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Martes, 2 de noviembre de 2010

MUSICA › TERMINO EL FESTIVAL DE MUSICA BARROCA CAMINO DE LAS ESTANCIAS

Sonidos cargados de historia

Gabriel Garrido dirigió a la Capilla Panamericana, integrada por instrumentistas de diversos países, en una emocionante ejecución de las Vísperas Solemnes de San Ignacio. Hoy repiten en la iglesia porteña de San Ignacio.

 Por Santiago Giordano

Desde Córdoba

Con una emocionante ejecución de las Vísperas Solemnes de San Ignacio, espléndida muestra del espesor artístico del barroco americano, terminó el domingo en Córdoba el 9º Festival de Música Barroca Camino de las Estancias. La iglesia de la estancia jesuítica de Jesús María, 50 kilómetros al norte de la capital provincial, fue el sugestivo escenario para el último concierto de un encuentro que una vez más logró conjugar, con coherencia historicista, calidad musical y bellezas arquitectónicas. Ante una iglesia repleta y numeroso público que siguió el concierto por la pantalla colocada en el atrio del siglo XVII, Gabriel Garrido, una eminencia en materia de música antigua y uno de los más tenaces difusores del barroco americano en el mundo, ofreció una lectura intensa de la obra atribuida a Domenico Zipoli y Rocco Ceruti. La Capilla Panamericana, un ensamble de instrumentos originales y cantantes integrado por jóvenes de Bolivia, Chile, Paraguay, Perú, México, Colombia, Cuba, Ecuador, Argentina, Francia, Italia, Suiza y Taiwan, y el Coro de Niños Cantores del Instituto Domingo Zipoli de Córdoba, dirigido por Guillermo Pellicer, fueron las herramientas con las que el director argentino radicado en Suiza trazó una idea dinámica de la música de dos de los más importantes compositores que desde Europa llegaron hasta estas latitudes para sumarse al laboratorio de las misiones jesuíticas.

Con agudo sentido barroco, Garrido resaltó la riqueza de contrastes expresivos producto del temperamento de la época y también de la reconstrucción de un oficio religioso de gran envergadura, estructurado en antífonas y salmos, aderezado con un villancico y coronado con un “Magnificat” y un motete de excelente marca. Una obra particularmente articulada en lo formal y en lo estilístico, que en el despliegue de una notable gama de recursos técnicos y temperamentales pone a prueba tanto a intérpretes como a oyentes. Capilla Panamericana y Garrido llegaron al festival en el marco del proyecto Caminos del Barroco en el Nuevo Mundo, con el que realizan una gira por Sudamérica. La misma obra con los mismos intérpretes podrá escucharse hoy en Buenos Aires: a las 20.30 en la iglesia de San Ignacio (Bolívar 225).

Para reflejar esos incontenibles y tornadizos humores del espíritu humano con el que en el Nuevo Mundo se reinterpretaba la tradición musical dominante, Garrido apeló a la riqueza instrumental del ensamble –que incluyó tiorba, chitarrone, clavecín, órgano, viola da gamba, violones, sacabuche, cornetto, oboe, fagot, flautas y bombo, además de violines y violonchelos–, distribuyó a los cantantes en cuatro coros que ocuparon distintos espacios de la escena y ajustó el diálogo entre las partes; remarcó además con calculada vehemencia la alternancia entre grupo y solistas, entre humildad y majestuosidad, entre sacro y secular, entre oficio religioso y concierto. Tras la coronación de más de una hora de música con los bellísimos “Magnificat” y “Salve Regina” del final, el prolongado aplauso del público premió la generosa tarea de músicos y cantantes, dirigidos por un talentoso especialista.

Si el cierre del festival cordobés resultó impactante, no lo había sido menos la apertura, que diez días antes daba inicio a la serie de conciertos. El viernes 22 de octubre, en la iglesia de la Compañía de Jesús, en pleno centro histórico de Córdoba, actuó La Barroca del Suquía, la orquesta anfitriona del festival. Bajo la dirección de su creador, Manfredo Kraemer, que es además el director artístico del encuentro, el excelente ensamble local ofreció un programa con obras de Antonio Vivaldi, Charles Avison y Jan Dismas Zelenka, y dos solistas de prestigio internacional: el oboísta Diego Nadra y el fagotista Carles Cristobal. Sucesivamente, la estancia Caroya albergó al Golías Ensamble, dirigido por Hernán Vives. Más adelante, el concierto que se llevó a cabo el domingo 24 al mediodía en la Estancia Santa Catalina resultó entre los más comentados por los numerosos seguidores del festival, que día tras día se movían por los encantadores escenario ubicados en los distintos valles que circundan la capital provincial. En esa oportunidad se presentó el contralto Martín Oro, que junto a la laudista Dolores Costoyas y una versión reducida de La Barroca del Suquía, interpretó el programa Las voces del cielo.

Después del concierto que en la intimidad del salón de la casa del marqués de Sobremonte –sede del museo homónimo, en el centro de la ciudad– ofrecieron el martes Juan Manuel Quintana (viola da gamba) y Manuel de Olsaso (clavecín), el duelo por la muerte del ex presidente Néstor Kirchner planteó la suspensión de los conciertos programados para miércoles, jueves y viernes. Pero la pausa no hizo decaer el interés del público, que el sábado, en el penúltimo encuentro programado, llegó en gran número hasta la capilla de Candonga, en plenas Sierras Chicas, para escuchar el concierto de “ruptura” del festival. El músico armenio Gagik Gasparyan ofreció un concierto de dudúk, un instrumento tradicional que por sus características, boquilla de lengüeta doble de caña, podría asimilarse al oboe. Acompañado por Juan Tatián (contrabajo) y Rafi Abakian (teclado), Gasparyan alternó e interpretó músicas tradicionales armenias de distintas épocas.

El domingo culminó una serie de conciertos que conjugó espacio y tiempo. Tras las huellas que en esta zona dejaron los jesuitas, el Festival Camino de las Estancias devolvió otra vez esos monumentos a sus sonidos originales, en una actitud creadora de belleza y originalidad, un impulso creativo de maravilloso impacto. Una idea barroca, que desde hace casi 10 años Manfredo Kraemer y un puñado de gente, con apoyo oficial, llevan adelante. Por su poder de convocatoria y por el alto nivel artístico, el festival demostró ser un evento en continuo crecimiento, bien arraigado en la cultura local y con amplias posibilidades de proyección. El silencio con que el público siguió el concierto y el entusiasmo con que aplaudió a los artistas el domingo final en Jesús María, repitió el gesto de cada uno de los encuentros de la serie; fue la confirmación de la presencia y el sentido de un festival que, además de regalar belleza, recupera sentidos que son mucho más que historia.

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Garrido apeló a la riqueza instrumental del ensamble y distribuyó a los cantantes en cuatro coros.
 
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