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Viernes, 8 de octubre de 2010

MUSICA › REGINA SPEKTOR ENCANDILO EN EL PRIMERO DE SUS DOS CONCIERTOS EN EL GRAN REX

Un encanto que vino del frío

La diminuta cantante radicada en Nueva York se torna gigante cuando abre la boca para entregar su voz maravillosa, perdida en melodías simples que desgrana en su piano. Anoche repetía la ceremonia, en la que recibe desde adoración hasta propuestas indecentes.

 Por Leonardo Ferri

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REGINA SPEKTOR

Músicos: Regina Spektor (piano, teclados, guitarra y silla), Joseph Brent (violín), David Heilman (batería), Yoed Nir (cello).
Lugar: Teatro Gran Rex, 6 y 7 de octubre.
Público: 3300 personas.
Duración: 90 minutos.

Bienvenidos al mundo de Regina Spektor, un lugar donde los sonidos son heterogéneos e impredecibles, donde la sutileza y el buen gusto proponen un hechizo en el que ambas partes –público y artista– son cómplices y ninguna puede culpar a la otra de estar bajo los efectos de un conjuro no deseado. En su primera visita a la Argentina, la cantante rusa cautivó con sus canciones, su presencia mínima y gigante a la vez, y con una personalidad que se induce tímida cuando se dirige al público, pero que es avasallante cuando cierra los ojos y se entrega a sus composiciones, casi como en un trance, en una vigilia de la que vuelve con cada aplauso. El universo Spektor es raro, encendido y brillante. Un encanto.

Dos rasgos se reconocen de manera clara en la música de Spektor: su singularidad y su voz. Cada instrumento es utilizado de la forma tradicional, pero también de otras menos ortodoxas. La dama toca el piano tal como le enseñaron en su Moscú de origen y en su Nueva York de residencia, pero también lo golpea como si fuera un instrumento de percusión nato y lo acaricia como si fuera a romperse. Y el mismo concepto se extiende a su banda, de una formación poco tradicional: el baterista David Heilman toca con palillos, escobillas y también con sus manos; Joseph Brent utiliza el violín como si fuera una guitarra y para Yoed Nir el cello no es sólo un cello, sino también un contrabajo. También una silla de madera, que en cualquier otra banda pasaría inadvertida, tiene su musicalidad, cuando Spektor la golpea para darle ritmo a “Poor Little Rich Boy”.

Con la austeridad como única escenografía, la mayor parte del concierto sirvió para presentar los temas de Far, su último disco, aunque también hubo un repaso por los anteriores Soviet Kitsch, Begin To Hope y Songs. “The Calculation”, “Eet” y “Folding Chair” ofrecieron un comienzo con distintas cantidades de pop, rock y música clásica, mientras el reflejo de la luz en una bola de espejos –tan de otro estilo, ubicada en el piso– desplegaba pequeñas imitaciones de estrellas sobre el fondo negro. La piel blanca de Spektor, sus labios rojos y sus rulos colorados proveyeron la única paleta de colores presente en el escenario. Y si bien los gritos por parte del público (que incluyeron algunas propuestas indecentes) la hicieron sonreír con timidez y responder con simpatía, el resto fue sólo música.

Aunque Spektor utilice únicamente el piano durante gran parte de su concierto, la fuerza de sus canciones emerge con cada toque que da en las teclas. No hay grandes progresiones de notas ni acordes complejos: el instrumento está al servicio de la canción y no al revés. Tal como lo hacía el grunge que derivó del punk, la música de Spektor genera momentos de calma que súbitamente entran en combustión con su voz, clara y versátil. Los juegos que hace con su fraseo vocal –casi como un tarareo nervioso, o como una máquina de ritmos o como una exageración de su propia pronunciación– aún hoy causan fascinación entre quienes la escuchan, a casi diez años de la edición de su primer disco.

Esa misma singularidad, voz y encanto personal son los responsables de tanta devoción y de que las entradas se hayan agotado casi totalmente en la preventa. Aunque pueda relacionarse a Spektor –por motivos diferentes– con cantantes y compositoras como Fiona Apple, Patti Smith y Billie Holiday, la diminuta rusa logra ser diferente del resto, con sus canciones y su estilo nutridos con el jazz, el folk, la música clásica y la música judía. A veces puede parecer barroca y pop (“Machin”) y a veces minimalista (“Silly Eye Color Generalizations”, cantada a capella). Aunque haya tenido una formación musical tradicional, el efecto de Nueva York, ciudad influyente si las hay, se percibe cuando se cuelga la guitarra y, sin distorsión ni power chords, toca “Bobbing for Apples” y “That Time”, con una sola cuerda. Y eso sólo basta para bromear y decir: “también soy muy rock’n’roll”. Con canciones que tienen similitudes entre sí, pero que se disparan hacia lugares impensados, y con instinto, talento y elegancia, la princesa rusa dio una muestra de cómo ser simple y sonar en grande, y que no hacen falta hits ni venir de tierras más cálidas para despertar pasiones. “Samson”, “Us” y “Fidelity” –las tres canciones del final– sirvieron para dar cuenta de ello. En el mundo de Regina Spektor, todo eso es posible.

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La diminuta Spektor toca el piano, pero también lo golpea y lo acaricia a su placer.
Imagen: Jorge Larrosa
 
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