón. Federico brilla, se luce y sorprende en todo formato: lo hace como solista (con su notable disco Fueye querido ganó este año un Grammy), con un cuarteto con el que recrea las épocas del histórico Cuarteto San Telmo –esta vez con el excelente guitarrista Hugo Rivas ocupando el lugar de Roberto Grela– y con la orquesta a la que presenta como su familia y con la que ya cumplió cincuenta años de actividad.

La ciudad vivió además buenos momentos con eventos como el Festival Internacional de Tango, que encargó producciones especiales para homenajear a algunas figuras del género, que resultaron noches memorables. Otros eventos como el reciente ciclo Sexteto Mayor vs. Quinteto Real (presentado irónicamente como un cruce pugilístico, vivido en el escenario como un encuentro fraternal) resultaron hechos históricos, con la actuación del guitarrista Ubaldo de Lío, retirado de los escenarios de un tiempo a esta parte. La Orquesta Filiberto fue otra de las encargadas de hacer sonar buen tango durante todo el año.

La declaración del Tango como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por parte de la Unesco fue anunciada y celebrada este año con bombos y platillos. Más allá de esta declaración, que resulta favorable para la industria del turismo, el buen tango siguió sonando este año en la ciudad, en locales paquetes y en “clubes sociales” como el que la Fernández Fierro presenta en el barrio del Abasto. Otro signo de una vitalidad que, saltando cualquier cruce o diferencia estilística, nada parece mellar.

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