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Viernes, 8 de octubre de 2010

MUSICA › DESPUES DE VEINTE AÑOS DE ESPERA, PIXIES TOCO EN LA ARGENTINA

Viaje al planeta del sonido perfecto

El cuarteto liderado por Black Francis, reconocido como influencia clave del rock alternativo de los ’90, dio un concierto memorable ante un Luna Park repleto y exultante, en el que la vigencia de sus canciones explosivas quedó demostrada.

 Por Roque Casciero

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PIXIES

Músicos: Black Francis (voz y guitarra), Kim Deal (bajo y voz), Joey Santiago (guitarra) y David Lovering (batería y voz).
Lugar: Luna Park, miércoles 6 de octubre.
Duración: 90 minutos.
Público: 8 mil personas.

La dinámica loudQUIETloud sobre el escenario del Luna Park, cortesía de sus creadores.
Imagen: Sergio Goya.

La emoción que provocan los encuentros largamente esperados a veces es peligrosa, porque el mínimo detalle puede tornarla en decepción. Pero, aunque la espera haya sido muy larga, nada de eso sucedió con el show que los Pixies dieron el miércoles ante un Luna Park desbordante de gente, de sudor, de energía, de música. Fue una noche perfecta, tan sencillo como eso. Más de veinte años debieron pasar para que el cuarteto liderado por Charles Thompson (alias Black Francis o Frank Black) finalmente demostrara en vivo y en directo por qué fue que varias generaciones se quedaron prendadas para siempre de sus canciones y su sonido. Veinte años contentándose con escuchar hasta tatuar en el cerebro esos discos geniales que son Surfer Rosa y Doolittle (y otros dos “solamente” excelentes, Bossanova y Trompe Le Monde), de ver cualquier video que cayera en las manos, de rastrear decenas de discos piratas, de celebrar como un gol de media cancha la publicación de un disco con lados B u otro con sesiones en la BBC, de hartarse de leer en cada nota la referencia a Nirvana (para los desprevenidos, Kurt Cobain dijo que “Smells Like Teen Spirit” era “un robo a los Pixies”) o la descripción como “padrinos del rock alternativo”, de asombrarse una y otra vez con la dinámica única de una banda irrepetible. Entonces llegaron ellos, tres señores calvos y una dama a la que la sonrisa encantadora nunca le cupo en su rostro redondo: Thompson, el guitarrista Joey Santiago, el baterista David Lovering y la bajista Kim Deal. Y durante una hora y media expusieron ante una multitud extática las razones por las cuales tanta espera tuvo sentido. ¿Habrá que esperar otros veinte años para volver a sentir algo así en un concierto?

Es probable que Pixies haya sido, en su primera encarnación, la última banda que inventó algo realmente nuevo dentro del rock. No porque no tuviera influencias, claro: desde Velvet Underground e Iggy Pop hasta el hardcore, el surf rock y el punk pueden rastrearse en su ADN. Pero la conjunción de las cuatro personalidades musicales que le dan forma a la banda marcó un sonido y una dinámica diferentes a todo lo conocido. Es eso que se conoce como loudQUIETloud, o sea estrofas de calma (o de contención) y explosión en los estribillos; eso mismo que luego hicieron masivo bandas como Nirvana, Weezer o los Radiohead iniciales (con “Creep” como mejor ejemplo). Claro que Pixies no repitió la fórmula hasta cansar, en principio porque quizá sus integrantes ni se dieron cuenta de que la habían inventado. No hay “virtuosos” en esta banda, y eso también aporta a su singularidad: como autodidactas, debieron crear sus propios modos para transmitir lo que deseaban. Las composiciones de Thompson, en esa época más intrincadas todavía que en su posterior etapa como solista, cruzan referencias bíblicas con platos voladores, incesto con marihuana, fotogramas surrealistas de Buñuel con relaciones bizarras y sexo retorcido con frasecitas en español.

