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Martes, 5 de octubre de 2010

MUSICA › RECITAL DE BON JOVI EN LA CANCHA DE RIVER

El soft metal envejeció bien

Ante unas 45 mil personas, la banda de Nueva Jersey se mostró en buena forma y ofreció aquello que sus fans fueron a ver: tres horas con hits de todas las épocas, un sonido impecable y la voz intacta del cantante que fue sex symbol en los 80 y 90.

 Por Leonardo Ferri

Hacia el final, las pantallas que adornaban el escenario se dividieron en cuadros, y en cada mosaico se podía ver a un perfecto desconocido (en plan “me filmo solo en mi cuarto y subo el video a YouTube”) cantando la misma canción: “Livin’ on a prayer”. El domingo por la noche, Bon Jovi supo trasladar su viejo clásico de 1986 a la era digital, en la que el éxito no se mide por la cantidad de discos vendidos, sino por el número de clicks. Pero para los viejos rockers –esos para los cuales las bandas demuestran en vivo si son o no son buenas– también hubo: un sonido impecable, una banda ajustada, un show efectivo y tres horas con hits de todas las épocas. A juzgar por lo visto en el estadio y en sus inmediaciones, eran muchos más aquellos que acostumbraban comprar los discos –o grabarlos en un TDK– que los que tocaron esa misma canción en el Guitar Hero. El mensaje –sea cual fuere el público– estaba claro: somos clásicos, sabemos lo que hacemos y lo hacemos bien.

“Blood on blood”, “We weren’t born to follow” y “You give love a bad name” dieron comienzo al show y marcaron el paso de cómo sería de ahí en más, con canciones de New Jersey y Slippery When Wet –sus clásicos álbumes con los que se consagraron de manera definitiva– intercaladas con las más actuales de The Circle, Crossroads, Have a Nice Day y Keep the Faith. “Hace muchos años que no venimos, y vamos a tocar por lo menos tres horas”, prometió el cantante después de “Born to be my Baby” y “Lost Highway”. El guitarrista Richie Sambora ganó su primera ovación de la noche luego de uno de sus solos épicos y veloces y demostró ser el socio perfecto para un Bon Jovi que lució una garganta impecable, la misma que tantos problemas le trajo años atrás. Apoyados por el bajista Hugh McDonald y el guitarrista Bobby Bandiera, el baterista Tico Torres contribuyó con fuerza y buen golpe y el tecladista David Bryan aportó sus rulos ochentosos y coros, que todavía hoy conforman esa armonía tan reconocible y que es marca registrada de la banda de Nueva Jersey.

Las 45 mil personas que estuvieron en River debieron poner a prueba su propio fervor en cada canción. Dividido en sectores VIP’s de distintas categorías y ordenado con sillas, el campo ya no servía para saltar ni bailar y sí, como mucho, para adelantarse unos metros hacia las vallas, muy a pesar de los acomodadores, que intentaron en vano que la gente permaneciera en su lugar. El propio cantante pidió en varias ocasiones que el público retrocediera unos pasos. “No queremos que nadie salga herido de un show de Bon Jovi”, suplicó. Sea cual haya sido la intención –vender entradas más caras o mitigar las vibraciones en los alrededores del estadio–, la veda rockera del estadio de River terminó de una manera distinta para el público, acostumbrado a vivir los conciertos de otra forma.

La apariencia de Bon Jovi (no la banda, sino el cantante) merece un párrafo aparte. Cómo hace para verse como se ve es un misterio que sólo Dios –y quizá la ciencia– puedan develar. Las pantallas de alta definición no hacían otra cosa que dar cuenta de ello: un superman rubio, un hombre que no envejece. Pero más allá de sus privilegiadas cuerdas vocales, el cantante demostró ser un showman con oficio en cada paso que da, cada coreografía que hace y cada sonrisa que muestra, que no por estar ensayadas y calculadas al más mínimo detalle pierden efectividad. Aunque nada parezca estar librado al azar, una carita, una caída de ojos o una sonrisa bastarán para que el público femenino delire.

Pasaron canciones más o menos pop (“Superman Tonight”, “Captain Crash” y “Who says you can’t go home”), más o menos country (“Blaze of glory” –de su etapa solista– y “Wanted dead or alive”) y más o menos rockeras (“It’s my life”, “Keep the Faith” y “Sleep when I’m dead”). Entre tanto mix de estilos, Sambora tuvo su momento solista con “Lay your hands on me”, de aires casi religiosos. También exhibió su arsenal de diferentes técnicas de guitarra (slide, tapping, talkbox, palanca de trémolo) aprendidas en las escuelas de Jeff Beck y Eddie Van Halen y los riffs y melodías que pusieron a Bon Jovi en la escena del glam metal de los ochenta, junto a bandas como Mötley Crue, Twisted Sister y Poison, entre otras. “Bad Medicine” (con un medley de “Pretty Woman”, de Roy Orbison), “Raise your hands”,”Runaway” y la mencionada “Livin’ on a prayer” se llevaron grandes ovaciones y fueron coreadas por todo el estadio. También las clásicas baladas, como “Always” y “I’ll be there for you”, las culpables de que aquel público rockero comenzara a mirarlos de reojo.

Cuando la lista de temas oficiales ya había llegado a su fin, la banda amagó con irse, pero el público presionó para que volviera al escenario. Con el cantante con la camiseta de la Selección Argentina puesta y con su nombre grabado en la espalda, arremetieron con “These Days” y “Have a nice day”. Otro amague y más presión se tradujeron en “Saturday Night” y “Bed of Roses”. Después, al final, Bon Jovi imploró “Go home!” (“Váyanse a casa!”). Durante tres horas demostraron ser un clásico, hacer lo que quieren y hacerlo bien. Y esa vez, la gente les hizo caso.

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A dieciséis años de su anterior visita al país, Jon Bon Jovi volvió a hacer delirar al público femenino.
Imagen: Jorge Larrosa
 
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