Y además está el aullido: de la garganta de Thompson sale el grito más enérgico y energético que pueda imaginarse, casi la razón de ser del rock contenida en unas cuerdas vocales. Con la reunión de la banda –que se había separado en 1993 y volvió en 2004–, el cantante retomó su viejo modo de cantar y descubrió que todavía podía liberar esa fiereza indomable en estribillos devastadores o, directamente, en canciones tsunami como “Something against you”, tercera en la lista del show del Luna Park. Ese tema, cuya letra prácticamente se reduce a la frase “tengo algo contra vos”, “directamente formateó el grunge”, le dijo a este cronista, con toda razón, un enfervorizado Sergio Rotman (Cadillacs) hace unos años. Pero, ¿es posible que hoy explote todavía más en los oídos y los cerebros que en el pasado? Cualquiera que haya estado en el show del miércoles sabe que la respuesta es positiva. ¿Y se puede sostener un concierto de una hora y media sin que el cantante hable con el público? Sí, porque Deal tira alguna frase en español y todo el mundo muere, y porque, al fin y al cabo, la comunicación que establece el aparentemente desinteresado Thompson radica precisamente en su música y en su grito primal. Si las únicas “concesiones” que hizo fue dejar que la gente cantara un par de estribillos de “Where is my Mind?” y aparentar jocosamente que el batero no daba más, justo antes de aceptar tocar un par de bises finales...

Cinco bolas de tela blanca que colgaban sobre el escenario, más un par de “columnas” del mismo material, conformaban la “puesta”, pero la iluminación se encargaba de darles diferentes colores a esos artilugios. En buena parte, más que ver a los Pixies, se los adivinaba, porque las luces iban desde la parte trasera del escenario hacia la multitud. No era problema, porque ni siquiera hizo falta que sonara el primer acorde de “Bone Machine”: todo el mundo estaba entregadísimo sólo con ver en el parche del bombo la “P” alada del logo de la banda. Pero fue perfecto, se dijo antes. Porque “Broken Face” partió algo más que caras, “No. 13 Baby” desató el pogo, “Nimrod’s Son” (del miniálbum debut Come On Pilgrim) hizo que todos gritaran “you are the son of a motherfucker”, “Debaser” fue la conjunción maravillosa entre el aullido de Thompson y la dulzura rasposa de la voz de Deal y “Tame” mostró cómo la banda aprieta o afloja las riendas de la canción a piacere. “Wave of Mutilation” resultó devastadora, y después vinieron “I Bleed”, “Here Comes your Man”, “Monkey Gone to Heaven” (¿se puede gritar tan bien?), hubo un pogazo en “Crackity Jones” y un momento de pop juguetón con “La La Love you” (cantada por Lovering). “Hey” fue otro pico, porque además la primera frase pareció sintetizar el momento: “Ey, estuve tratando de encontrarte”. Hubo tiempo para otros “hits privados” como “Gouge Away”, “Velouria”, “Caribou” y “U-Mass”; y también para “rarezas” como “Dig for Fire” o la versión de “Winterlong”, de Neil Young. Y un primer final con dos temas en espanglish, “Isla de Encanta” (otro pogo tremendo) y “Vamos”, con un solo de Santiago tan inusual como personal.

Pero el final verdadero, el de los bises, fue todavía más impactante. Si arrancaron con “Where is my Mind?” fue porque no podían terminar con esa canción: las ocho mil personas (¿o eran más?) hubieran temido que el mundo tal como se lo conoce se desmoronara en ese mismo momento, igual que en la última escena de El club de la pelea. Luego, Deal se apropió del micrófono para cantar su oda al buen tamaño masculino, “Gigantic” (“gigantesco, gigantesco, un gran, gran amor”). Un paso de comedia simulando una retirada por cansancio, relax con la versión relajada (o “UK Surf”) de “Wave of Mutilation” y tormenta eléctrica que volaba las chapas con “Planet of Sound”. Totalmente lógico, por otra parte, que semejante show de tamaña banda terminara con la frase “éste es el planeta del sonido”. Después de dos décadas, por fin ese planeta chocó con la Argentina. Y el estallido fue formidable.

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